

La gran disyuntiva a enfrentar por la sociedad cubana, una vez que suceda la última muerte de Fidel Castro, no será otra que la recomposición del cuerpo nacional, víctima durante estos extensos cincuenta años de las más disímiles y manipulantes políticas de división y fractura.
La historia de la dictadura castrista parte de una necesidad de invención de enemigos reales o ficticios. Estados o individuos que justificaran los actos cometidos, los contratiempos económicos, las malaventuras políticas. Por encima de cada excusa o explicación a rendir por sí mismo, el gobierno de Fidel Castro ha hallado un depositario de esa culpa, alguien o algo, que como un muñeco de tiro al blanco, sirviera para aliviar nuestras desconfianzas y resquemores.
La naturaleza de esos enemigos ha respondido a los imperativos que el poder hallaba urgentes. Algunos, se han hecho tradicionales y recurrentes, como la amenaza de los Estados Unidos a la soberanía nacional, o la responsabilidad del embargo económico de la inoperancia de la economía socialista. Otros, sólo han servido de coartada circunstancial, más que pretexto ideológico, y han permitido el sacrificio de centenares de hombres en las guerras de África, a sabiendas, que no era una guerra nuestra, ni el internacionalismo proletario, otra cosa distinta a una patraña comercial y política. También en demasiadas ocasiones, esta necesaria invención del enemigo ha devenido en la solución idónea para el saneo sistemático de la sociedad cubana.
Durante décadas, el régimen ha encontrado en el exilio, una válvula de liberación a la enemistad y al descontento. Desde aquellos que iniciaron el adiós en 1959, como consecuencias de ver afectados sus intereses económicos o como víctimas de la represión de los triunfadores sobre los participantes (y sus familiares) de la anterior dictadura, hasta los hombres y mujeres que, de manera general, más allá de cualquier imperativo político, no se alinearon a las posiciones del régimen ni encontraron en su regencia, aquella que les pareció más justa o simplemente, deseable; todos y cada uno han encontrado en el éxodo la única solución a mano.
El régimen así lo había dispuesto. Los que no están con nosotros, están contra nosotros, y llenándose los pulmones, los todavía indecisos a marcharse o los convencidos de su rol en la batalla, gritaban: ¡qué se vayan!
Medio siglo, y millares de muertes en Estrecho de la Florida después, la población cubana se enfrentará al reto de la reunificación. De un lado están los expulsados, los que saltaron del barco de la patria, los que jugaron al azar del 13 rojo del futuro, los que les cerraron las puertas en la espalda. Del otro, los que no tuvieron tiempo o edad o arrojo para irse, los que temían morir ahogados en el mar, los que gritaron ¡qué se vayan!, los carceleros y también demasiadas víctimas, y por supuesto, la nueva élite que la dictadura ha colocado en el poder.
Sin embargo, y así lo demuestran países como Alemania o España, las sociedades tienden a recuperar su cuerpo cívico, y con él, eso que se ha dado en llamar, mentalidad nacional y que en el exilio, demasiadas veces, pasa por las vueltas de la nostalgia o del rencor y en Cuba, por la de las frustración o las del anhelo. Y viceversa.
Ahora bien, si nos atenemos a la experiencia de los países que han transitado de una dictadura hacia un gobierno democrático, observamos que el mayor trauma es la asimilación por parte de la población que convivió hasta el final con los antiguos regímenes, de los mecanismos empresariales y sociales, que configuran los estados de derecho. Y en el caso cubano no será diferente. En la Isla existe una masa potencialmente productiva que espera encontrar en el cambio una oportunidad de solucionar la penuria impuesta por la absurda e inviable política económica de Fidel Castro. Y también, una fracción que no desea esta transgresión, y otra, que la contempla con ojos de miedo, de ese miedo, que la dictadura ha usado para apaciguar los anhelos de tantos.
Quienes hemos emigrado sabemos que una de las sacudidas más fuertes que recibimos al llegar a las naciones de acogida, es el aprendizaje a vivir en ellas. Más allá del clima, las costumbres o las estructuras políticas, tanto en Europa, en los Estados Unidos y en muchos países de América Latina, las sociedades establecen una serie de responsabilidades a los ciudadanos, que estos cumplen por simple compromiso con los gobiernos elegidos, las dependencias administrativas que los rigen y con las empresas donde trabajan, independientemente, del lugar que ocupen en ellas. El exilio, si algo enseña, es a integrarse como parte de un mecanismo social, donde cada uno ocupa un sitio y donde cada uno tiene unas obligaciones que cumplir y donde cada uno tiene unos derechos que recibir. Y también, a entender las razones de esas exigencias y los motivos de por qué los beneficios recibidos.
Ahora bien, creer que el exilio cubano se decantará, como un cuerpo homogéneo y monoactuante llegado el momento de una reunificación, por estas políticas, es pecar de iluso.
La Isla, y ya lo mencionaba en la primera parte de este artículo, es una extensión devastada de 1.250 km de largo, donde una inmensa parte de la población convive con un manifiesto anhelo de bienestar y donde el proceso de reconstrucción no sólo comprende la vida ciudadana, sino también la economía y sus infraestructuras. Es decir, Cuba urge de una inversión acelerada, no sólo a nivel macroeconómico, sino también al nivel de pequeñas y medianas empresas. Y parte del exilio, con el total derecho que les corresponde como ciudadanos cubanos, ven en su país de origen, una posibilidad tangible de inversión o de aplicación de los métodos aprendidos o desarrollados fuera de él. Igual sucede con los hijos de estos naturales, quienes por demás, conforman un segmento nada despreciable de la posible inmigración.
Sin embargo, en contra de lo que muchos analistas y políticos ofrecen como un panorama del cambio, es previsible (y esta es una de las alabardas favoritas del régimen castrista, tristemente, no sin cierta razón) que esta oleada de retorno use como factor de ventaja y beneficio, justamente esta necesidad de bienestar y prosperidad de la población residente en la Isla, y no como el factor de desarrollo acelerado que realmente es.
Personalmente, me inclino a creer que, si no se establecen las garantías adecuadas, las diferencias entre un grupo y otro, lejos de atenuarse, aumentarán. Sencillamente, porque existe en ésa, nuestra mentalidad nacional —no muy diferente a otras, por cierto— una profunda huella de intolerancia, ventajismo y abuso de poder. Cincuenta años de dictadura son demasiados años de exterminio cívico, demasiados años de prácticas vejatorias contra el prójimo, demasiados años de estancamientos y parcelaciones.
Y sería un espectáculo tan lamentable como la dictadura misma, que el exilio en algún momento, viera en la población cubana, por ejemplo, una masa amplísima de mano de obra a la que extorsionar de la misma manera que hoy lo hacen las empresas extranjeras en Cuba y el gobierno de Fidel Castro.
Sería lamentable, el espectáculo de un país convertido en un paraje de sexo barato, y más lamentable aún, que quienes lo induzcamos (como sucede hoy entre los emigrantes que encuentran en los viajes de visita a la Isla, dólares mediante, la única oportunidad de satisfacer sus aspiraciones sexuales y de recomponer sus egos dañados), seamos aquellos que deberíamos imposibilitarlo.
Como triste será el espectáculo de una sociedad, como en sucede en casi toda América Latina, donde la riqueza y los modos de generarla se concentran en una pequeñísima parte de la sociedad, mientras la otra, desbroza caminos de sobrevida o se decanta por las vías auxiliares de la miseria, como la delincuencia, la prostitución o la droga.
Ya lo decía al principio, de un lado están los expulsados, los que saltaron del barco de la patria, los que jugaron al azar del 13 rojo del futuro, los que les cerraron las puertas en la espalda. Del otro, los que no tuvieron tiempo o edad o arrojo para irse, los que temían morir ahogados en el mar, los que gritaron ¡qué se vayan!, los carceleros y también demasiadas víctimas, y por supuesto, la nueva élite que la dictadura ha colocado en el poder. Pero también, el exilio son los padres, hijos, hermanos, primos y sobrinos, de otros padres, hijos, hermanos, primos y sobrinos que viven en Cuba. Pensemos en esto. Y a ello apelo.
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Imagen de portada:
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Lorenzo Mena