

Hace algunos días, aproximadamente seis, encontré a uno de esos amigos a los que veo muy poco. Y si digo que nos vimos hace seis días y hablo de eso ahora- con toda la exactitud del término- es porque quise distanciarme del asunto, para que no me sugestionaran sus palabras, su modo pausado y lacerante de referirse a las cosas que ocurren y que, en su boca, no parecen simples referencias provincianas, hechas por un hombre que ha pasado muchos años en el mismo lugar.
Este amigo es el mismo que me impresionó cuando apenas era yo un ovillo de gente que andaba tropezando por todos los círculos literarios de la localidad, ya se llamaran El barco ebrio (muy divertido, dada la mezcla de Literatura, conversaciones extravagantes, bebidas y licores) o recibieran el nombre del escritor que estaba frente al taller. Lo sorprendente es que este hombre hablaba de renunciar al soporte artístico tradicional de la Literatura, mientras otros nos moríamos por ver la flamante letra impresa. Algunos, más arriesgados, por cierto, llegaron a publicar libros con una hermosísima cubierta dorada, gracias a la colaboración de una editorial extranjera. Mi amigo se moría de risa; aquello le parecía una decoración exquisita, digna de la mejor mesa, ni siquiera de un librero. Él renunciaba verdaderamente al soporte que constituía el libro en sí. Reconocía que las Artes Plásticas, desde hacía un buen rato, aventajaban a la Literatura. Los plásticos, para poder usar sus mismos términos, cuando la idea requería otro medio de expresión, abandonaban el lienzo sin ninguna nostalgia; eran capaces de usar el video, el arte digital, la fotografía, la instalación o el performance, el art land, el graffiti, el situacionismo o, simplemente, toda la idea contenida en un gesto, en la acción plástica. Y nosotros, decía mi amigo con tristeza, nos limitamos a un libro, aunque algunos más osados han llegado a lograr ediciones manufacturadas, hechas en casa, que ya están desapareciendo.
Durante un tiempo, este hombre se dedicó a utilizar una suerte de Literatura oral. Contaba sus textos en público sin explicar que esos eran sus cuentos; sólo hablaba de lo que le había pasado a éste o a aquel y muchos no advertíamos que esas historias tan conmovedoras, de carácter profundamente realista, jugaban con nuestra credibilidad y eran la vuelta a las formas más primitivas de la Literatura. Ahora, rememorando aquellos días, pienso que Homero presenta a un aedo (Femio, en la Ilíada) y a un rapsoda (Demodocos, en la Odisea). Algo más o menos así lograba este hombre, por lo que muy pronto dejó de ser considerado un escritor: hacía demasiado tiempo que no ganaba un concurso, no publicaba en revistas ni estaba acogido en alguno de los famosos colchones editoriales provinciales.
Esa noche, me sorprendió que quisiera leerme un poema cuyo título, a su vez, era el nombre de otro libro, este último publicado por vías no formales (de esto hablaré más tarde, ya que tiene demasiados vericuetos, también provinciales). Esa frase que servía de título nombraba a otros textos y su referente común era la Biblia. Esta suerte de palimpsesto, que escribe sobre la idea de otra idea, me lleva a pensar en varias cosas. Por un lado, ya el hombre que nos antecedió creía en esta superposición mágica, circunscrita principalmente a una locación. Por otra parte, mi amigo no hacía algo nuevo al trabajar sobre la idea narrativa de otra persona, que a su vez tenía como fuente la religión, pero sí estructuraba un camino de pensamiento, de análisis literario más allá de los signos de puntuación, de las cuestiones estilísticas y formales a las que se limita la letra impresa en muchos casos. Su poema estaba cerca de la famosa tautología de Joseph Kosuth, Uno y tres paraguas.
Kosuth, quien toda su vida indagó en estas cuestiones lingüísticas, vinculó en una misma esencia diferentes estados de percepción: el objeto real tridimensional(el paraguas), su ícono bidimensional(fotografía) y la definición conceptual que aparece en los diccionarios. Este cuestionamiento nos lleva a una de esas características tan peculiares que posee el signo lingüístico: es arbitrario; no hay nada en el significante que remita al significado. Platón fue más allá; exigió el abandono de toda ilusión con respecto a la realidad (X de La República). Para él, el artista está más lejos todavía, que el artesano, de la realidad de las cosas naturales, en la medida que el artesano construye una realidad y el artista hace la representación de la representación.
Luego mi amigo citó a Borges, para justificar la solución que le había dado a su poema, y ya me pareció excesivo. Que yo recordara El inmortal, uno de los mejores cuentos, donde Borges muestra a un personaje que en un tiempo fue Homero, un tribuno romano, después un judío errante, antes de ser anticuario y bibliófilo. El sentido es claro: el tiempo en la Literatura corre de un autor a otro, pero no cambia su sujeto, el texto. Al final, en medio de este Eterno Retorno (también una idea de Nietzsche) la Literatura es una sola que se rescribe constantemente a lo largo de una memoria histórica de carácter infinito. Por esos pensamientos andaba mi amigo y lo miré con cara de "éste se está volviendo loco" -cosa que percibió- y no tardó en llamarme provinciana. Tú también, dijo, formas parte de todos estos mediocres que no creen en la evolución del texto y al final te mueres por ver tu nombre en letras rojas. Asentí con rabia y me limité a aclarar que, si me iba a acusar de cualquier manera, yo prefería un colorcito menos extravagante.
En ese momento no cedí en la discusión pero, si digo la verdad, debo reconocer que por aquí las mentes no andan muy abiertas a las "innovaciones literarias". Cuando recuerdo nuestra conversación de hace apenas seis días, llego a la conclusión de que fue él quien habló más. Por ejemplo, Nogueras- me decía- ¿el tipo no hizo un poema que es una línea vertical en la que enuncia que era tan delgado, y luego añade un bloque horizontal, cuando luchaba contra la burocracia? Sí, es cierto. ¿Y el primero que decidió escribir una historia con tres finales, dos, o sin ningún final? ¿Y el que advirtió que un cuento podía empezar en alta, en medio del conflicto? Sí; eso ya lo hacía Sófocles cuando incluía en el prólogo de la tragedia el verdadero conflicto. Ya los griegos conocían eso, que hoy nos sigue pareciendo bueno, como in media res. ¿Y los poemas dadaístas, hechos a trozos, muchas veces de palabras recortadas de un periódico y dispuestas al azar? Luego mencionó a Guillermo Vidal y a otros pocos que constantemente juegan con el lenguaje y las posibilidades del signo. Me habló de unos poemas de Ernesto Ortiz (escritor pinareño) que le resultaban fascinantes. En un primer momento los textos parecían fuera de tono, incomprensibles. Desde esta perspectiva, anuncian que no son meros caprichos formales, sino una búsqueda del signo y sus posibilidades. El cero seguirá siendo el primer número, la anulación, el reproche, la nada y el todo, una O verdadera y redonda. Un cero, repetido hasta el cansancio, es una cifra y casi la interjección de un lamento o una retórica de fascinación. Sí, volví a decirle; pero Dante agotó la numerología con el Tres, símbolo de la Trinidad. La Divina Comedia tiene tres cánticos, divididos en treinta y tres cantos ( edad de Cristo), con un total de noventa y nueve cantos que se completan con una especie de introducción y llegan a cien, múltiplo de diez. Tres son las fauces de Lucifer, antítesis del Amor, el Poder y la Sabiduría... (No me dejó terminar). Ustedes, dijo mi amigo a la vez que me acusaba con el dedo, creen saber mucho y lo destruyen todo, tal y como intentas hacer ahora con lo que estoy diciendo; te parecen boberías, reflexiones bonitas que no llegarán a ningún lado. Se conforman con escribir bien una historia y a veces tienen un destello de experimentación y lo suprimen; no se sienten artistas; se limitan a llamarse escritores y es a eso a lo que responden desde el momento en que una institución hace las distinciones que cree necesarias. La UNEAC, a la que todos queremos pertenecer, se reconoce como Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba. En el saco de los artistas están los pintores y escultores, bailarines, actores, músicos, etcétera. Ustedes (y otra vez su dedo acusándome) sólo son escritores y digo más, hasta un periodista cuando escribe prensa sensacionalista es más que escritor. Si no, que yo recordara Tinta Roja, la película que habíamos visto recientemente. Los hechos, narrados con toda su frialdad, no tienen sentido; la realidad siempre muestra ejemplos más certeros a lo largo de un ciclo interminable. Las personas tienen que conmoverse, disfrutar el evento y eso sólo es posible gracias al arte de fabular, con todos los matices y exageraciones. Entonces, ¿cuál es el límite entre el periodismo y la Literatura?
Para mi amigo, la Literatura como tal no es la que está impresa; esa ya existe de manera inconsciente en la forma hablada que emplea hasta una señora que está sentada en su casa y el escritor sólo tiene que tomar ese texto cuando necesite el personaje. La Literatura es un concepto móvil que debe valorarse a sí mismo y no limitarse a andar haciendo versiones de las pocas cosas que otros ya lograron y fueron innovaciones en su momento. Todo eso, lo de los finales abiertos o dobles, lo de suprimir los signos de puntuación o hacer mudas y saltar cualitativamente de un personaje a otro, mi amigo lo daba por obsoleto y gastado. Todos quieren escribir la gran novela, hacer algo verdaderamente nuevo y no acaban de sentarse en este banco, a pensar cuáles son los resortes que mueven la Literatura. Por momentos llegué a creer que estaba en medio de una conversación que no tendría fin, pero todo lo que él decía me implicaba. ¿Y Borges -volvió a preguntarme- qué fue lo que hizo cuando confundió a la crítica con esos ensayos a manera de cuento o viceversa, que tenían citas, alusiones a otros autores, a filósofos y a mil cosas más? Eran textos que confundían por estar inmersos en un soporte diferente al del cuento tradicional: El ensayo se convertía en su marco, con las cualidades que lo definen como género: exactitud, opinión del autor, cronología, referencias y comparaciones y la mezcla de los factores que definen la verosimilitud que ya Aristóteles apuntaba en su Poética. Paraintegrar lo creíble y lo increíble, los relatos de Borges se nutren de lo posible (lo más cercano a la realidad relacionado, en muchos casos, con los sucesos históricos) y va más allá, al incluir notas al pie de las páginas que refuerzan este carácter; manejan lo imposible (aquello que no ha ocurrido ni puede ocurrir) y lo probable (lo que no ha pasado, pero puede ocurrir). Lo más cercano a lo verosímil es lo probable, que hace a la factura lógica en sí misma.
En algún momento escuché a mi amigo decir que nosotros aceptamos, con más facilidad, cualquier cambio a nivel estético porque en la verdadera creencia de la experimentación, en lo intrínseco de esta, somos academicistas y retóricos. El Plano ético (menos móvil que el estético) en nosotros permanecerá virgen, al menos durante veinte años más. Y como una prolongación de esto, llegó a la conclusión de que nosotros, esos que él llama "flamantes escritores", miramos sin ningún respeto el texto que pueda constituir el soporte de un performance o esos extraviados poemas tautológicos y onomatopéyicos que intentan poner la forma al servicio del contenido. Y si aceptamos a Borges, a Nogueras, con todas sus experimentaciones, es porque están reconocidos de antemano y a punto de convertirse en la propia academia, tal y como pasa en casi todas las ramas. Basta que algo sea nuevo; incluso, que sea la antítesis de lo establecido, para que el discurso se convierta, a través de confesiones, entrevistas, publicaciones y por qué no, también a través del mercado, en la nueva academia. (Aquí estuvimos de acuerdo).
Pero su tristeza no era por estos asuntos experimentales. No; su instinto de diferenciación a veces quedaba atrás. Ahora se trataba de lo contrario. Confesaba que el soporte tradicional de la Literatura había terminado ganándole, que él solo no se podía oponer al mundo, que al final todos terminábamos siendo esclavos de la letra impresa y la espera en los colchones editoriales provinciales. Me mostró un cuaderno que tendría aproximadamente cien páginas, reproducido a su vez en otras dos copias y me habló de las dificultades que enfrentó para lograr que le imprimieran, en diferentes lugares, los tres cuadernos. Ahí me sorprendí otra vez. Nunca pensé que este hombre volvería a participar en un certamen, con la aspiración de obtener el reconocimiento y el lauro en efectivo que anunciaba la convocatoria. Se declaraba vencido y, como en tantos casos, una vez más era la vida la que le ganaba al arte. Y ahora tenía que comerse la novela o guardarla para inventarse una estufa en un país tropical. La única convocatoria que quedaba vigente en la provincia y acogía este género, se limitaba a pedir unos escasos sesenta folios (como máximo), dado el presupuesto editorial que nunca alcanzaría para enfrascarse en este tipo de libros gordos. O sea, que en un lugar donde los novelistas abundan y muchos poetas se han convertido en narradores, el género novela queda limitado a sesenta páginas. Hicimos una lista verbal y, novelistas, contamos más de quince, no empíricos, sino gente que ahora mismo tiene una o dos novelas en la mano. Reímos a carcajadas. Qué dirían de esto Dostoievski, Nabokov, Thomas Mann, Bulgakov o el mismo Vargas Llosa, si es que se entera. La respuesta: no hay presupuesto, no hay papel, pero siguen publicándose libros que representan el cumplimiento de una política editorial, en la que cada municipio tiene sus representantes. Continúan saliendo folletos y folletines, libros de pocas páginas que, al final de la jornada y como son tan fáciles de hacer, representan una cifra digna. No puede negarse la apertura editorial que ha disfrutado el cuento o la poesía pero, si la memoria no me falla, la última novela publicada en nuestra ciudad fue en 1999. Tampoco se han publicado los textos laureados en eventos anteriores. Ahora el resultado es claro: novelas de sesenta cuartillas, que a la vez parece el límite de un cuento o una noveleta. Mi amigo, por ejemplo, no sabía si mutilar el texto, cortarlo, reducirlo hasta llegar a ese dichoso número. Le sugerí que enviara una primera parte de la novela, con una nota adjunta al jurado, donde explicara que la segunda parte concursaría en la convocatoria del próximo año. Al final decidió no hacer una cosa ni la otra, sino guardar sus cien cuartillas para un mejor momento, o hasta que una mente lúcida advirtiera el error.
Al final de la noche terminamos hablando de las publicaciones no formales que mencioné en un inicio. Las ediciones Vitral, que responden a la Comisión Católica para la Cultura -la que también ha tenido en cuenta las Artes Plásticas de nuestra provincia- tienen tanto valor como otras editoriales, a pesar del escozor que produce en muchas personas la palabra Vitral, por ser una "institución" no estatal, religiosa, etcétera. Y no voy a hablar de la revista que lleva el mismo nombre; ese es otro punto, más candente aún, con sus virtudes y defectos.
La Literatura y las Artes Plásticas, en nuestra provincia, han encontrado un hombro en el que pueden apoyarse, sin tener que asumir una fe, cualquiera que esta sea. De alguna manera, la Comisión Católica para la Cultura produjo un despertar, hizo - mientras acogía a los artistas y sin que esta palabra implique mecenazgo- que las instituciones repensaran su actitud ante el creador. Fue esta misma Comisión la que realizó el primer catálogo de Artes Plásticas en Pinar del Río, que dio paso al segundo catálogo por parte del Centro Provincial de las Artes Plásticas. Es esta Comisión la que cada año publica (en la fecha exacta) los libros que obtienen el Premio Vitral o alguna mención significativa, en los géneros poesía, narrativa y ensayo. Luego editan el libro, se ocupan de una presentación decorosa y el creador, que no está adaptado a tantas atenciones, tiene deseos de volver a participar. Lo único que puedo señalar en este sentido es que muchas de las personas que envían sus textos a la convocatoria, a veces confunden la Literatura con el querer decir algo; los trabajos se vuelven monotemáticos, por lo que algunos no tienen la calidad requerida. Ese querer decir nunca se ha ido por encima de la seriedad literaria; no hay un solo libro que deshonre la colección Vitral. Sin embargo, tampoco aquí se incluye el género novela por lo que, ahora mismo, la provincia no cuenta con un certamen que tenga en cuenta este género. Mi amigo y yo nos preguntábamos qué va a pasar cuando la gente advierta que el cuento tiene más luces, mayor probabilidad de publicación. Pues muy sencillo; cuando los críticos hablen de la novela de la primera década de este siglo, en Cuba, ya se habrán olvidado estas especificidades; sólo quedará la otra vuelta de tuerca, el bovarismo que tanto mencionó Foucault para definir la pretensión de pasar por lo que no somos. Podría escribirse más o menos así: En la primera década de este siglo el cuento, inmerso en el fenómeno de la posmodernidad, marcó las pautas de... Mi amigo se burlaba en voz alta; estábamos ante un fenómeno que, de continuar y hacerse extensivo a otras regiones, acabaría por definir una época, un momento histórico. Ofuscado, se levantó del banco. Con lo de la experimentación él se entendía y los demás no tenían que aceptarla, pero sesenta cuartillas hacían de la novela una utopía para esta ciudad.
Por
Uriel
Quesada
Mi propósito de ser coleccionista se cumplió, finalmente, cuando empecé a leer enciclopedias en fascículos semanales. Aprendí sobre la Segunda Guerra Mundial, geografía, el mundo de los animales, medicina, cine y otros temas de los que guardo apenas un vago recuerdo. Después vino la manía de acumular libros.
Por
Amir
Valle
Era una piedrita blanca, brillante, diminutamente grotesca para mis ojos. "Tómela, señor, le traerá suerte", decía aquel niño, parado frente a mí, suplicante y agradecido...
Por
Alejandra
Costamagna
Hace menos de un año que vivimos sin Plutón. O sea, que Plutón no vive con nosotros en la nomenclatura del sistema solar. Ocurrió que un grupo de astrónomos halló que era demasiado chico...
Por
Armando
de Armas
Todo aquel que se ha atrevido a escribir bajo un régimen totalitario, en contra de ese régimen totalitario, habrá experimentado la probable disyuntiva entre el que escribe y el que disiente.
Por
Edmundo
Paz Soldán
Sin estridencias, sin mucha publicidad, la narrativa peruana contemporánea se va consolidando como una de las más vitales de las que se escriben en español.
Por
Ladislao
Aguado
De todas las definiciones de patria que conozco, sólo existe una que realmente amerite el sacrificio y la entrega que siempre asociamos a los actos por la nación.
Por
Elidio la torre
lagares
La literatura puertorriqueña actual es una elusión. Todos preguntan por ella y nadie sabe dónde está, aunque se sabe que existe.
Por
León
de la Hoz
...en Cuba no es difícil tener la leche cortá, siempre hay alguien o algo que te corta la leche, te jode el día, te empinga. En ese sentido mi padre era como un síntoma nacional de la enfermedad del país: el pobre hombre siempre estaba cabrón, cabreao...
Imagen de portada:
"El hombre II con la mano en el pecho" (detalle)
Lorenzo Mena