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Las décadas del 70 y 80 en Cuba padecen el justificado estigma de la represión para los intelectuales y artistas. Es por eso comprensible que ante la sola mención (intencionada o casual) de una vuelta atrás al que se considera el periodo más gris, las ánimas (sobre todo las que padecieron directamente la presión) se sientan temerosas y hayan intentado defenderse desde la única postura que parece defendible: el respeto a las garantías que ha ofrecido la Institución Cultural a la creación artística y literaria a partir de la década del 90.
Aunque la política cultural de la Revolución Cubana ha sido en su esencia la impronta de "Palabras a los Intelectuales", con el fatídico designio que, a partir de ahí, pendería como la espada de Damocles sobre las libertades de los escritores o artistas con su proclama "…Dentro de la Revolución: todo; contra la Revolución ningún derecho"; estas libertades han estado más o menos permitidas en diferentes momentos en dependencia del peligro de ataque que sienta la Revolución hacia ella.
Cualquier intento de esclarecer los límites permisibles por la Revolución para ejercer el derecho a las libertades que enarbola, constituye en sí mismo un cuestionamiento a estas libertades, el cual estalla contra la férrea y abarcadora definición de todo o nada que exige la absoluta entrega a su ideal. Aceptar la incondicionalidad que reclama todo absoluto no excluye necesariamente el cuestionamiento a su entrega, lo que no puede permitirse es el cuestionamiento a su incondicionalidad. Mientras cuestionarse la entrega (es decir, de que manera estar con la Revolución) puede permitir una envoltura "formal" para expresar el ideal, (los valores asociados a ella), cuestionar su incondicionalidad abre espacios de fisuras que no son salvables ni acomodables con ningún disfraz retórico porque remueve la inmanencia de esos valores. Ahí está el verdadero espacio de permisibilidad para el límite impuesto por la Revolución. El compromiso de los artistas e intelectuales cubanos a cruzar el punto tras el cual no hay retorno, ha marcado la pauta de la política cultural cubana; conformando una historia que se escurre en el borde filoso de un estampido que resuena entre ecos de guillotina y servidumbre hundidos en el abismo de la incondicionalidad que devela La Revolución como significado.
El aparente inagotable caudal de pluralidad de significados que padece en Cuba el concepto Revolución, ha permitido diluir sus significantes sociales, al margen de la abstracción hermenéutica del andamiaje teórico de turno que la legitima.
Revolución Democrática Popular, Revolución Socialista, Revolución Cultural, son disfraces de una misma vestidura que enmascara su naturaleza destructiva, totalitaria y hegemónica, proyectando como telón de fondo una constante readaptación a las condiciones socio históricas de cada coyuntura epocal para expresar su dinamismo social. La Revolución no se sostiene por los cambios que opera en su significado sino por la capacidad de generar significantes sociales agazapados en el inmovilismo social con la promesa latente que proyecta el espíritu renovador de sus ideales y la coacción represiva a que conduce incentivar su descrédito. La flexibilidad que muestra su dinámica discursiva, es un abrasivo para constreñir cualquier iniciativa de estructuración y proyección colectiva al margen del patrimonio ideológico instituido políticamente.
La producción artística e intelectual ha formado parte de esa dinámica discursiva orquestada desde la política cultural de la Revolución que, más que dinámica, es mutación de un discurso, cuyas disonancias se armonizan incluyendo o excluyendo acordes que permitan mantener su ritmo indetenidamente. La pregunta de cómo marcar el compás en el tempo de la orquesta, es la respuesta a los vaivenes en que se debate la culpa del intelectual en Cuba.
Durante la década del 60, el emotivo recibimiento al acontecimiento de la Revolución, por todos los sectores sociales (excepto por la Institución Católica, y altas élites del poder político y económico precedente) permitió ir definiendo el significado de La Revolución por el simbolismo de sus valores libertariosde igualdad y justicia social. La excesiva euforia colectiva hipotecó todos los valores precedentes y sucesores en nombre de este ideal, atrapando al pensamiento intelectual y artístico cubano en el significante de las mismas estructuras institucionales y mentales que tejió para toda la nación el concepto Revolución: Engendrar la igualdad, que en nombre del proyecto de liberación y justicia social, abortó la diferencia, desmembró códigos de interacción social expresados en "prácticas de un pasado" donde, además del vilipendiado "régimen político económico" (en que tanto se ensaña la historiografía oficial en Cuba), se sustenta la herencia de la producción cultural y cívica del País y trastrocó los sentidos de libertad en espacios de mayor o menor tolerancia. De ahí que los espacios de libertad son realmente un juego de tolerancia que no compromete su orden radicalmente opuesto al cambio. Las fórmulas de aperturas se agitan en los frascos cerrados de las instituciones estatales que, como vidrieras, exhiben sus mejores recetas para beneplácito o disgusto de sus pacíficos observadores.
Cuando en 1961 los artistas e intelectuales cubanos aplaudieron la incondicionalidad que un argumento tan rotundo como "todo o nada" les impuso (en este momento embrujados por el espíritu renovador de los ideales revolucionarios), el pensamiento y la intelectualidad cubana de los 60 hasta la actualidad selló su pacto "de una libertad sin independencia" dentro de Cuba y una independencia para la libertad fuera de Cuba. Ni una ni otra postura ha podido descansar en paz sin sentir la molestia del sombrío espíritu de la Revolución otear sobre sí. Paradójicamente, por defender el crédito a esos valores, la libertad y la independencia, catapultó la disensión entre Arte-Revolución. Al presentarse como dos corpus que se bifurcan en ideología artística e ideología política, el arte parece destinado en esta etapa, a incentivar el descrédito discursivo de la Revolución y ésta a responder, desde la postura de víctima, a la represión por la sobrevivencia de su discurso.
Durante las tres primeras décadas el discernimiento entre La Revolución y los artistas e intelectuales cubanos se debatió entre lo más parecido a un círculo vicioso (o más bien una recta infinita). La búsqueda del justo equilibrio desde una cuerda con dos extremos pujantes en cuyas puntas se concentraban dos poderes simbólicos: El Arte y el derecho a defender la libertad de expresión y La Revolución y el derecho a defender sus conquistas. Dos fuerzas que se legitiman, una desde la resistencia y otra desde la hegemonía.
La cuerda tensa rompió el dique de una relación que agotó sus posibilidades parlamentarias entre forma y contenido de la creación artística e intelectual en la Revolución y apeló a la oposición-represión radicalizando en uno de estos dos extremos cualquier postura intermedia. La disputa entre dos poderes simbólicos derivó en una acción-reacción entre verdugos con ideales de justicieros y ajusticiados con caras de verdugos. El clímax de esta confesa irreconciliabilidad entre producción intelectual e ideología política (más por la celebridad de la frase que por su fidelidad literal) fue el conocido quinquenio gris. La "diáspora de los 80" fue el puntillazo de la pública intolerancia de la política cubana —que despunta a fines del 60 con el emblemático "caso Padilla"— de ajuste de cuentas individuales y marginación social del pensamiento intelectual cubano.
La década del 90 impone nuevos resortes que negocien la controversia para sofocar la gastada y peligrosa polémica entre Arte y Revolución. La insalvable distancia que parecía abrirse entre dos extremos inconexos, provocado por la ruptura del arte comprometido con los valores revolucionarios, y la intransigencia ideológica del discurso oficial, fue socorrida ubicando en el centro un elemento conciliador a medio camino entre los dos extremos: La Cultura Cubana; éxtasis complaciente que distiende la tensa relación subvirtiendo el compromiso del arte por el de los artistas y creadores y un ligero corrimiento de los ideales (democrático-popular, socialista) hacia los valores (de lo cubano y universal) que promueve la Revolución.
Cuando en unos de sus primeros discursos Abel Prieto como Ministro dijo: "… No existe Arte contrarrevolucionario, sino arte mal interpretado" …el alivio y respiro volvió a reinar en el corazón del mundo cultural cubano. Nuevos aires renovadores se avecinaban, el jubileo liberador de un quinquenio gris que abarcó cuando menos 30 años, se apareció como obra y gracia envuelta en consigna de la voz e imagen de un nuevo Ministro enviado del "Señor", para darle a cada cual lo que cada cual merece.
Nuevamente funcionaron los viejos arquetipos que atraen como canto de sirenas una y otra vez (y pareciera que infinitamente) a aquellos que siguen pidiendo el Mesías en nombre de la Revolución: la juventud como símbolo de audacia y renovación, el carismático y desenfadado estilo viril y campechano con que le gusta describirse así misma a la cubanidad, el necesario reconocimiento de hombre inteligente y mesurado que precisa un intelectual y un símbolo personal que lo distinga de sus iguales (demás Ministros) para legitimar el fetiche contestatario (en este caso el pelo largo) fueron los ingredientes indispensables contenidos en Abel Prieto para convertirse en la figura que emprendería la nueva cruzada cultural para cambiar definitivamente los tristes y oscuros designios que habían provocado una era de represión y menosprecio hacia los artistas y creadores.
Había llegado por fin el concilio entre la oficialidad y la creación. Por primera vez en Cuba revolucionaria no venía voluntaria o involuntariamente del lado de los intelectuales, sino como dádiva ofrecida por una regenerada institución cuya bondad promete saldar las deudas con un borrón y cuenta nueva y restituir a los artistas e intelectuales en los mismos espacios y reconocimientos públicos que antes les fueron negados. El confinamiento no es ya una represalia institucional sin excepción, sino una prejuiciosa obstinación individual de algún creador díscolo o político desfasado.
De esta manera ambos, los intelectuales y la Revolución vuelvan a danzar juntos sobre la cuerda floja en que se debaten sus respectivos poderes simbólicos; cediendo estrepitosamente unos y veladamente la otra, el recurso establecido por sus prácticas para imponerse como fuerza opositora desde la resistencia y fuerza represiva desde la hegemonía. Sin víctimas ni victimarios, al menos en apariencia, la política se vuelve más cultural y los artistas e intelectuales más comprometidos con la política.
Nuevamente los artistas e intelectuales hipotecan el arte y la creación en nombre de un ideal. Esta vez la creencia en las garantías que ofrece la Cultura (más como institución que como proceso). La tentación de reflexionar y plasmar desde el lenguaje estético (sin más allá o más acá de perspectivas formales o conceptuales) las vivencias culturales que describen la cotidianeidad del cubano, dejan de sentarse en el molesto comodín de la censura "diestra" si su autor se encuentra a su "siniestra". Todo lo que necesita esta vez el poder para seguir ejerciendo el control único es parapetarse en rostros más culturales, permitiendo desplazar como tendencia la represión y censura frontal por vías más sutiles.
Por
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Imagen de portada:
"El hombre II con la mano en el pecho" (detalle)
Lorenzo Mena