

Lo épico ha tenido siempre un alto valor en la historia. Persiguiéndolo, los caudillos, además de morir en memorables batallas o singulares escaramuzas, liberaron o esclavizaron pueblos, levantaron o derribaron estados e imperios e iniciaron nuevas eras en la historia.
Admitámoslo: si no fueron los caudillos, sino más bien los pueblos y sus necesidades históricas, o acaso sus locuras, poco importa aquí. La imaginación popular, el eterno espíritu levantisco de los pueblos, así lo certifica. Manipuladas en una u otra dirección, por medios cada vez más sofisticados, las masas fueron y son al fin y al cabo los campos de batalla decisivos.
Y América Latina no iba a ser menos que los restantes continentes. Héroes y prohombres, falsos y verdaderos, hemos tenido hasta para hacer sopa, pero nuestra historia más reciente no hace más que patentar nuestra sed de grandes caudillos, como si en el fondo no hubiésemos acabado de creer en nuestras repúblicas, o como si nuestra capacidad para producir mitos estuviera siempre dispuesta a devorarnos.
Lo tienen fácil nuestros presentes y futuros prohombres, contando todo el tiempo con la obediencia de unas masas políticamente cegadas por el rencor, la ignorancia, la frustración y, cómo no, la simple envidia, dispuestas siempre a dejarse encantar por el más carismático prestidigitador disponible. No es preciso siquiera ser original a la hora de mentir, pues una larga tradición populista asegura métodos, propone la retórica y, sobre todo, señala enemigos, demonios imperiales más o menos mitológicos, insustituibles catalizadores sin los cuales por supuesto nuestra historia habría sido más bien aburrida y escasa de caudillos.
En efecto, nuestras primeras generaciones de caudillos y de héroes disfrutaron de la inefable gloria de los libertadores; no es extraño, pues, que hasta hoy permanezcan como territorio ferozmente disputado por los más variopintos partidos ideológicos.
Dicho de otro modo: esas primeras generaciones de caudillos pertenecen en el fondo a otra categoría, a otra época y otra tradición, acaso la de Aquiles: lo esencial en ellos es el ejercicio épico, limpio, casi puramente físico, casi siempre virtuoso, de su ética romántica. Su capacidad para el ejercicio de la oratoria y las artes de la seducción social, aunque importante, no es lo esencial en ellos; tampoco el modo en que asumieron su condición de líderes políticos, pues su mundo, comparado con el nuestro, era de una sencillez conmovedora: los males en nuestros países tenían causas muy claras, y terminarían en cuanto se echara a los opresores por la fuerza de la espada.
Sí, eso es: nada podía sustituir al puño, el golpe de la espada. La guerra se libraba en el campo de batalla, y sólo un puñado de ellos (nuestros primeros prohombres) pudo o supo sacar algún partido de los incipientes medios de comunicación, entonces pro colonialistas en su inmensa mayoría. En el mejor de los casos, las primitivas cámaras oscuras nos legaron algunas buenas fotos de ellos, para la que a todas luces habían posado con hambre de gloria; la imprenta nos obsequió algún que otro discurso memorable, pronunciado más para ser leído en el futuro que entendido en su tiempo, o con suerte alguna inspirada crónica periodística de sus hechos. Pero en general nos perdimos sus miserias, sus muecas, sus gestos obscenos y sus falsedades; no escuchamos sus tartamudeos ni el pedo que se le fue en la Plaza, ni la frase amenazante que le dirigió a un periodista.
No había, por supuesto, micrófonos de radio o cámaras de televisión, ni descomunales masas de lectores a los cuales se pudiera hipnotizar con unos cuantos discursos; al menos no del modo en que sucedería mucho después, ya avanzado el siglo veinte, en algunos países de Europa, de Asia y, finalmente, en la Cuba de 1959.
En el ínterin tuvimos, por supuesto, profusión de prohombres con vocación mediática. Alguno (hablo del así llamado "coronel del pueblo" Juan Domingo Perón, concretamente) hasta se percató de la importancia de los medios de comunicación masiva, e hizo que en 1947 el Estado argentino comprase unas cuantas cadenas de radio con las que comenzó el monopolio propagandístico del peronismo, que, por cierto, nunca se acercó ni remotamente a lo que más tarde conoceríamos los cubanos. Pudiéramos incluso hablar de otros, tanto de izquierda como de derecha, pero no tendría sentido comparar niños de teta con mamíferos de dientes tan afilados, como los que nos ocuparán a continuación.
En efecto: retrasados por décadas en casi todo, los latinoamericanos no lo íbamos a estar menos en un terreno (en este caso la propaganda masiva, el arte de inventar verdades absolutas) que requiere de cuantiosos recursos y de una infraestructura tecnológica muy avanzada. La ascensión al poder de caudillos como Adolf Hitler, literalmente bajo los reflectores de las cámaras de cine y los micrófonos de la entonces ya no tan incipiente radio de onda corta, no tuvo en América Latina un igual sino hasta finales del siglo XX, con Hugo Chávez, tanto por el formato de Gran Showman que ambos desarrollaron como por la forma en que llegaron al poder, mediante elecciones precedidas por intentos de golpe de estado a través de los cuales pudieron elevarse al estrellato político.
¿Y Fidel? Pues Fidel es otra cosa, no sólo el antecedente directo, o padre espiritual, del caudillo bolivariano. Acaso uno de los pocos genios de la propaganda que ha producido nuestra vasta ralea de prohombres, ya desde los días de la Sierra Maestra dejó claro lo mucho que era capaz de hacer con pocos recursos, al poner a circular una reducida columna guerrillera ante aquel Herbert L. Matthews, periodista del New York Times al que había hecho venir expresamente desde la Gran Manzana.
No digo que Fidel Castro sea moralmente mejor o peor que su pupilo venezolano, o que mienta con mayor o menor frecuencia que él, pues al nivel en que ambos se mueven resulta ridículo hablar de cantidades; sólo que es diferente. Dicho en otras palabras: aunque ambos han contado con cuantiosos recursos técnicos y financieros (y en sus respectivos momentos dos de las naciones latinoamericanas más desarrolladas desde el punto de vista de los medios de comunicación), el cubano se ha destacado por el uso muchas veces sutil de la cosa mediática (incluyendo su cualidad de Gran Showman capaz de hipnotizar durante horas a las masas en la plaza pública), mientras que el venezolano roza en todo momento la vulgaridad más absoluta (lo que estarían dispuestos a reconocer hasta sus más ignorantes seguidores), perdiendo incluso batallas importantes a pesar del reguero de petrodólares que va dejando a su paso.
Lo que quiero decir es que el arte de Fidel Castro es más el arte del prestidigitador que el arte del showman, en el sentido en que lo es Chávez, es decir, en el sentido estricto del término. Como ante Herbert L. Matthews, Fidel se las arregló siempre para presentarse como lo que nunca fue en realidad. Pero al imponer su ilusionismo hizo muchas veces que lo que no era a fin de cuentas si fuera. Fue así durante la Crisis del Caribe o de los Misiles, fue así en multitud de ocasiones, siempre bajo la sombra del amo soviético, y lo es todavía a veces, cuando la diplomacia cubana logra imponer sus matraquillosos temas en los foros internacionales, como si Cuba significara algo en el mundo de hoy.
En los años cincuenta Cuba era a América Latina lo que Alemania a Europa (descontando por supuesto a Inglaterra), a saber: uno de los países más desarrollados en cuanto a medios de comunicación se refiere. Comparable en ese sentido (y en algunos otros también) a los más avanzados del subcontinente, y sólo por detrás de Estados Unidos, la poderosa artillería propagandística con que se hizo Fidel Castro a partir de enero de 1959 no era nada despreciable.
Así, pues, el hombre que entró (acompañado por muchos otros, pero ésos, meras piezas de utilería, no nos importan aquí) a La Habana en 1959, y que ya lleva casi cincuenta años en el poder, inventó bien poco en su larga y machacona carrera política. Dos cosas, hablando de manera muy general, le allanaron el camino hacia la perpetuidad en el poder, y más allá de ello, hacia la permanencia en el imaginario popular latinoamericano como gran héroe de los pobres y especie de Aníbal moderno acampado a las puertas del imperio, a saber: la adaptación al trópico de la ideología marxista y el manejo magistral de los medios de difusión masiva.
El marxismo, en su variante estalinista, se adaptaba como ninguna otra ideología a las necesidades del joven líder entronizado. Su maniqueísmo (el del marxismo, pero quizá también el de Fidel) ha probado más que suficientemente su eficacia; su simplicidad es insuperable, y está al alcance del entendimiento del imbécil más redomado. ¿Dónde está el alimento de los pobres? Lo acaparan los ricos. ¿Dónde, la riqueza de los países del Tercer Mundo? La saquearon las grandes potencias coloniales. ¿Cuál es la solución? La revolución. Derrotar al imperialismo.
De nada valen los razonamientos; de nada mencionar el ejemplo de Japón, que sin grandes recursos naturales y después de una guerra catastrófica, se situó en pocos años, a base de trabajo y sensatez cívica, entre las naciones más desarrolladas; de nada el ejemplo similar de la Alemania de la posguerra, la España posfranquista o el Chile contemporáneo; de nada advertir que ya hemos tenido suficientes experimentos revolucionarios, ni poner de ejemplo la descomunal quiebra político-económico-social que es la Cuba castrista; de nada vale, en fin, cuánto ni cuán bien se argumente, cuando se tiene delante a uno de nuestros robots latinoamericanos, con el programa castrista grabado en su arcaico microprocesador, cuya arquitectura no dispone de más de cuatro bits.
Hago entonces el elogio público del viejo sátrapa cubano. La Alemania de Hitler y la Venezuela del coronel Chávez son, si las comparamos con Cuba, verdaderos monstruos nacionales, lo mismo en territorio como en población o poder económico. Infiero, pues, que nadie logró nunca tanto con tan poco. Nadie hechizó por tanto tiempo a las multitudes, ni mintió tan prolongada y exitosamente, como Fidel Castro. Y nadie dominó nunca de manera tan impecable a una nación tan levantisca como la cubana del modo en que lo ha hecho el Máximo Líder.
Nadie, tampoco, ha sido capaz de juzgar a semejante personaje, con profundo asco o ciega veneración, como nosotros los cubanos. Acaso todos nosotros, montescos y capuletos, estemos de acuerdo en que hasta ahora no hemos merecido nada mejor.
Nota del Editor:
Este trabajo pertenece a una serie en la cual se abordarán las distintas estrategias, derivaciones y resultados de la utilización de los medios tecnológicos más modernos de la comunicación en función de la manipulación política dirigida al resto de América Latina y el mundo por parte de los gobiernos de Cuba y Venezuela.
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"El hombre II con la mano en el pecho" (detalle)
Lorenzo Mena