


Desde que, a fines del año 2002, durante uno de mis viajes a La Habana, leí dos cuentos de la poeta cubana Odette Alonso Yodú, supe que su camino dentro de la narrativa sería promisorio: había en aquellas historias una irreverencia que no había encontrado en ninguno de los muchos cuentos de autoras de la Isla (o residentes fuera de Cuba); una irreverencia no impuesta, no inventada, nada forzada, pues nacía de la situación misma y de la escritura desde la pertenencia al territorio siempre escabroso de la irreverencia.
La lectura del libro de cuentos Con la boca abierta, publicado en España en la colección Safo, de Odisea Editorial, terminó de reafirmarme a la Alonso Yodú como una voz con la que hay que contar dentro de los escenarios múltiples de la narrativa cubana escrita por mujeres, que no es únicamente (y como se hace ver desde los espacios críticos de la Isla) la literatura que se escribe en Cuba, como tampoco es la literatura hecha por quienes han tenido que acudir al exilio, ni tampoco de esas cubanoamericanas que, incluso, escriben en inglés. En todas esas connotaciones se está produciendo la real narrativa cubana actual, que comparte idénticos escenarios a la novelística y la cuentística producida por el sexo opuesto.
La relación sexual entre mujeres no es vista en ningún momento como un tabú que es preciso romper. Ese es uno de los primeros síntomas que dan la naturalidad necesaria a este libro, integrado por ocho relatos de indiscutible calidad. Ni siquiera puede llamarse homosexualidad, pues la normalidad con la cual se cuentan estas historias humanas, irreverentes, sensuales y desprejuiciadas, abandonan los espacios de la exclusión que marca cualquier clasificación diferenciadora, y se llega a un plano donde la relación humana es lo vital, lo indispensable, lo biológicamente ético y racionalmente biológico, en definitiva, parte de la esencia del ser humano que, también (y no además) es sexualmente activo entre individuos del mismo género.
De ese modo, las historias de estos cuentos saltan el muro de las convenciones y se instalan en un ático desde el cual contemplan la ciudad y la vida que pasa debajo: no son ellas los seres raros, disconformes, enfermos; son ellos la salvación de un entorno vital cada vez más enrarecido, más asqueante, más enfermo. El amor siempre salva, y las protagonistas de estos cuentos están llenas (y viven dentro del ámbito sublime y racional) del amor que al mundo exterior les falta.
Tres relatos de primerísimo nivel ("Un puñado de cenizas", "Las dos caras de la luna" y "Retablo para amores imposibles"), junto a piezas muy teatralmente visuales como "Poema de Renata", "Santa Fé" y "Reina de Corazones", abren la panorámica hasta hoy inédita en la narrativa cubana de la homosexualidad contemplada en su conjunto, desde la pertenencia (y por ello, sin fisuras dramatúrgicas, como suele suceder cuando el tema se esgrime como modismo). Odette Alonso Yodú llega con este libro a límites y zonas adonde no han llegado otras escritoras que han abordado esta problemática (Achy Obejas, Anna Lidia Vega Serova, Ena Lucía Portela, por ejemplo), y va poniendo su sello personal en cada una de las distintas ramificaciones que va historiando, todas ellas dirigidas a un cuestionamiento (que no lo es con propósito aún cuando ello se desprenda del texto) de la realidad social a la cual tienen que enfrentarse para ser ellas mismas, en toda su verdad. No lo hace porque la Alonso narra un mundo que no se permite ser cuestionado: existe, es real, tiene sus reglas, está más allá de los deseos o las oposiciones sociales; es ese mundo otro el único cuestionador y, no obstante, no cuestiona nada: simplemente vive su típico, normal y cotidiano modo de ser y de ver.
Todo ello, matizado con un estilo limpio, certero, muy cinematográfico, de exquisita precisión en el plano de los diálogos, combinado además con la chispa de quien sabe que el mundo es suyo y nada se lo impide, y con ese humor que anda a la par del cubano.
Un libro necesario, lamentablemente no muy tenido en cuenta en los últimos estudios que he leído sobre el tema en la isla. Pero ahí está Con la boca abierta, con su excelencia. Espero que la escritora lo sepa y tenga la paciencia necesaria para esperar que se haga justicia crítica.
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Imagen de portada:
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Lorenzo Mena