

Una de mis frustraciones de niño fue creer que no era un buen coleccionista. Mi hermano mayor, por el contrario, tuvo su época de cazador de sellos postales y de revistas cómicas. Más tarde se dedicó a los discos de rock progresivo, algunos comprados fuera de América Central, pues en el Istmo la oferta de bandas era limitada y la impresión de las portadas, lamentable. Mi hermano, quien siempre ha sido industrioso, ganaba dinero con la compra y venta de revistas cómicas, botellas y periódicos. También pasaba el domingo en el puesto de mi padre en el mercado. Así conseguía el dinero para esos discos que venían de Nueva York o Miami, y que a mí me producían fascinación y misterio.
Yo carecía de la persistencia de mi hermano, y nunca fui bueno para los negocios. Tampoco tenía mucha habilidad manual. Una vez se me ocurrió dedicarme a los modelos a escala. Mi abuela Fina, una buena señora que en mi memoria nunca fue joven ni moderna, me consentía el capricho, y nos íbamos a las tiendas de chucherías a comprar autos para armar.
Yo soñaba con una hermosa colección de carritos plásticos, pintados de colores brillantes y ensamblados con precisión. Sin embargo mis proyectos resultaban en estruendosos fracasos, puesto que las minúsculas piezas plásticas de los autitos terminaban presas en goterones de pegamento como trampas de ámbar, o el chasis y la carrocería no encajaban. El resultado era un carrito cojo, un carrito tuerto, un carrito con la pintura marcada como si tuviera la cicatriz de una quemadura.
Mi propósito de ser coleccionista se cumplió, finalmente, cuando empecé a leer enciclopedias en fascículos semanales. Aprendí sobre la Segunda Guerra Mundial, geografía, el mundo de los animales, medicina, cine y otros temas de los que guardo apenas un vago recuerdo. Después vino la manía de acumular libros. Poco a poco pasé de una estricta disciplina de lectura al más radical coleccionismo: libros que conservaba por el mero hecho de ser importantes o bonitos, por oler a libro o porque tarde o temprano, me prometía a mí mismo, los iba a leer.
Siempre he creído que las bibliotecas se parecen a los amigos y a los amores. La gran mayoría son significativos en un momento específico de tu vida, luego quedan a un lado. Hay algunos que encierran un algo inexplicable, pero te negás a releerlos (o a ver a tus amigos) para no decepcionarte al comprobar que el tiempo los ha envejecido o que vos has cambiado. Los menos son los que te acompañan toda la vida, no importa las circunstancias, no importa tampoco dónde estés.
Me ha tocado dejar atrás bibliotecas y personas queridas, y cada vez que empiezo de nuevo trato de hallar cuanto antes una librería, un bar y una cafetería para construir mi hogar a partir de los libros que compro y de la gente que encuentro.
Para Walter Benjamin, el escritor es el arquetipo del coleccionista, pues no solamente acumula las obras de otros sino que produce las suyas propias para llenar esos vacíos que existen aun en la más exquisita de las bibliotecas. El escritor pasa a ser un coleccionista por partida doble: de otros y de sí mismo. Orhan Pamuk elabora su discurso de aceptación del Premio Nóbel en torno a su padre, quien le dio una maleta llena de manuscritos y cuadernos de apuntes poco antes de morir. El padre había escrito por años sin atreverse a dejarlo todo por el oficio de escritor. En la maleta estaba la obra de su vida, y de un modo simbólico la entregaba a su hijo como evidencia de su propia identidad de creador. Y es que muchos escritores, si no la mayoría, acumulan todo tipo de papeles a la espera de un hipotético lector. Guardan borradores, cartas, cuadernos de apuntes, diarios íntimos. Hay una gran dosis de narcisismo en estas apuestas por la posteridad, aunque el resultado final pueda ser patético, pues son pocos los llamados a que sus documentos permanezcan.
Estados Unidos es uno de los países donde las bibliotecas guardan los papeles privados de escritores. Por ejemplo, en la Universidad de Iowa se hallan los archivos de José Donoso. En la Universidad de Texas en Austin, el Centro Ransom paga cantidades exorbitantes por apropiarse de cartas, cuadernos de anotaciones, etc. De este modo, el coleccionismo de ciertos escritores se vuelve público y se convierte en la base para descifrarlo como sujeto de estudio, o para inventarlo como mito.
¿Cómo será el coleccionismo en este futuro que se encuentra ante a nuestras narices? En lugar de un puñado de cartas tenemos ahora la inestable evidencia de los e-mails. En vez de borradores impresos, muchos guardamos las sucesivas versiones de nuestros libros en las computadoras. De hecho, escribir a máquina se ha vuelto una pose esnobista. Los diarios han pasado de los cuadernos cosidos a internet; han dejado de ser una reflexión privada para convertirse en una reflexión pública. Muy pronto, las bibliotecas no estarán llenas de pesado papel, sino de cintas magnéticas y chips capaces de acumular grandes cantidades de información. ¿Cómo nos recordarán y nos recordaremos en este futuro tan inasible? ¿Acaso por lo que quepa en una pastilla de memoria del tamaño de un dedo? ¿Qué será del coleccionismo cuando pierda definitivamente su peso físico y se convierta en un peso virtual? Creo que estos cambios nos muestran que la memoria puede ser más liviana y volátil que el polvo al que regresaremos.
Por
Uriel
Quesada
Mi propósito de ser coleccionista se cumplió, finalmente, cuando empecé a leer enciclopedias en fascículos semanales. Aprendí sobre la Segunda Guerra Mundial, geografía, el mundo de los animales, medicina, cine y otros temas de los que guardo apenas un vago recuerdo. Después vino la manía de acumular libros.
Por
Amir
Valle
Era una piedrita blanca, brillante, diminutamente grotesca para mis ojos. "Tómela, señor, le traerá suerte", decía aquel niño, parado frente a mí, suplicante y agradecido...
Por
Alejandra
Costamagna
Hace menos de un año que vivimos sin Plutón. O sea, que Plutón no vive con nosotros en la nomenclatura del sistema solar. Ocurrió que un grupo de astrónomos halló que era demasiado chico...
Por
Armando
de Armas
Todo aquel que se ha atrevido a escribir bajo un régimen totalitario, en contra de ese régimen totalitario, habrá experimentado la probable disyuntiva entre el que escribe y el que disiente.
Por
Edmundo
Paz Soldán
Sin estridencias, sin mucha publicidad, la narrativa peruana contemporánea se va consolidando como una de las más vitales de las que se escriben en español.
Por
Ladislao
Aguado
De todas las definiciones de patria que conozco, sólo existe una que realmente amerite el sacrificio y la entrega que siempre asociamos a los actos por la nación.
Por
Elidio la torre
lagares
La literatura puertorriqueña actual es una elusión. Todos preguntan por ella y nadie sabe dónde está, aunque se sabe que existe.
Por
León
de la hoz
...en Cuba no es difícil tener la leche cortá, siempre hay alguien o algo que te corta la leche, te jode el día, te empinga. En ese sentido mi padre era como un síntoma nacional de la enfermedad del país: el pobre hombre siempre estaba cabrón, cabreao...
Imagen de portada:
"El hombre II con la mano en el pecho" (detalle)
Lorenzo Mena