Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Julio 2007. Antilde;o uno. Número dos

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
otrolunes.com >> Otra Opinión >> Columna de Uriel Quesada

El coleccionismo

Uriel Quesada

Una de mis frustraciones de niño fue creer que no era un buen coleccionista. Mi hermano mayor, por el contrario, tuvo su época de cazador de sellos postales y de revistas cómicas. Más tarde se dedicó a los discos de rock progresivo, algunos comprados fuera de América Central, pues en el Istmo la oferta de bandas era limitada y la impresión de las portadas, lamentable. Mi hermano, quien siempre ha sido industrioso, ganaba dinero con la compra y venta de revistas cómicas, botellas y periódicos. También pasaba el domingo en el puesto de mi padre en el mercado. Así conseguía el dinero para esos discos que venían de Nueva York o Miami, y que a mí me producían fascinación y misterio.

Yo carecía de la persistencia de mi hermano, y nunca fui bueno para los negocios. Tampoco tenía mucha habilidad manual. Una vez se me ocurrió dedicarme a los modelos a escala. Mi abuela Fina, una buena señora que en mi memoria nunca fue joven ni moderna, me consentía el capricho, y nos íbamos a las tiendas de chucherías a comprar autos para armar.

Yo soñaba con una hermosa colección de carritos plásticos, pintados de colores brillantes y ensamblados con precisión. Sin embargo mis proyectos resultaban en estruendosos fracasos, puesto que las minúsculas piezas plásticas de los autitos terminaban presas en goterones de pegamento como trampas de ámbar, o el chasis y la carrocería no encajaban. El resultado era un carrito cojo, un carrito tuerto, un carrito con la pintura marcada como si tuviera la cicatriz de una quemadura.

Mi propósito de ser coleccionista se cumplió, finalmente, cuando empecé a leer enciclopedias en fascículos semanales. Aprendí sobre la Segunda Guerra Mundial, geografía, el mundo de los animales, medicina, cine y otros temas de los que guardo apenas un vago recuerdo. Después vino la manía de acumular libros. Poco a poco pasé de una estricta disciplina de lectura al más radical coleccionismo: libros que conservaba por el mero hecho de ser importantes o bonitos, por oler a libro o porque tarde o temprano, me prometía a mí mismo, los iba a leer.

Siempre he creído que las bibliotecas se parecen a los amigos y a los amores. La gran mayoría son significativos en un momento específico de tu vida, luego quedan a un lado. Hay algunos que encierran un algo inexplicable, pero te negás a releerlos (o a ver a tus amigos) para no decepcionarte al comprobar que el tiempo los ha envejecido o que vos has cambiado. Los menos son los que te acompañan toda la vida, no importa las circunstancias, no importa tampoco dónde estés.

Me ha tocado dejar atrás bibliotecas y personas queridas, y cada vez que empiezo de nuevo trato de hallar cuanto antes una librería, un bar y una cafetería para construir mi hogar a partir de los libros que compro y de la gente que encuentro.

Para Walter Benjamin, el escritor es el arquetipo del coleccionista, pues no solamente acumula las obras de otros sino que produce las suyas propias para llenar esos vacíos que existen aun en la más exquisita de las bibliotecas. El escritor pasa a ser un coleccionista por partida doble: de otros y de sí mismo. Orhan Pamuk elabora su discurso de aceptación del Premio Nóbel en torno a su padre, quien le dio una maleta llena de manuscritos y cuadernos de apuntes poco antes de morir. El padre había escrito por años sin atreverse a dejarlo todo por el oficio de escritor. En la maleta estaba la obra de su vida, y de un modo simbólico la entregaba a su hijo como evidencia de su propia identidad de creador. Y es que muchos escritores, si no la mayoría, acumulan todo tipo de papeles a la espera de un hipotético lector. Guardan borradores, cartas, cuadernos de apuntes, diarios íntimos. Hay una gran dosis de narcisismo en estas apuestas por la posteridad, aunque el resultado final pueda ser patético, pues son pocos los llamados a que sus documentos permanezcan.

Estados Unidos es uno de los países donde las bibliotecas guardan los papeles privados de escritores. Por ejemplo, en la Universidad de Iowa se hallan los archivos de José Donoso. En la Universidad de Texas en Austin, el Centro Ransom paga cantidades exorbitantes por apropiarse de cartas, cuadernos de anotaciones, etc. De este modo, el coleccionismo de ciertos escritores se vuelve público y se convierte en la base para descifrarlo como sujeto de estudio, o para inventarlo como mito.

¿Cómo será el coleccionismo en este futuro que se encuentra ante a nuestras narices? En lugar de un puñado de cartas tenemos ahora la inestable evidencia de los e-mails. En vez de borradores impresos, muchos guardamos las sucesivas versiones de nuestros libros en las computadoras. De hecho, escribir a máquina se ha vuelto una pose esnobista. Los diarios han pasado de los cuadernos cosidos a internet; han dejado de ser una reflexión privada para convertirse en una reflexión pública. Muy pronto, las bibliotecas no estarán llenas de pesado papel, sino de cintas magnéticas y chips capaces de acumular grandes cantidades de información. ¿Cómo nos recordarán y nos recordaremos en este futuro tan inasible? ¿Acaso por lo que quepa en una pastilla de memoria del tamaño de un dedo? ¿Qué será del coleccionismo cuando pierda definitivamente su peso físico y se convierta en un peso virtual? Creo que estos cambios nos muestran que la memoria puede ser más liviana y volátil que el polvo al que regresaremos.

Otra Opinión

Visiones

Por
Uriel
Quesada

El coleccionismo

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"El hombre II con la mano en el pecho" (detalle)

Lorenzo Mena

Sumario

Este Lunes

Lo que queda de mayo del 68

José Manuel Fajardo

¿Venecuba o Cubazuela?

Leonel A. de la Cuesta

Arenas de exilio, muerte y exorcismo

Rita Martín

La dictadura digital

(Primera parte)

José Luis Arzola

Vaivenes de la culpa del intelectual en Cuba

Helen Ochoa

Muerte y memoria en Horacio Castellanos Moya

Luis Pérez Simón

Literatura costarricense: Apuntes desde el margen

Uriel Quesada

Noticias sobre el día después. Segunda parte: El exilio

Ladislao Aguado

En contra de El Jueves y a favor también

Flor Fundora

Otro lunes Conversa

Con Jesús Díaz

Vivir es muy duro

Con Féliz B. Caignet

"Para ser visto por los oídos"

Punto de mira

Represión intelectual en Cuba: ¿Sólo un pasado gris?

Manuel Vázquez Portal

Raúl Antonio Capote

Zoelia Frómeta

L. M. Varela

Luis Felipe Rojas

Cuarto de visita

Vencer el miedo

Entrevista al poeta iraquí Abdul Hadi Sadoun

Luis Rafael Hernández

El exprimidor

Cuento

Selección de poemas

Unos escriben

José Manuel Fajardo

Otros miran

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Algunos escuchan

Bill Evans: última noche en París

Los lunes me llamaba Nicanor

El sudor de la memoria

Gastón Baquero

Memorial de un testigo

Gerardo Diego

Yo los lunes me llamaba Nicanor

Gastón Baquero

En la misma orilla

David Lago González

El poeta que no existe

El poeta que siempre existió

Poemas

La ciudad de los poetas o las ruinas del Partenón

Raúl Tápanes López

El fantasma de la libertad en Lorenzo Fuentes

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Tribulaciones de letra impresa

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La novela negra. Algo más que una moda

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¿Qué piensas tú del embargo?

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El fusil AK y la boina roja: el caso de Radio Caracas TV

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El primer deber del hombre

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El mejor libro de no ficción en lengua española

Alejandra Costamagna finalista del Premio Planeta-Casa de América

I Festival de Cine Cubano FICCU Convocatoria

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Nace la Editorial Iduna

Carta de Santo Domingo

Librario

Usted es la culpable

Lorenzo Lunar

Las cartas del almirante

Carlos A. Díaz Barros

Con la boca abierta

Odette Alonso

Las noches del cuervo

Isel Rivero

Mitos del antiexilio

Armando de Armas

La vida en llamas

Luis Alberto de Cuenca

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