

La literatura puertorriqueña actual es una elusión. Todos preguntan por ella y nadie sabe dónde está, aunque se sabe que existe. Está en su momento de mayor producción cualitativa desde la generación de los ’70, y todo ese cuerpo literario nos lo degustamos como una comuna de vampiros invisibles, que salen de caza una vez al mes (lo que toma publicar una columna en algún diario) y somos mantenidos en nuestras cuevas no por el efecto de los dientes de ajo, sino por la sal de los mares. De los escritores anteriores a los de mi generación, Luis López Nieves, Juan Antonio Ramos y Edgardo Rodríguez Juliá gozan de aceptación editorial en el exterior. Pero de los escritores más jóvenes, en los últimos veinte años, sólo Mayra Santos-Fébres, Rafa Acevedo y un servidor hemos publicado con alguna editorial internacional. Parece una burla, una infame broma, pero no. Y la pregunta que todo el mundo me hace es, entonces, ¿quiénes son los que son en la literatura actual boricua? ¿Qué hacen? ¿Cuál es su proyecto?
Existe un consenso entre críticos y escritores de turno en Puerto Rico sobre un aspecto esencial: desde los noventa la creación intenta poner en un plano cada vez más invisible el asunto de la identidad nacional. Se escribe desde un topos sin geografía, sin barreras nacionales, sin proyectos ideológicos. Muchas voces se levantan reclamando que la literatura puertorriqueña existe por el bien de la literatura misma. Que hay que matar al padre. Cortar el cordón umbilical. Sin embargo, la intención de separarse de todo lo hecho anteriormente se repite como un arquetipo y por tanto, la nueva narrativa no deja de ser política ni contestaria. La diferencia, si existe alguna, está en el modo en que inflexionamos la voz.
Risa, máscaras, parodia, burla. Sutiles artilugios. La ironía, incluso, ha dejado de ser una actitud y se ha convertido en una herramienta. Como autores representativos de la reciente promoción literaria que promueve un nuevo viejo modo de narrar se añaden a los ya mencionados Pedro Cabiya, Juan Carlos Quiñones y José Liboy.
La escritura de Pedro Cabiya (o Diego Deni, o Tobías Bendeq, o Gregorio Falú, o todos ellos) es donde se sustraen todas las tradiciones continuidades literarias anteriores. Para que despunte una nueva literatura, tiene que haber negación y a la vez tradición. La topografía de la escritura de Cabiya es diversa, dispersa, pero sobre todo, extraña, lo que lo asemeja a un Donald Barthelme caribeño. En su primer libro, Historias tremendas, el efecto estético se mantiene relativamente autónomo. Se aparta el escritor de los códigos conductuales y convenciones sociales, que son suplantados con afán fetichista por los juegos de palabras y unidades de lenguaje. En Historias tremendas, la palabra es el epicentro del efecto Cabiya. Lo filosófico y culto cohabitan con la jerga cotidiana en una impactante mezcolanza pop de aldea global post-tecnológica.
Juan Carlos Quiñones le da otro giro a la literatura puertorriqueña. Son pluriformes las lecturas las que alimentan su tejido narrativo. Borges. Burroughs. Cortazar. Kafka. ¿Neruda? Quiñones aparece con su primer libro de narraciones breves cobijadas bajo el título de Breviario y, sin duda, estamos ante un artesano del cuento, un estilista refinado de la forma que reta las demarcaciones de la tradición y busca redefinirse a sí misma. Los cuentos de Quiñones son como organismos vivos concebidos por el conjuro de la palabra: tienen vida propia. Se le escapan al autor de las manos. Son incontrolables. Le dan golpe de estado. El autor ya no es él. Las palabras lo traicionan. Si los comienzos son poco habituales, los finales (si es que acaban) cierran con una increíble impredecibilidad.
Por otro lado, Pepe Liboy publica en el 2004 Cada vez te despides mejor, libro donde se transmigra de lo familiar a lo raro constante e indistintamente. Sus personajes son asediados por el mundo concurrente de la realidad post-industrial puertorriqueña. En los cuentos de Liboy, la risa, evocada por lo paródico y absurdo, revierte el orden, los muebles se representan como mascotas de los dueños, el Che Guevara es un ornamento en una sala, Dios es un anti-Dios, los personajes se pasean por el desempleo mientras que los habitantes de las urbanizaciones de clase media son "sicoinfórmatas", y la lasaña es admirada a la manera que Keats admiraba su urna.
La novela es el género más esquivo de la actualidad literaria puertorriqueña. De ahí que merezca la pena interesarnos por el Exquisito cadáver de Rafael Acevedo, premiada en el 2001 con una Mención de Honor en el Certamen Casa de las Américas, de Cuba. Con este trabajo, la fantasía y la ciencia-ficción llegan a la novelística del mainstream puertorriqueño. La formula es constante: el juego del lenguaje se dispersa, como diría Burroughs, cual un virus. La escritura colectiva recrea la proporción espacial-visual del hipertexto. El caribe post-industrial se representa en la carga de anglicismos. Las brevedad de las frases agilizan la lectura y trabajan con la eficacia del slogan publicitario, lo que las convierte en representaciones de un tema constante en la novela: la sobrecarga de información. Pero son el humor y la risa los vehículos discursivos que impregnan a la realidad de cierto maravilloso absurdo: el "exquisito cadáver" no es otra cosa que el cuerpo asesinado del administrador, servido como un suculento sushi: carne cruda envuelta en arroz. Como le cadáver exquís de Bretón y Desnos, la novela de Acevedo es una composición de secuencias que se suceden de manera lúdica.
Finalmente, llegamos a Mayra Santos, quien recibiera el premio Radio Francia Internacional del Certamen Juan Rulfo en 1993 por su relato "Oso blanco", y, más recientemente, finalista del Premio Primavera de Seix Barral. Santos Febres, sucesora de las feministas de los ’70, oblitera las fronteras al sumergirnos en el mundo homo-erótico que nos presenta el personaje de Martha Selena, un joven travestí que "canta como los ángeles" por los bares de San Juan y Santo Domingo. Es a través de la máscara que le facilita el travestismo que Santos-Febres subvierte el orden establecido. La sexualidad es transgredida.
Esta novela sale de algún callejón olvidado entre las fisuras de La guaracha del macho camacho (clásico de nuestro novelista Luis Rafael Sánchez) y donde todos, en algún momento, hemos convergido. El travestismo carnavalero de ambos trabajos es una forma de enmascararse, lo que se vincula con la alegría de la transformación y la reencarnación, con la relatividad ufana y con la feliz negación de la uniformidad y la similitud; rechaza la conformidad.
Metamorfosis. Transición. Contravención de las circunscripciones naturales.
El sentido lúdico de la vida es una de las características de la manifestación ritualista del espectáculo. Los rituales y ceremonias civiles y sociales, en tiempos medievales, adquirían un aura de comicidad en forma de payasos y bufones. Serena se ve a sí misma como "una mentira". Ella es su propio bufón. Se disfraza para entretener, pero también se disfraza para sobrevivir. El travestismo, por asociación, constituye un grado de subversión, una extrapolación del orden social. Es parte de un mundo construido al margen de la oficialidad, pero sometido a la condición de que el uno no puede ser entendido sin el otro.
Desapegados del tema de la identidad, queda el acto de escritura como único acto político en nuestra literatura. Pero esto, sin duda, parece ser la eterna trampa. Porque, en un mundo en el que ninguna innovación estilística es posible, lo que nos queda es la imitación, el pastiche, la máscara, el travestí, la parodia y la ironía, no como una actitud, sino como una herramienta de construcción del texto literario. Nos hacemos y deshacemos en la hibridad.
Que la literatura puertorriqueña está poco representada en el mundo hispano, es cierto. Que somos vampiros narcisistas en una orgía privada, también. Pero quedan invitados a compartir de esta sangre. El juego es a la resistencia.
Por
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...en Cuba no es difícil tener la leche cortá, siempre hay alguien o algo que te corta la leche, te jode el día, te empinga. En ese sentido mi padre era como un síntoma nacional de la enfermedad del país: el pobre hombre siempre estaba cabrón, cabreao...
Imagen de portada:
"El hombre II con la mano en el pecho" (detalle)
Lorenzo Mena