Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Diciembre 2007. Antilde;o uno. Número tres

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
otrolunes.com >> Sumario >> En la misma orilla

Yusef sale al trabajo

Francisco Alejandro Méndez
Relato

Página 2

Durmió hasta entrada la noche. Se molestó con su actitud. Como si no debía ir a ganarse el pan de cada día. Se dio un duro golpe en la cabeza con el dintel de la puerta, cuando trató de ajustarse los tacones. A veces su estatura le era útil para defenderse de los demás, pero también le provocaba incomodidades como pegar cabezazos contra lámparas. Antes de salir a la calle se fumó un cigarro de mariguana. Continuaba nervioso, así que un par de humeadas lo regresaría a su nivel normal. Tragó humo hasta que casi se ahoga. Con un gancho sandino prensó lo que había sobrevivido a sus bocanadas y guardó la bacha dentro de un cofre, y con 25 minutos de retraso llegó hasta su esquina.

Seis horas y media tenía de estar parado. Ningún cliente había solicitado sus servicios. El frío penetraba por todo su vestido. Sus pies parecían dos trozos de hielo y pesaban más que un par de yunques. Iba a retirarse hacia su departamento, cuando un auto blanco con vidrios polarizados se estacionó del otro lado de la calle. Sonó la bocina con insistencia. El polarizado bajó automáticamente y una mano con guantes blancos le ordenó que se acercara.

Un acento extranjero retumbó desde el asiento de atrás.

—¿Cuánto me vas a cobrar hoy, mi amor?

Yusef se acercó con cautela, porque no conocía las placas del auto. Lo único que notó fueron las iniciales del cuerpo diplomático. Dio la vuelta al vehículo y se colocó en la ventana del copiloto. El guante blanco entró al Mercedes y pulsó el botón de descenso automático."Yusef echó una mirada al interior y observó a un hombre con traje azul, canoso, anteojos redondos, barba recortada y con un teléfono celular en la mano. Pensó inmediatamente que podría compensar lo que no había ganado en toda la noche.

Sin embargo, recordó que las experiencias con diplomáticos, muy frecuentes por cierto, no eran del todo agradables.

Estaba a punto de rechazar el billete de cincuenta dólares que el hombre del traje azul había sacado de su cartera, cuando se percató que sobre el asiento había una revista Interviú que lucía en la portada la foto de Mike Tyson.

De nuevo sintió cosquillas en el estómago. Por su frente pasó una ráfaga de calor, la cual le recordó que debía contestar la oferta.

—Vamos, muñeco, pero me regalas la revista.

—Claro. Ésta y las que quieras, darling.

Subió al automóvil a toda prisa. Durante todo el recorrido al motel, hojeó la Interviú de cabo a rabo. No hizo caso de las súplicas del incómodo diplomático que lo conminaba a que se trasladara al sillón de atrás.

El guante blanco abrió la puerta al diplomático, cuya cabeza se había puesto roja al intentar levantarse. De mala gana, le dio el billete a Yusef y le dijo al guante blanco que durante dos horas apagara el celular.

Yusef protestó. Le dijo que por los pinches cincuenta dólares no iban a permanecer dos horas dentro del motel.

—Dame otro igual y nos quedamos hasta el amanecer.

—¡Dos horas! —recalcó el del traje azul, a la vez que le ordenó al guante blanco que le diera a Yusef otro billete y que, de inmediato, le quitara la revista.

Yusef dobló dentro de la Interviú los otros cincuenta dólares y los metió en su bolso.

—Vamos, mi amor. ¿Te puedo decir Mike, verdad?

Despertó mareado. La cama continuaba dando vueltas. Se levantó desnudo. Apagó el interruptor, que estaba en el baño. El diplomático se había marchado, pero le escribió una nota en una hoja de la revista. La letra era horrible. Había faltas de ortografía y redacción, por lo que aseguró que había sido escrita por guante blanco. "Te quedaztes dormido. No te pudemos levantar asi que nos marchamos. Haces bien el amor, pero necesitas mejor condición física. No nos volvás a decir Mike."

—Pinche guante blanco. Se metió a la habitación para pegarme una cogida. Lo vuelvo a ver y le meto un plomazo justo en medio de la mano —llamó a un taxi. Se roció con Givenchy y fumó un Winston. Durante el recorrido a casa permaneció callado y viendo hacia el cielo.

Entró malhumorado al departamento. La curiosidad por ver la revista hizo que olvidara el juego sucio del diplomático y guante blanco. Le produjo náusea recordar el cuadro de los tres desnudos frente al espejo. Bebió un sorbo de tequila, se recostó en la cabecera de su cama.

Era un número especial dedicado a la vida de Tyson. El reportero destacaba las hazañas del boxeador, desde su nacimiento en Brooklyn, sus peleas amateur, cómo perdió la oportunidad de ir a las olimpiadas, fulminantes knock out como campeón mundial, su condena en la cárcel y su conversión al islam.

Las cifras y la figura de Tyson lo excitaban. Desde ese momento, él era uno de sus más fieles seguidores y, por qué no, aspiraba a su amor.

Desde esa vez, coleccionó todo lo relacionado con su fantasía. Playeras, afiches, revistas, periódicos, biografías. Solicitó información a uno de sus clientes, que navegaba en internet. Con el tiempo se especializó no solamente en Tyson, sino en el deporte del boxeo.

Aprendió de memoria las fechas de los combates anteriores y los minutos o segundos que necesitó Tyson para derribar a sus adver­sarios. Se molestó cuando su admirado deportista realizó alianza con el capo Don King y lamentó no haber sido Desree Washington, una tal reina de belleza, que fue violada por el fajador.

Nunca hubiera tenido necesidad de ser violado por ese muñeco, se lamentaba. Después sorbía lentamente el tequila. Arrugaba la cara, exhalaba humo de un Winston y frotaba sus pechos con los oxigenados vellos de la mano derecha.

Intentó enviarle una carta y explicarle que lo amaba. Sin embargo, estaba seguro que era una locura. Una cosa es la realidad y otra la fantasía. Una cosa era exigir el amor de un cliente, pero otra ilusionarse con una estrella mundial.

Una tarde, cuando el cansancio del desvelo y la gimnasia lo habían agotado, soñó que era seleccionado nacional. Participaría en los pesos completos. Se vio terriblemente fornido. Sus pechos estaban rellenos de músculos. Su nariz estaba inflamada, seguramente de tanto golpe, y sus piernas se asemejaban al poste que le hacía compañía.

Con furia derribó a cuanto adversario le hizo frente. De algo le habían servido las lecturas, los videos y la información sobre el campeón mundial. Pero el sueño se fue convirtiendo en pesadilla, ya que la última pelea la libraría contra Tyson. Estaba nervioso y angustiado. Sabía de lo temible de los golpes de ese boxeador, pero su corazón no temía a eso, sino a enfrentarse a quien amaba.

Se vio subido en el ring. Vestía una bata pla­teada con franjas azules. Su pantaloneta tenía un color sepia y se había rasurado todos los vellos del pecho. Eso le gustaba. Con terror vio subir la comitiva que acompañaba a Tyson. El venía cubierto con una toalla negra, bata negra, pantaloneta negra y guantes negros. Trepó al cuadrilátero en el preciso momento en el que Yusef deseaba decirle que lo amaba y que en ningún momento lo lastimaría. De reojo, Tyson observó la figura, que más se asemejaba a la de un monje benedictino y estrelló ambos guantes con fuerza.

Yusef estaba impactado. Tras la brutal figura, emanaba luz. Estaba en la esquina derecha y quien anunciaba la pelea estaba por abandonar las cuerdas. Gotas frías de sudor bajaban a toda prisa por su cuerpo, perdiéndose entre el elástico del pantaloncillo. Al fondo se escuchó una campana y antes de parpadear sintió como si una locomotora se hubiera descarrilado para chocar contra él.

Como pudo, esquivó los golpes para llegar al clinch. Cuando tuvo enfrente la cara de Tyson, lo besó sin piedad. El demoledor* púgil, impactado por la andanada de besos, reaccionó violentamente, escupió el protector y mordió la oreja de Yusef. Esto hizo que brincara de su cama, se palpara la oreja y rompiera en llanto. Qué susto, se dijo. Ese animal casi me arranca la cabeza. Se vistió. Acabó con la botella. Sacó del cofre la vieja bacha y la fumó casi hasta tragársela. Con agua caliente diluyó la sangre que le había causado el filo de un arete en el pabellón de la oreja. Colocó una gasa y la disimuló con maquillaje. Antes de abandonar el departamento se untó Ana'ís Anais. Echó llave y sonrió. Estaba seguro de que esa noche le sobrarían clientes.


Francisco Alejandro Méndez (Guatemala, 1964)

Narrador y periodista. Su trabajo periodístico de más de 10 años ha sido realizado en medios escritos, televisivos y radiales, en los que ha sido enviado a coberturas en Estados Unidos, Mexico, Cuba y Centroamerica. Ha publicado artículos y obra literaria en revistas de Centroamerica y Mexico. Entre sus libros se encuentran Sobrevivir para contarlo (Mexico, 1998), Manual para desaparecer (San Salvador, 1997), Graga y otros cuentos (Guatemala, 1991 y 1995), Ruleta Kusa (b'oloq'otin k'asloem), editado por el Fondo de Cultura Económica de Guatemala, edición bilingüe con traducción al kaqchiquel. Pertenece a la Colección Luis Cardoza y Aragon (Guatemala, 2002). Crónicas suburbanas, editado por Editorial X, (Guatemala, 2002). Su primera novela se titula Completamente Inmaculada (Editorial Perro Azul, San Jose de Costa Rica, 2002).

Francisco proviene de una familia con una larga trayectoria intelectual en el país. Su tío, Lionel Mendez D'Avila, fue un importante intelectual en la decada de los 70, y su abuelo, Francisco Mendez, fue uno de los narradores más importantes en la década de los 40 del siglo XX.

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