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Esta situación es característica de la atipicidad del desarrollo histórico en Cuba: ser ejecutores de la política sólo les confiere un estatus dentro de la cúpula del poder, pero no les garantiza un lugar en el esquema de sucesión. Me atrevería a decir que en Cuba no existe un liderazgo de sucesión, y ni siquiera un liderazgo de oposición. Y podría incluso a aventurar que a Fidel Castro ese tema ni le importa. No es un viejo marxista, pero en cuarenta y siete años, en más de una decena de discurso ha blandido la teoría de los viejos marxistas franceses: Apre de nu l’diluge, que hizo escribir a Marx: Je seulament ce que je ne ce pas marxiste. Este es además, un viejo tabú político que ha hecho rodar cabezas metafórica y literalmente; por lo que no es un tema sobre el que puedan generarse alianzas dentro de la cúpula castrista, y sobre el que incluso sus más cercanos colaboradores evitan cualquier alusión. De lo anterior se puede aventurar que la sucesión no es una variable de peso en la estrategia política del gobierno castrista. Por esa razón, después de su acelerada salida de la arena política en agosto del 2006, quedó al mando, como era previsible, su hermano Raúl Castro, su sustituto al mando durante estas casi cinco décadas, y se realizaron apenas cambios menores en la administración del gobierno y el estado.
En Cuba, a mi juicio, no sólo no existe un liderazgo de sucesión; sino que ni siquiera hasta hace unos pocos años existía el esbozo de un liderazgo de oposición; sin que este juicio reste mérito a los que en la isla han estado animando un cambio desde cualquiera de las múltiples inspiraciones y estrategias. Una de las razones de esta afirmación es que para lograr cierta “legalidad” la mayoría de los opositores se dividieron en dos grandes grupos: activistas de derechos humanos y periodistas independientes; y por ende, recluidos a estas actividades meramente ejecutivas, se convertían en un suerte de observadores de la tragedia nacional, y en el mejor de los casos animadores de limitados debates políticos. Por otra parte la mayoría de los partidos opositores que han surgido a lo largo de estos años, tienen una inspiración de izquierda reformada, socialdemócrata, que al parecer pretende coquetear con la coordinadora socialista internacional, o simplemente no han logrado asumir su rol de “contrarrevolucionarios” con todos los riesgos que esto conlleve. En muchos casos no sólo no tienen un proyecto político atractivo, sino que ni siquiera una propuesta coherente de tránsito hacia la democracia, que se fundamente en transformaciones económicas y políticas concretas; y los pocos que lo tienen no poseen a su disposición los medios económicos ni de comunicación ni legales para ponerlos a referendo. La historia del abortado “Concilio Cubano”, los proyectos “La patria es de todos” y “Varela”, son muestras de la prepotencia con la que puede actuar el gobierno para desmantelar la oposición usando inteligencia o manifestando su capacidad de represión.
Si durante estos años no han existido más víctimas, es debido a que la oposición ha sabido aprovechar cierta fisuras del sistema, pero esta también ha sido su mayor debilidad. La ambigüedad de los discursos, la falta de coherencia, y los escandalosos destapes de infiltrados, no sólo son un golpe moral para la disidencia, sino que le restan credibilidad y generan un estado de incertidumbre poco colaborativa en la población general.
La disidencia es además victima de sus propios prejuicios. Aunque no puede ser de otro modo, ya que la inmensa mayoría de hombres y mujeres entre veinte y sesenta años, han vivido casi toda su vida dentro de un sistema de pensamiento que rebota en los marcos de la estructura política dentro de la que se han formado, apelar a cambios políticos a partir del activismo político es un contrasentido que no tiene lugar bajo una organización donde no se permite el desarrollo de la sociedad civil independiente, ni existen apenas rastros de estructuras democráticas. En un escenario de esta índole, los únicos cambios potenciales pueden provocarse desde adentro, o apelando a la resistencia pacífica; si queremos descartar el uso de la violencia. La resistencia pacífica, ya sabemos que depende de la influencia moral de sus líderes; y que debe estar dispuesta a resistir la violencia que se produzca como resultado. Porque debe de estar claro que en el caso de Cuba se trata de un gobierno belicoso, violento, que se soporta sobre una estructura castrense de administración del país.
Desarrollar una conciencia social entorno a los problemas políticos de Cuba, dentro del país, y al margen de la comodidad que ofrece un foro intelectual desde un escenario externo, es poco menos que una ilusión teórica; si tenemos en cuenta la confusión de valores entre los auténticos actores del cambio y la tendencia del cubano promedio a una filosofía y una praxis entre la apolítica y la apostasía. En ese clima, donde se apagan la mayoría de los impulsos renovadores, vive una población a la que se le ha hurtado una patria y se le obliga a sacrificarse en nombre de valores simbólicos de escasa utilidad. Una revolución es siempre un metarrelato que una vez que se pretende entronizar pierde inmediatamente su contenido simbólico; y al legalizar y reproducir valores que no comprenden la libre concurrencia de las ideas se instaura un proceso antidialéctico y reaccionario. La revolución es un estado de confrontación y debate, no un credo. Por esa razón, la cúpula castrista, su mecanismo de dominio, y su discurso político son profundamente contrarrevolucionarios. Pero hay que advertir que el castrismo no es un proceso ajeno a la naturaleza del país, sino una expresión deformada de los anhelos y los vacíos de la nacionalidad. Comprender que Cuba necesita líderes, no caudillos, puede ayudar a generar un cambio en la mentalidad de cambio imprescindible para comenzar a pensar en un proceso democrático sostenible. Uno de los hombres que lucharon junto a Martí alguna vez dijo: No entendíamos lo que decía, pero estábamos dispuestos a morir por él. Este comentario ejemplifica lo que he dicho. Somos una nación castrada políticamente, pero esto no es significativo si al menos evitamos convertirnos en una nación decapitada; porque el sentido de nación y la conciencia política pueden reconquistarse con el ejercicio de las ideas.
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