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Casi siempre que hablamos de transición nos referimos a los aspectos políticos, a la construcción de una institucionalidad y una legislación democráticas, pero no debemos olvidar que es igualmente importante la transición económica. En algunos países excomunistas europeos el paso de una economía estatalizada a una economía de mercado ha sido, sigue siendo, lo más complicado de alcanzar. Después de décadas de economía totalmente regularizada y centralista en las que la competencia no existe y el sistema de asignación de precios es puramente político, varias generaciones de gestores y los propios trabajadores de esas empresas no entienden ni saben cómo se maneja una economía libre ni menos cómo se crea una empresa. Si no se ordena bien el paso de una economía a otra el resultado es la proliferación de mafias, de aprovechados que pasan de gestores públicos a empresarios de las mismas empresas ahora privatizadas quedándose con la mayoría de las acciones. El resultado, al menos en algunos países del este europeo, es el hundimiento de la actividad económica preexistente, por precaria e ineficiente que fuera, sin ser sustituida en los primeros años por una economía sana y competitiva, con los sufrimientos y secuelas de paro, mayor pobreza y marginación. En este apartado, como en el político, es imprescindible que los países amigos se involucren y ayuden con formación, créditos, asistencia técnica, etc.
En el caso de Cuba tengo la esperanza que la probada creatividad e imaginación de los cubanos, acostumbrados los que viven en la isla a sobrevivir construyendo y sacando de la nada y muchos de los del exilio a abrirse camino y prosperar (pocos exilios han tenido tanto éxito desde el punto de vista económico), unido a la generalizada formación, que ahora les sirve de poco, serán en el futuro elementos positivos para la reconstrucción de su país. Recuerdo que Cuba tenía una renta per capita superior a la española a finales de los cincuenta, eso sí con lacerantes desigualdades.
Las secuelas de una larga dictadura, sin embargo, no desaparecen en uno ni en diez años. Tanto en España como, sobre todo, en los países excomunistas europeos, aún hoy se percibe en muchas personas, en las instituciones, en la vida cotidiana, la contaminación, la pérdida de sentido de la dignidad, la incapacidad para entender en profundidad lo que es la democracia. A la menor crisis, al menor tropiezo, surgen las actitudes neofranquistas o neocomunistas aunque afortunadamente no sean mayoritarias ni se impongan a la mayoría. También a eso deben estar preparados los cubanos de ahora.
Un capítulo importante es sin duda el papel de la comunidad internacional y en primer lugar, me parece evidente nos guste o no, el de los EEUU. Empiezo por afirmar que ha sido un tremendo error histórico la política de Washington con Cuba desde hace cuarenta años. El embargo creciente y sistemático, el progresivo acoso y amenaza hasta llegar en los últimos tiempos a la grotesca elaboración de un plan postcastrista que va desde dónde deben colocarse los semáforos hasta el nombramiento de un gobierno provisional, no sólo no ha servido para acelerar el cambio político sino que ha contribuido al empobrecimiento y sufrimiento de la población a la que en teoría se quería ayudar y a fortalecer y apuntalar al gobierno al que se deseaba combatir.
Para comprender esa persistente actitud es inevitable referirse a las raíces históricas de la visión norteamericana sobre Cuba. La isla grande no se independiza de España en 1898, sino que son los EEUU los que en realidad ganan esa guerra y eso impregna desde entonces el imaginario colectivo de la clase dirigente estadounidense que considera a Cuba como algo propio. Reconocer claramente la soberanía e independencia de Cuba es una asignatura pendiente para Washington, que debe renunciar a imponer o hegemonizar la salida del castrismo. Esto puede sonar a buenos deseos y lo son, pero es que si no lo entienden así complicarán hasta extremos de inviabilidad una transición pacífica y soberana. No niego que por sus vínculos históricos, su proximidad y los lazos creados por centenares de miles de cubanos que viven en los EEUU, este país está llamado a jugar un papel importante en la transición, pero haría mal si no lo hiciera respetando las decisiones del propio pueblo de Cuba, muy celoso de su soberanía e independencia, y colaborando con otros actores como América Latina y Europa.
Creo que América Latina como región y los países que la conforman deben prepararse para jugar un rol activo y a ayudar en el proceso de cambio al pueblo cubano. El ámbito natural donde debe incardinarse Cuba es sin duda en América Latina y en sus instituciones multilaterales. No debe esperar a que otros tomen la iniciativa, deben moverse, cuando el momento llegue, en las NNUU, en su Consejo de Seguridad, liderando o coliderando las medidas que probablemente habrá que tomar para contribuir, perdonen por la insistencia, a una transición ordenada, pacífica y lo más corta posible. En particular países como México, especialmente, o Brasil, Venezuela, Argentina... sensibles al tema cubano, con indudable importancia en el escenario internacional y profesionalizados y competentes servicios exteriores, pueden y deben asumir las responsabilidades que les corresponden en dichas circunstancias.
Y Europa. La Unión Europea es cada vez más un actor global que representa a cerca de 500 millones de habitantes y es una potencia económica mundial. Dentro de la Unión España, pero no sólo ella, juega un liderazgo cuando de los temas de América Latina se trata y en especial en relación con las políticas con Cuba. Lo hemos visto, no hace mucho, con la iniciativa del gobierno español, asumida por los 25, de una nueva política con Cuba y probablemente lo veremos en un hipotético proceso de transición. Además de la contribución política, previsiblemente junto a América Latina y los EEUU, la Unión Europea está llamada a hacerlo en el terreno económico, en el que tiene experiencia, medios y veremos si voluntad política porque, para desesperación de los españoles, la Historia y las circunstancias han hecho que Europa mire más al este próximo que al oeste lejano. España también debe hacer jugar los elementos bilaterales no en vano es, además de muy sensible a las vicisitudes del pueblo cubano, uno de los países con más inversiones e intereses en Cuba.
En conclusión, es bastante probable pero no seguro que tras la desaparición del líder de la Revolución (antes es muy improbable) se vayan dando elementos que lleven al inicio de una transición o cambio. Que habrá un sector importante del castrismo que resista cualquier modificación de la actual institucionalidad cubana, que incluso lo haga usando la fuerza. Que muy posiblemente otros sectores del régimen empiecen a dar señales de búsqueda de fórmulas de reforma. Me cuesta más trabajo adivinar cómo reaccionará el propio pueblo en la nueva situación, quizás con expectación y sensación de vacío al principio y con crecientes esperanzas en una evolución auspiciada por los reformistas del castrismo y sectores moderados de la oposición, después. En esta fase la actitud de los EEUU es fundamental. Pero en todo el hipotético proceso la palabra clave es DIÁLOGO, DIÁLOGO, DIÁLOGO.
No me atrevo a ir más allá. Mis reflexiones están teñidas, lo reconozco, de optimismo y también desde mi condición de español demócrata en el que pesa mucho la experiencia de transición en España. Deliberadamente he renunciado a estudiar otras hipótesis, indeseables por catastrofistas o porque supongan la permanencia indefinida del sistema, pero no son necesariamente descartables. El futuro no está escrito. Ojalá lo escriban con éxito, por fin, los cubanos mismos.
Eurodiputado del Grupo Socialista en el Parlamento Europeo y miembro de la Comisión de Asuntos Exteriores. También es copresidente de la recién fundada Asociación Internacional Cuba-Europa en Progreso.
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