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En mi criterio particular uno de los factores clave de lo que ha pasado en Cuba no sólo se le ha de atribuir a Castro, a la dictadura de Batista y a las relaciones históricas entre Estados Unidos y Cuba, sino a toda esa generación suya y a las características antropológicas de los cubanos, que cuajaron dentro de una problemática mundial de los años 60 —en el caso de la isla y desde una perspectiva política, Castro fue la cabeza representativa de esa generación—; cuando una serie de coincidencias de carácter económico, político, social y tecnológico se dieron cita en el mismo momento de auge de esa generación especialmente dominadora. Habría que estudiar este fenómeno entonces desde una proyección generacional también (¿cuáles fueron las razones para que esa generación fuera tan fuerte?), y quizás así pudiéramos explicarnos un tanto el proceso del castrismo —en medio de una serie de fenómenos que aparecieron en esa década: entre los positivos y en la música, tenemos el rock and roll, Elvis Presley, los Beattles y los Rolling Stone; por otra parte, los baby boomers, en la economía y la sociedad estadounidense; la conquista de la Luna por tres astronautas de Estados Unidos; el surgimiento de los hippies y la revolución sexual; el primer satélite puesto en órbita por la URSS; el “milagro” de la economía japonesa; y en otro sentido, favorecido por unos y negado por otros, el Mayo del 68, como detonación social; la invasión de Bahía de Cochinos en Cuba, la Crisis de Octubre, el comienzo de la Guerra de Viet Nam, entre muchos más. Acontecimientos todos que, de una forma u otra, en mayor o menor medida, conmocionaron el mundo—. Recordemos que esa misma generación de Castro se dividió en Cuba: los más fuertes, quedaron con Fidel a la cabeza y se apoderaron de la isla; y la otra parte, supuestamente más débil en esos momentos, se marchó al exilio y con el tiempo se repuso y creó una fortísima oposición, en Miami, New Jersey y California, desde donde incluso han podido influenciar en la política estadounidense y, específicamente desde Miami, desarrollar con capital y trabajo el sur de la Florida. Hasta se ha llegado a comentar que hoy en día se considera a Florida, para no decir exclusivamente Miami, el centro neurálgico del comercio en América Latina. Pensando así, podría estudiarse la posibilidad de que sólo cuando esta generación en la isla y en Estados Unidos desaparezca por vejez, o ya esté totalmente debilitada biológicamente, sólo de esta manera, repito, pudiera ser que entonces se empezará a resolver el problema de Cuba, aunque siempre, por supuesto, demoraría unos cuantos años más en lo que respecta a lo social y político... De hecho, en este sentido, encontramos en la mencionada entrevista al autor, algunas palabras suyas que podrían guardar cierta relación con este último planteamiento:
“Creo, sinceramente, que en Cuba ya no hay que hacer ninguna Revolución: lo primero es salvar lo poco que va quedando de la isla, y para eso cada día que pasa va siendo más claro que habrá que esperar a que Fidel (y toda su influencia en las élites del poder actual) muera”.
Pero todo esto es otra historia, un aparte para un trabajo otro, que ahora aquí, por supuesto, no es el caso.
Una de las apoyaturas del recurso de la especulación, o del confidente, es la ironía:
“…un detalle que le mostraba la verdadera estima, el verdadero espacio que él, un simple militar, una simple sombra, ocupaba en el corazón de un hombre tan inmenso (…) Importaba sólo que el Jefe había salvado a Cuba y ahora estaba muerto y más allá de esa puerta que sigue tozudamente cerrada ante sus ojos solamente puede estarse tramando la desgracia. ‘Sólo un cerebro como el suyo puede salvar a este país, Jefe’, le dijo una vez, como quien sabe está diciendo una verdad absoluta” [pág. 93].
Se continúa el estímulo al ego del personaje desde la perspectiva del narrador implícito, Facundo. No puede ser de otra manera para la Sombra, porque a Castro le satisface que constantemente le adulen; y esto sucede en toda la novela porque es la razón de servilismo de Facundo exclusivamente con su Jefe, porque conoce la personalidad narcisista del mandatario y lo complace. Esto se va transformando, por naturaleza propia, en una ironía absoluta que en su significado, en el trasfondo, digamos, da paso a la negatividad y hace que la figura del “Presidente” (nunca fue elegido por voto popular) se despeñe. En otras palabras, Facundo, como sombra que es, a pesar de ser un personaje de carne y hueso, es un ser que no puede pensar por sí mismo; alguien que, “en su obnubilación justifica todo, busca explicaciones donde una mente cuerda no las hallaría, intenta poner un orden justo a lo que por naturaleza ha nacido injusto, irracional” [entrevista citada]. Lo “injusto”, lo “irracional” es lo que se halla detrás de las palabras de adulación de Facundo. Todo su discurrir es como una gran metáfora que induce a lo contrario.
En efecto, el lenguaje discursivo de Facundo conlleva un doble sentido, del cual el propio escolta no se percata debido a que está inmerso en creer en la primera lectura de lo que él dice: su pensamiento a favor de Castro; mientras que para el contexto de realidad cuerda que rodea sus palabras, éstas desprenden el sentido contrario de la negatividad.
El punto de vista del narrador implícito es —como ya dije— el fluir del pensamiento de Facundo, un personaje dentro de la historia de la narración y la Historia misma, que se constituye en la intimidad del Jefe. Facundo así deja escapar su ideología castrista. Pero las perspectivas de su pensamiento chocan constantemente con las coordenadas del pensamiento del mundo real, libre, objetivo, y también ya dentro de Cuba, clandestino y subversivo. Frecuentemente, el escolta está ensalzando la figura del Jefe, por sus acciones, su forma de resolverlo todo, de saber hacerlo todo, etc. Y es cuando sentimos la ironía de lo que es el Jefe mismo y que su visión del mundo no tiene nada que hacer con las coordenadas (y digamos también principios) del mundo objetivo. Entonces, la figura de este “líder” se va haciendo —como es en la realidad real, valga la redundancia— tremendamente adversa, sádica, cruel, y es que el choque entre el espejismo castrista creado en la mente de Facundo y el sistema de factores que conforman un pensamiento humanista legítimo hacen que la imagen del “líder” se desmorone y se convierta en una tortuosidad, una distorsión, un disparate y un absurdo. De modo que pudiéramos decir que los discursos de los dos narradores: el implícito y el explícito, entre líneas, llega un momento en que convergen y se convierten en la paradoja de un efecto bumerán; en algo que regresa con su carga de negatividad contra el mismo personaje de los elogios, y da al traste con cualquier mínimo convencimiento que hubiera podido tenerse de la figura del mandatario. Es como si la vida de los cubanos, además de ser el infierno mismo, fuera una broma de mal gusto, en la que la ironía existencial del pueblo (fiestas, apoyo, marchas, consignas, etc.) no deja de ser siempre una patética danza de zombis aplaudiendo al brujo mayor.
Ya se sabe que Facundo es de manera obsesiva la “sombra”. Lo que no quiere decir que sea un cobarde o un oportunista que se escuda, para sus beneficios, en ser quien ampara al Jefe. Facundo tiene la estupidez de una robótica deshumanización porque se cree su destino: su misión en este mundo es cuidar del Jefe por encima de todo, y no vacila en dar su propia vida por aquel que lo significa todo para él (hay que recordar que a los 14 años empezó a prepararse para servirle). Ciertamente es un problema de luces y de alma. En verdad, Facundo es servil sólo con su Jefe; es un fanático, un apasionado del ser a quien cuida, a tal extremo que la relación cotidiana que mantiene con él es tan abarcadora que supera en mucho la relación que lleva con su esposa Nora, con quien incluso en los momentos íntimos del sexo no deja de hablarle de Castro (En este sentido, la vida de Facundo es morbosa, totalmente desajustada, una existencia extraña que parece encontrar más placer al lado del dictador que al lado de la esposa). No obstante, es un fanatismo cuerdo, consciente, que convence por la sinceridad y al mismo tiempo por la humana ignorancia que posee para sólo ver las cosas a través del prisma del Jefe. De manera que este fanatismo lo lleva a transparentar el pensamiento de Castro, aun sobre los más cercanos colaboradores, y hasta del hermano Raúl, quien sale muy mal parado en esta historia.
Otro de los logros —junto con el personaje de Facundo— es el sentido de persuasión de la novela, que nos convence de la carga deshumanizada del Jefe como un coprotagonista referencial. Lo que no evita que el lector tenga una identificación con el dictador, aunque adversa pero identificación al fin: lector-figura clave (gracias al fluir del pensamiento de Facundo). A pesar de la desfachatez y deformación del poder, se llega a sentir el carácter hipócritamente paternalista en la relación del Jefe hacia Facundo (pero, claro, es el paternalismo de todo autócrata), mientras que viceversa la proyección es apasionada y, de hecho, embelesada. De modo que Facundo es la sombra, y como tal es ficción (intangible), pero también como sombra es realidad concreta, reflejo de un cuerpo viviente.
Facundo “Sombra” agranda al Jefe, lo anima y le da la garantía de que está vivo y que tiene grandeza histórica. La sombra vive por y para el Jefe:
Vuelve a tener ese chispazo en la memoria: alguien que le dice al Jefe, “pareces un diablo Fidel”, y lo hace sonreír tal vez con esa misma sonrisa abierta que ha quedado atrapada en este pedazo de papel fotográfico. Lo conserva con celo. No ha tenido nunca el valor de sacarlo y ponerlo sobre el buró, como algunas de esas otras que tiene delante de los ojos, porque las víboras que siempre abundan en aquel palacio, que reptan, venenosas, por los pasillos, seguro dirían que era un modo muy eficaz de guataquearle al Jefe, como si a él le hiciera falta [pág. 284].
En sentido general, una narración como ésta, por la importancia del tema y por estar bien contada, le deja a uno el sabor de querer seguir leyéndola. Es una manera atractiva de conocer verdades ocultas; o al menos, acercarse un poco más a los entretelones de un entramado histórico, cuya intensidad radica en el ocultamiento sistemático que se ha hecho de cómo verdaderamente ha funcionado ese poder. Por eso me atrevo a suponer que después de esta novela podría surgir otra en la que alguien más continúe esta historia, en su dimensión íntima, psicológica, política. Aunque sé muy bien, por la entrevista citada, que sería muy difícil que el autor volviera a escribir otra novela más del tema. Al preguntarle si su obra pudiera tener una continuación, Amir Valle respondió:
“Puede ser, pero te juro que no me vuelvo a meter en un proyecto tan ambicioso como éste, de modo que esa otra parte se la dejo al que la desee escribir (…). Pero sí, hay mucho material de donde escoger, y no ya sólo en la historia de nuestro “ilustre” dictador. Hay unos cuantos de esos que se aferran al poder que tienen historias como para escribir una saga al estilo de Galdos o de Balzac”.
Las palabras y los muertos fue la rabia inteligente que sacó los demonios de Amir a modo de exorcismo, y que en estos momentos —supongo— le otorgan literariamente una enorme paz consigo mismo. Pero cierto, la saga puede ser interminable, puesto que aún quedan infinidad de cosas por decir. Es la historia de la negatividad y la fascinación del poder en esta figura emblemática del mismo poder, prominente para producir crisis mundiales, hechicero de multitudes, hábil en política internacional, divisor genial para prometer lo que nunca ha cumplido y hacedor del espectáculo, entre tantas y tantas facetas. Y es así que la novelística nos da la posibilidad de adentrarnos en la interioridad de ese poder. Desarrollar el aspecto imaginativo para situar mejor el hecho del atropello realizado diariamente, durante casi cincuenta años con toda impunidad. Quizás pudiera ser Nora quien discurriera la nueva historia, ¿la fiel esposa de Facundo?, porque supuestamente debe haber seguido paso a paso la vida de su marido y la del Jefe y, por tanto, sea ella entonces quien tenga que contar mucho de su drama familiar y social. O desde otro ángulo: ¿la mujer despechada por haber sido preterida?; ¿la mujer fanatizada también con el mandatario?; ¿la mujer en su papel de nueva sirvienta, a quien se le cambió el nombre y se le puso el de “compañera”?; quiero decir, un ángulo con el que podrían descubrirse otras tantas corrupciones y desvaríos del poder.
Por último, pienso que el final es previsible, pero también porque es legítimo; un final en un tiempo indefinido, que se hace largura sensible en la ficción y brevedad en el ámbito objetivo de la circunstancia real, siempre en el mismo espacio cerca del Comandante. Mientras espera… ¿qué espera este hombre?… su turno, digamos; “—No te podías dar el lujo de morir, Jefe —dice, abre la última gaveta y saca la makarov”… Los pasos que vendrán por él; que ya vienen, esos pasos de botas que resuenan acercando el preciso instante de la definición… Ve a Rubén “quedarse parado frente al buró, seguido de los tres soldados, los ojos como de vidrio, tiesos, las manos caídas a lo largo del cuerpo, como un muñecón sin vida, como una estatua”… Durante toda la novela ha venido gravitando in crescendo su decisión, tomando fuerza en los propios recuerdos… “Sólo escucha la luz, el sonido chisporroteante de la luz, un bisbiseo enredado en esas volutas de luminosidad que le anegan el cerebro. También logra escuchar el clic metálico del percutor. Y el disparo” [pág. 298]…
Facundo o se mataba o lo mataban. No podía ser de otra manera. Aun cuando su suicidio es distinto al de los cobardes. Facundo atenta contra sí mismo por convencimiento de que ya no era nadie, y también como una manera de ganarle la partida a los que le van a matar, a los que eran “enemigos” de su Jefe. Si algo hay que decir a favor de él —incluso con cierta admiración— es que con su suicidio le niega la posibilidad a los “traidores” palaciegos de que lo compren o destruyan. Pero también porque, por encima de todo, Facundo es fiel a Fidel Castro, como ya lo ha definido el autor.
El caso es que si se va el cuerpo, la sombra tiene que desaparecer. Ésta es la razón más poderosa para que el final de la novela sea un principio básico que tiene que cumplirse: la sombra nunca —por naturaleza— puede traicionar a su cuerpo.
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