

En alguna parte Roberto González Echevarría ha señalado su predilección por lo que él llama el escritor sistemático. Con este marbete Roberto designa a figuras como Calderón de la Barca o Alejo Carpentier, cuya obra surge de un fondo de ideas u obsesiones que cada nueva creación se dedica a elaborar o profundizar. Estas constantes conformarían entonces una suerte de “sistema,” un conjunto de partes articuladas, que, si bien muestra cierto grado de predictibilidad, no por ello deja de darle cabida a la novedad que de algún modo reconfigura el conjunto.
No cabe duda de que Roberto es él mismo un escritor sistemático. No es raro que un novelista o un dramaturgo tenga “sistema,” pues sus creaciones nacen, aunque nunca sin trabas y desvíos, de querencias y dolencias íntimas, de ese lío de líos que todos llevamos dentro. Pero sí lo es que lo mismo suceda con un estudioso de la literatura, y no porque no trabajemos metódicamente, sino por la secundariedad de nuestra escritura, la cual nos obliga a acudir a la muletilla de palabras ajenas para ventilar ansiedades propias. De aquí la tendencia —consciente o no— a investigar autores que de alguna manera se nos parecen. Si la semejanza es suficientemente grande, la muleta se siente pierna.
Tener sistema es tener obra. El escritor sistemático es aquél cuyas creaciones conforman una unidad superior, una obra. Su opuesto es el escritor de ocasión, pródigo en estímulos y provocaciones pero carente de un haz de temas recurrentes que vertebren su producción. La prolificidad no hace la obra. La brillantez tampoco hace la obra. Y mucho menos la fama. Entre estudiosos de las literaturas hispánicas, ha habido figuras eminentísimas, como el sabelotodo (en el buen sentido) alemán Leo Spitzer, quienes a pesar de haber escrito una multitud de trabajos deslumbrantes, no han dejado obra en el sentido que aquí le doy a la palabra.
Roberto sí. Cualquier lector medianamente atento se percata de que, desde su primer libro —Relecturas— hasta el más reciente —Love and the Law in Cervantes— Roberto vuelve una y otra vez a un manojo de ideas rectrices: el carácter espectacular de la perfomance literaria; la continuidad de la literatura en lengua española a ambos lados del Atlántico; el papel de lo barroco como base de esa continuidad; la proximidad entre la literatura y discursos aledaños como los de la ley y la antropología; y la astucia con que la literatura, a la vez que se nutre de otros discursos, los transgrede y transfigura.
A mi ver, estos motivos —si no de son, de sabio— derivan de eso que Spitzer solía llamar un “étimo espiritual,” o sea, un concepto de base que, a modo de surtidor subterráneo, irriga toda la obra de un escritor. En el caso de Roberto, esa condicionante se podría denominar “promiscuidad.” No uso el término con el significado común, sino en su acepción primitiva: lo promiscuo es lo que propende a la mezcla, a la amalgama, a la cópula con lo heterogéneo. El asunto explícito de los trabajos de Roberto puede ser la relación entre la picaresca y la novela hispanoamericana, las afinidades de Góngora y Lezama, los corredores secretos que van desde Fernando de Rojas hasta Severo Sarduy, o el descaro con que Cervantes engendra a Dulcinea. No obstante, detrás de estos eruditos, elegantes y, con frecuencia, brillantes ensayos, yace una suerte de inquietud, de curiosidad impertinente, un ánimo de traslación que produce una escritura impaciente con lindes y encasillamientos (entre ellos, la separación entre crítica y creación) —una escritura promiscua.
Y no me refiero sólo al hecho de que Roberto, a diferencia de la gran mayoría de sus colegas, maneja con igual soltura las literaturas española e hispanoamericana (para no mencionar la francesa, inglesa o italiana). Más significativo es el ímpetu, al interior de sus textos, de relacionar lo aparentemente irrelacionable, de buscar líneas de continuidad, complicidades o contubernios, entre autores u obras que se nos aparecen como disímiles. De ahí, tal vez, su fascinación por el mundo de La Celestina, donde el deseo circula promiscuamente, sin respetar códigos o consecuencias. También Roberto —Celestino con calva— pertenece a la “prole” de la remendona de virgos, una genealogía que explica de forma magistral en uno de sus libros.
Sospecho que la intranquilidad de Roberto tiene algo que ver con su condición de exiliado. Hay dos reacciones ante el exilio: el sedentarismo y la trashumancia. El exiliado sedentario —me cuento entre ellos— estima que el destierro es ya suficiente ajetreo. Su (irrealizable) ambición es nunca más moverse o mudarse. Si pudiera, se metamorfosearía en el beato sillón de la décima de Jorge Guillén, perfecto en su permanencia.
Quizás más realista, el exiliado móvil decide que, puesto que el exilio lo ha echado a andar, mejor seguir andando. Para Roberto, ese andar ha significado no sólo la costumbre del viaje, sino la vocación de la totalidad, la ambición de recorrer y ocupar el mayor territorio intelectual posible. Igual que Spitzer, otro exiliado móvil, Roberto parece saberlo todo. Y también igual que Spitzer, busca en el estudio de la literatura una estabilidad, una sede, que le ha sido vedada en su vida. No en balde otro de sus libros fundamentales se titula, con frase raptada a Lope de Vega, El peregrino en su patria. Esta patria es la república de las letras, de la cual Roberto es, si no máximo líder, al menos juglar en jefe.
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