

Roberto González Echevarría ha terminado de ganar por puntos. Mientras un ensayista tan notable como Roberto Fernández Retamar fue poco a poco mermando en su prometedora producción ensayística de sesgo literario a partir de 1959 o desviándola hacia preocupaciones culturales subordinadas a una determinada política cultural, su tocayo más joven fue acumulando libro tras libro y, en estos momentos, se revela como el más coherente estudioso de importantes zonas de la literatura cubana dentro de eso que se ha dado en llamar la Academia.
Luego de La poesía contemporánea en Cuba (1927-1953), Idea de la estilística, y sus estudios sobre Nicolás Guillén y José Martí, Fernández Retamar pudo todavía escribir un ensayo tan fecundo como “Antipoesía y poesía conversacional en Hispanoamérica”, pero sus más persistentes preocupaciones se organizaron alrededor del sentido, el lugar y la singularidad cultural de la literatura del llamado Tercer Mundo, a partir de un famoso panfleto, Calibán —tantas veces corregido después— y de su fallida teoría general de la literatura hispanoamericana.
Mientras tanto, González Echevarría fue publicando sus penetrantes y abarcadores estudios: Alejo Carpentier: The Pilgrim at Home, La ruta de Severo Sarduy, así como numerosos ensayos tanto sobre escritores cubanos (José Lezama Lima, Cirilo Villaverde, Miguel Barnet…) como sobre escritores hispanoamericanos (Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, Inca Garcilazo…). Pero acaso su mayor aporte —por abarcador— lo consigue en textos generales sobre la literatura hispanoamericana: Isla a su vuelo fugitiva: Ensayos críticos sobre literatura hispanoamericana, The Voice of the Masters: Writing and Autority in Moderm Latin American Literatura, Myth and Archive: A theory of Latin American Narrative, Celestine s Brood. Continuities of the Baroque in Spanish and Latin American Literatura…
Así, mientras Fernández Retamar ha terminado por distanciarse de la Academia a la que tan brillantemente representó en una época, o subordinó sus preocupaciones literarias a urgencias políticas o a políticas culturales, González Echevarría se ha mantenido fiel a la literatura (que incluye también sus importantes estudios sobre los Siglos de Oro), y hoy día puede desplegar un dinámico y fecundo corpus crítico sobre la narrativa hispanoamericana, difícil de igualar por sus numerosos cultivadores. Y de esta manera, la impronta cognitiva que ha dejado González Echevarría en varias generaciones de estudiosos de la literatura hispanoamericana, no tiene parangón dentro de los estudios literarios hispanoamericanos.
Esa labor ha tenido varios soportes: la continuidad y la perseverancia, entre ellos. El lento pero coherente ensanchamiento cognitivo —a la manera de una espiral— de sus temas fundamentales, que han ido acrecentando sus relaciones y generalizaciones, y han ido, pues, ocupando un espacio cada vez más extenso y de una urdimbre reflexiva más penetrante y abarcadora. Si Fernández Retamar, por ejemplo, estaba llamado, por cultura y por vocación, ha dejar una huella indeleble en el estudio de la poesía hispanoamericana o española, eso mismo sí lo ha logrado González Echevarría con su obra reflexiva sobre la narrativa escrita en la lengua de Cervantes.
Ambos escritores, dotados de una gran cultura y reconocido talento crítico, han desplegado una prosa limpia, funcional, inteligente, en la mejor tradición de un Alfonso Reyes. Pero en los ya dilatados últimos años, Fernández Retamar ha cultivado sólo ocasionalmente la crítica literaria, o la ha convertido en un apéndice de otras preocupaciones ya señaladas, frecuentando entonces un ensayo más libre o propiamente literario, muchas veces cercano a la poesía (para lo cual está indudablemente dotado ya no sólo como crítico, sino también como creador), mientras González Echevarría se ha mantenido fiel a su vocación crítica original.
Siempre he pensado que Fernández Retamar —excelente profesor, por lo demás— privó a sucesivas generaciones de alumnos universitarios de un magisterio que ya se reconocía como brillante en los primeros años de la época de la Revolución. Ese es el camino que ha transitado con indudable acierto y no menor brillantez González Echevarría, lamentablemente no en su patria de nacimiento, por razones obvias, lo que le ha posibilitado no sólo conformar una comunidad de alumnos sino una comunidad de lectores.
A la larga, acaso todo se reduzca a una vocación por el conocimiento, mantenida por González Echevarría, y contaminada por otras apetencias por Fernández Retamar.
Por último, una prueba de la vigencia polémica (pero fecunda) de González Echevarría, ha sido su incursión en el canon cubano e hispanoamericano, que mantiene vivo su pensamiento; incursión, por cierto, para nada subordinada a dudosas filiaciones ideológicas, porque su predominante mirada es la del conocimiento. En cambio, Fernández Retamar, cometió un canon de “izquierda” —Calibán mediante, o en sus ensayos sobre la pretendida creación de una teoría de y para la literatura hispanoamericana, soslayando la imprescindible validez universal de cualquier literatura o teoría literaria—; canon de “izquierda” (como hay otros de “derecha”) que se ha revelado obsoleto para una comprensión verdaderamente compleja y profunda de la literatura hispanoamericana.
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En el pasado los vecinos de un país eran determinados sólo por la geografía. Hoy, experiencias comunes, aspiraciones, valores y la solidaridad determinan quienes son nuestros vecinos, tanto o más que la geografía. Ningún ejemplo de esto puede ser más dramático que Cuba y Polonia.
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...más que emails y confabulación, lo grandioso de la novela de López Nieves –traducida al islandés y próximamente al francés- es menos obvio, y es que la misma se estructura como artefacto literario tomando una forma muy frívola y poco literaria: la del hipertexto.
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León
de la Hoz
Sin la independencia de la boca sobre el cerebro es difícil imaginar que un ser humano pueda articular tanta estupidez, a no ser que sea un extraño caso clínico de los Expedientes X. Sólo cabe preguntarnos si también cuando duerme esa boca no deja de cometer palabras.