

Veo a Roberto González Echevarría bajo la imagen del coleccionista.
Hace unos siete años estaba yo al alcance de un tren, y él me invitó a Yale, a dar una conferencia. Para mi sorpresa, me esperaba en la estación. Quiso que conociera su despacho y, luego de anunciada la hora de mi charla, pidió que me mostraran los fondos de la biblioteca universitaria. Entonces me condujeron hasta un anaquel que albergaba dos libritos míos, me pusieron delante los más valiosos manuscritos. Unas páginas de Cocteau, si no lo he soñado mal después. Pentagramas garabateados por Verdi y por Satie.
Hasta en sus más ínfimas divagaciones, hasta en sus esbozos y sus obras dudosas, la memoria del mundo parecía guardarse allí.
Hablamos durante el almuerzo de Sarduy y de Carpentier. Con el tiempo justo para volver al campus, Roberto se brindó a enseñarme los cuadros de Sarduy que tenía en su casa. Allá fuimos, por unas carreteras campestres en el comienzo de la primavera. Y, ya en la casa, fue otra la colección que despertó sus comentarios más encendidos. No los cuadros por los que habíamos ido, no la biblioteca que no alcancé a fisgonear, sino unas perchas vestidas de jugadores de pelota.
Lamenté entonces mi poca preparación para escuchar los comentarios suyos, lamenté mi incapacidad para distinguir entre un color y otro (eran ésos los colores por los que habíamos venido, y no los del Severo Sarduy pintor) en aquellos viejos uniformes. De igual modo, lamentaría más tarde haber leído La gloria de Cuba como si se tratara de una epopeya en donde combatían unos ejércitos bastante indistinguibles para mí. (Leí, pues, la ferocidad con que batallaban. Leí una pasión.)
Meses antes, en una visita guiada por el estómago del más importante teatro habanero, yo me había asomado al guardarropa de la compañía nacional de ballet clásico. Las telas hechas para sílfides y otros espíritus cobraban polvo allí y, dada su decadencia, parecía improbable que flotaran en alguna función venidera. Sin embargo, me equivocaba: persistirían aún sobre el escenario. Así mismo, los trajes beisboleros coleccionados por Roberto González Echevarría podían echar a correr en cualquier momento, servir para un partido en el jardín visto a través de las ventanas.
Eran aquellas las gorras y chaquetas que su propietario se ponía y quitaba mientras dictaba, en New York, una conferencia sobre la pelota. Cuando podía pensarse que la fama mayor de Roberto González Echevarría iba a centrarse en los volúmenes dedicados por él a Carpentier o al Siglo de Oro, su estudio sobre el béisbol venía a cobrarse ese derecho. Y, apenas reconocida tal primacía, pareciera ser otro el mayor de sus roles: el del coleccionista que ha emprendido una lista del canon literario cubano. Es como si los uniformes colgados en perchas de anticuario fuesen a ser vestidos, de un momento a otro, por los más probados nombres de la literatura. Como si Gloria de Cuba constituyera el nombre de ese equipo de jugadores estrellas.
Una colección de esa clase queda expuesta, claro está, a las más variadas opiniones. Por aquí y por allá, diversas esquinas calientes se han dedicado a sopesarla. (Si al canon que Cintio Vitier adelantó en las conferencias de Lo cubano en la poesía se le objeta principalmente la exclusión de Virgilio Piñera, al de Roberto González Echevarría se le objeta la inclusión de Miguel Barnet.) Pero tendemos a ver en el coleccionismo la suma, un total hecho de tejemanejes y oportunidades y tiempo. Y suele contarse menos con el prurito del coleccionista, sus insomnios, todo lo palpitante que lo aleja del museo.
Cuando veo a Roberto González Echevarría bajo la imagen del coleccionista, atiendo a su disponibilidad para volver sobre antiguas decisiones, me atengo a su potencia de reordenamiento. A nuestro encuentro en Yale le han sucedido recientemente un par de tardes compartidas en Madrid. Hemos hablado en ellas de una aseveración que él dejara caer en un ensayo: su actual sospecha de que la obra de José Lezama Lima resulta de mayor relieve que la de Alejo Carpentier.
No hay más que saber lo que este último ha significado en la obra crítica de Roberto González Echevarría para conjeturar cuán expuesta a cambios está lo que podría tomarse por una lista cerrada, una férrea alineación beisbolera.
Por
Uriel
Quesada
El gobierno no pudo preveer el impacto social y político que CAFTA causaria entre los costarricenses [...] Y si bien los grupos que apoyan el tratado son económicamente muy fuertes y tienen amplio acceso a los medios de comunicación, quienes se oponen han encontrado su nicho principalmente en Internet.
Por
Amir
Valle
Fui testigo directo, entonces, de la primera metamorfosis que sucedía ante mis ojos: vi a unas cuantas (y muy feas) orugas convertirse en mariposas, lo cual sucedía siguiendo el ciclo natural, quizás con las únicas diferencias de que no se les llamaba “orugas” (se les decía “gusanos"...
Por
Alejandra
Costamagna
Millán supo que tenía cáncer al pulmón y se largó a escribir. “Ahora me preocupo sólo de mí, me olvido de los otros. Me interno en el ensimismamiento porque veo con alarma que el barquero aborda su nave”...
Por
Armando
de Armas
En el pasado los vecinos de un país eran determinados sólo por la geografía. Hoy, experiencias comunes, aspiraciones, valores y la solidaridad determinan quienes son nuestros vecinos, tanto o más que la geografía. Ningún ejemplo de esto puede ser más dramático que Cuba y Polonia.
Por
Edmundo
Paz Soldán
Hay nombres que no sorprenden a nadie (Neruda), autores sorpresivos (Tim Burton), y autores sobre cuyos méritos literarios los críticos todavía no se ponen de acuerdo (Isabel Allende, Hernán Rivera Letelier)
Por
Ladislao
Aguado
En una época donde la imagen del hombre sustituye al hombre mismo y donde los shows mediáticos elevaban a la categoría de notorios a cientos de imbéciles, la porfía de McCarthy por disolverse tras sus libros parece incomprensible.
Por
Elidio la torre
lagares
...más que emails y confabulación, lo grandioso de la novela de López Nieves –traducida al islandés y próximamente al francés- es menos obvio, y es que la misma se estructura como artefacto literario tomando una forma muy frívola y poco literaria: la del hipertexto.
Por
León
de la Hoz
Sin la independencia de la boca sobre el cerebro es difícil imaginar que un ser humano pueda articular tanta estupidez, a no ser que sea un extraño caso clínico de los Expedientes X. Sólo cabe preguntarnos si también cuando duerme esa boca no deja de cometer palabras.