

Para quienes venimos del trópico, el invierno del norte tiene poco romanticismo. Para quienes padecemos de depresión, la cosa es aún peor, pues a la inestabilidad emocional y física de la enfermedad hay que agregar el efecto del clima, algo en lo que yo personalmente nunca pensé antes de llegar a Maryland. Con los años, mi depresión se ha vuelto sobre todo una cadena de reacciones del cuerpo, como que se rebelara, se disgustara y me enviara mensajes a los que no puedo responder. Entonces aparecen los síntomas: la ansiedad por comer carbohidratos o chocolate, los problemas de memoria y concentración; me enojo fácilmente o me siento aturdido. Paso días sin comida en la casa y puedo dormir mucho o a deshoras. El invierno pasado, en lo más crítico, pasé una temporada de insomnio que se me hizo eterna. Sucede que el Winter Blues—el bajonazo de energía y esperanzas que acarrean consigo el frío, los días cortos y la luz grisácea—me golpea sin miramientos, se me va metiendo poco a poco en el cuerpo y de repente se manifiesta. De ahí en adelante vivo entre malestares y periodos de gracia hasta que vuelve la primavera.
Este año mi Winter Blues empezó un poco adelantado, y ya para el día de las elecciones en los Estados Unidos me encontraba un poco enfermo. Aunque quería mirar los resultados hasta que se declarara un ganador, me fui a la cama cuando a Barack Obama aún le faltaban unos setenta votos electorales para lograr el número mágico de doscientos setenta. Antes de apagar el televisor hice, sin embargo, un cálculo rápido: “Con los cincuenta y cinco votos de California, más los ocho de Washington, la presidencia está segura”. Y como todos lo sabemos ahora, así fue. Esa noche dormí un rato y luego me desperté desorientado. Puse el televisor, oí a John McCain aceptar la derrota y a Obama pronunciar su discurso en Grant Park. Me sentí contento, pero la alegría no me duró mucho: la enmienda para prohibir el matrimonio homosexual había ganado en California. Consultas similares también triunfaron en sitios más conservadores como Florida y Arkansas, pero apenas podía entender lo que había ocurrido en un estado que sólo cinco meses antes había mostrado su cara más progresista, simbolizada en Phyllis Lyon y Del Martin, quienes habían vivido juntas por más de cincuenta años y pudieron casarse, al fin, cuando ya eran octogenarias. Lo más paradójico es que en el referéndum de California fue aprobada otra moción, esta vez para garantizarle a los animales de granja mejores condiciones en sus encierros. Es decir: se defendieron los derechos de los animales al mismo tiempo que se tiraron abajo los de los seres humanos. Para convencer a los votantes hubo una gran campaña publicitaria basada en el miedo, financiada principalmente por iglesias, entre ellas, la poderosa iglesia mormona.
Las organizaciones LGBT tal vez no vieron a tiempo la aberración misma de la consulta: Se sometía a referéndum un derecho civil de una minoría. No se dieron cuenta, por ejemplo, de la disparidad en el acceso de recursos entre las organizaciones y los posibles opositores. Luego no pudieron detener la campaña que iba transformando el asunto de derechos en uno de valores religiosos y, luego, en amenaza social.
Y así empezó mi otro Winter Blues, el de la derrota que se mezcla con la victoria y te hace sentir confuso, el de la fe debilitada a pesar del triunfo de la promesa. Y se ha extendido porque más o menos en esos días se publicó en Costa Rica que el Tribunal Supremo de Elecciones autorizó la recolección de firmas para convocar un referéndum sobre tema similar: la ley uniones civiles. Y me pongo a pensar en lo que puede ocurrir en un país donde la disparidad de fuerzas es mayor, donde el movimiento LGBT no tiene el mismo nivel de organización, ni los recursos, ni el espacio político del movimiento norteamericano.
No creo en milagros, pero sí en la fortaleza del espíritu humano, en su capacidad de seguir adelante, de volver a sus luchas a pesar de los golpes. En ese sentido, regresa la gente a las calles en California. En ese mismo sentido, los pasos hasta ahora dados en Costa Rica son fundamentales, y lo que traiga el posible referéndum tendrá un impacto positivo aunque sea en el largo plazo.
Cuando el Winter Blues cede un poco, me prometo a mí mismo no dejarme vencer, sacar adelante los proyectos, querer a los míos y cuidarlos lo mejor posible, seguir trabajando por un presente mejor, más justo y equitativo para todos. Entonces, como en este momento, me siento ante la computadora y escribo y lucho, y me acuerdo de la frase de Albert Camus que leí en un laberinto en Nueva Orleáns: “En las profundidades del invierno finalmente comprendí que yacía en mí un invencible verano”.
Por
Uriel
Quesada
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Por
Amir
Valle
Recuerdo que mi esposa Berta lloraba. A los cuarenta años de edad sabía, al fin, qué cosa es eso que el resto del mundo, menos los cubanos de la isla, llaman Navidad.
Recuerdo que mi hijo de cinco años quiso saber por qué todos los árboles estaban llenos de cocuyos. “Son estrellas y luces de Navidad” [...]
Por
Alejandra
Costamagna
“Quisiera ser como aquel que otro ha sido una vez”, decía Peter Handke que decía Kaspar Hauser en sus primeros balbuceos, aún incivilizado. Yo leí esas primeras palabras del niño salvaje en 1993. Tenía entonces 23 años, un título de periodista, algunas incipientes e irregulares páginas escritas de lo que más tarde serían bocetos de cuentos o comienzos de novelas, y una curiosidad total.
Por
Elidio la torre
lagares
Todo comenzó con aquello de una nueva visión indecible
Eran los ‘80. La década de los Reaganomics. El curso de los eventos a mi alrededor me era menos comprensible cada vez. La invasión de Israel en el Líbano, la guerra entre Irán e Iraq, el movimiento Solidaridad en Polonia, la invasión de los Estados Unidos a Granada, el recién descubierto virus del SIDA.
Por
Edmundo
Paz Soldán
Cuando se cuenta cómo, durante la segunda mitad del siglo XX, la literatura latinoamericana exploró el paisaje urbano y el impacto de los medios visuales --el cine, la televisión-- en la cultura popular, se tiende a hablar de Cabrera Infante, de Puig, un poco de la Onda --Agustín, Sainz--, para terminar con Alberto Fuguet y la antología McOndo.
Por
Armando
de Armas
Lo vienen anunciando desde hace por lo menos veinte años. Lo anuncian todos, o casi todos. Desde el diario La Nación de Buenos Aires a El País de Madrid. Desde el periódico El Nuevo Herald y The Miami Herald en Miami al New York Times en Nueva York. Desde agentes de influencia del espionaje cubano a analistas políticos.
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SANTIAGO
GAMBOA
La historia que me dispongo a contar es algo triste y, la verdad, no sé por qué voy a contarla ahora y no, por decir algo, dentro de un mes o dentro de un año, o nunca.
Supongo que lo hago por nostalgia de mi amigo el poeta portugués Ivo Machado, que es uno de los dos protagonistas, o tal vez porque acabo de comprar una pequeña avioneta de metal que ahora tengo en mi escritorio.
Por
León
de la Hoz
La Revolución cubana cumple este año que empieza cincuenta años y da pena verla. Ha envejecido con sus líderes y aún más. Se la ve desaliñada, mal cuidada, incluso los afeites no bastan para ocultar las profundas ojeras del insomnio que le producen el desvelo o las pesadillas del día y del futuro. Los viejos duermen mal, es cierto.