

"Quisiera ser como aquel que otro ha sido una vez”, decía Peter Handke que decía Kaspar Hauser en sus primeros balbuceos, aún incivilizado. Yo leí esas primeras palabras del niño salvaje en 1993. Tenía entonces 23 años, un título de periodista, algunas incipientes e irregulares páginas escritas de lo que más tarde serían bocetos de cuentos o comienzos de novelas, y una curiosidad total. Quería, secretamente, ser como aquel que ha sido otro una vez. Quería verlo todo, viajar, buscar rastros aquí y allá. Conocer los principios del orden y del desorden en las distintas orillas del mundo. Tenía también una gran amiga, Paula, lista para emplumar conmigo; algunos contactos por aquí y por allá; y lo más importante: un billete de la línea aérea Aeroflot con destino a Luxemburgo. De manera que armamos las mochilas y atravesamos el Atlántico.
Más de veinte horas de viaje, escala en Dublín, guitarreos de pasajeros alentados con vodka, tormenta en el aire y un idioma que nos era completamente ajeno. Podía ser ruso, flamenco o rumano. Para nuestros oídos peregrinos daba más o menos lo mismo. Nuestro primer aterrizaje en el primer mundo. O en lo que creíamos todos, y acaso seguimos creyendo, que podía ser el primer mundo. Destino número uno: Berlín. Ni Paula ni yo hablábamos alemán y apenas chapuceábamos el inglés, pero moríamos por ir a Berlín. Queríamos ver los restos del muro que llevaba menos de cuatro años derribado, prácticamente la misma vida de nuestra recuperada y fragilísima democracia chilena. Queríamos sacarnos fotos junto a las estatuas de Marx y Engels en la explanada. Queríamos, en realidad, aterrizar esas visiones tan hipotéticas que nos llegaban de las películas de Fassbinder y de Herzog, de las obras de Bertolt Brecht y Heiner Müller. De los relatos de nuestros amigos retornados del exilio, que habían pasado su infancia en Berlín y ahora no eran exactamente chilenos, pero tampoco alemanes. Queríamos, quería yo al menos, mirar de cerca ese territorio que había soportado los rigores de la guerra y había transitado del nazismo al comunismo y del comunismo a esto otro, a este nuevo momento que nadie sabía exactamente cómo denominar todavía. Berlín aparecía como el eco de esa frase que tanto había retumbado durante los últimos cuatro años: “¡Qué locura!”.
Por esos días, entre frontera y frontera, leí la novela Confesiones de un payaso, de Heinrich Böll. “Soy un payaso y colecciono momentos”, dice hacia el final el protagonista del libro. Entonces lo veía exactamente así: éramos un par de exploradoras, Paula y yo, que nos desplazábamos con poco más de tres centavos, a pan y queso, en trenes de última clase; que dormíamos en hostales de mala muerte o en casas de amigos de amigos; que acumulábamos kilómetros de momentos. Payasas a nuestra manera. Todavía estaba muy lejos la era del Internet 2.0, el Facebook e incluso el e-mail. Entonces viajar era coleccionar momentos reales, precisos y, por lo mismo, irreproducibles.
Berlín, septiembre de 1993, fue uno de esos momentos. La compañía Gran Circo Teatro, dirigida por el chileno Andrés Pérez, discípulo de Arianne Mnouchkine, presentaba su obra Popol Vuh a tablero vuelto en el mítico Tácheles. Ahí, en Oranienburger Strasse 54-56, en ese espacio anclado en las ruinas de un antiguo centro comercial bombardeado, los actores, los técnicos y los músicos de la compañía chilena dormían, vivían y actuaban. Ahí llegamos, precisamente, con mi amiga Paula. Dormimos en carpas, luego nos trasladamos a una casa okupa, vivimos algunas semanas de itinerancia y asistimos a todas las carnavalescas funciones del Gran Circo Teatro de Chile en Berlín. Ésa fue, recuerdo hoy, la imagen clave: Tácheles, siete de la tarde, edificios en ruinas, teatro repleto: los principios del orden y del desorden revueltos y perfectamente cruzados. Una visión tan asombrosa como escalofriante.
Y ahí quedó Berlín 1993, almacenado por años. Las fotos en que aparecíamos tan diminutas, trepadas las dos chilenas sobre las monumentales estatuas de Marx y Engels, dándoles la mano a los gigantes del socialismo, fueron las únicas evidencias de un acercamiento tangible a los pilares del siglo XX. El viaje continuó entre París, Madrid, Roma, Atenas y los rumbos improvisados. Con el tiempo llegaron otras rutas; visiones a veces contrapuestas que ampliaban, cuestionaban o complementaban los mapas originales del mundo. Lo que había sido ya no era. Giraron los atlas, la geografía y las corrientes del pensamiento. Dejamos de vernos, incluso, con mi amiga Paula. Pero Berlín quedó ahí, como el capítulo principal de una historia de la Historia de Occidente, en la colección privada de momentos.
Hasta que supe lo del premio Anna Seghers. El incalculable honor de recibir este reconocimiento. Santiago de Chile, septiembre de 2008. Y en un parpadeo volví a asomarme a Berlín, Oranienburger Strasse 54-56, y las Opiniones de un payaso, y el tránsito a unas nuevas formas de la ficción, de la política y del arte; y las idas y las vueltas de unas sociedades que fueron cambiando sus máscaras y todos los muros que se derribaron con el tiempo, en Oriente y Occidente, y los que se construyeron más tarde desde aquellas ruinas, escombros de la desgracia humana, acariciados por el mismo polvo.
Tengo 38 años, seis libros publicados y la misma, exactamente la misma curiosidad que tuve a los 15, a los 20 y a los 35 años. El mismísimo soplo de septiembre de 1993. Y estoy otra vez en Berlín. Y agradezco a la Fundación Anna Seghers, a la autora en su memoria y a todos ustedes por seguir abriendo este camino y por permitir el cruce de los de allá con los de acá. Por acercar las orillas a partir de las letras. La literatura como una cartografía y una clavija de la memoria. Lo pregonaba también el payaso de Heinrich Böll. “Un artista no puede más que hacer lo que hace”, decía el personaje de la novela. Y aclaraba: “pintar cuadros, ir de ciudad en ciudad como payaso, cantar o esculpir en mármol o granito lo imperecedero”.
Archivar lo imperecedero, pienso ahora. Ser como aquellos que otros han sido una vez, diría Kaspar, libres de toda domesticación. De eso se trata, en parte, este largo camino.
Notas del editor:
Estas palabras fueron el agradecimiento de la escritora en el momento en que recibió, en Berlín, el prestigioso Premio Anna Seghers. Cuando lo tuvimos en nuestras manos, dijimos: “¿por qué no puede ser esta su columna?”
Por
Uriel
Quesada
Para quienes venimos del trópico, el invierno del norte tiene poco romanticismo. Para quienes padecemos de depresión, la cosa es aún peor, pues a la inestabilidad emocional y física de la enfermedad hay que agregar el efecto del clima, algo en lo que yo personalmente nunca pensé antes de llegar a Maryland.
Por
Amir
Valle
Recuerdo que mi esposa Berta lloraba. A los cuarenta años de edad sabía, al fin, qué cosa es eso que el resto del mundo, menos los cubanos de la isla, llaman Navidad.
Recuerdo que mi hijo de cinco años quiso saber por qué todos los árboles estaban llenos de cocuyos. “Son estrellas y luces de Navidad” [...]
Por
Alejandra
Costamagna
“Quisiera ser como aquel que otro ha sido una vez”, decía Peter Handke que decía Kaspar Hauser en sus primeros balbuceos, aún incivilizado. Yo leí esas primeras palabras del niño salvaje en 1993. Tenía entonces 23 años, un título de periodista, algunas incipientes e irregulares páginas escritas de lo que más tarde serían bocetos de cuentos o comienzos de novelas, y una curiosidad total.
Por
Elidio la torre
lagares
Todo comenzó con aquello de una nueva visión indecible
Eran los ‘80. La década de los Reaganomics. El curso de los eventos a mi alrededor me era menos comprensible cada vez. La invasión de Israel en el Líbano, la guerra entre Irán e Iraq, el movimiento Solidaridad en Polonia, la invasión de los Estados Unidos a Granada, el recién descubierto virus del SIDA.
Por
Edmundo
Paz Soldán
Cuando se cuenta cómo, durante la segunda mitad del siglo XX, la literatura latinoamericana exploró el paisaje urbano y el impacto de los medios visuales --el cine, la televisión-- en la cultura popular, se tiende a hablar de Cabrera Infante, de Puig, un poco de la Onda --Agustín, Sainz--, para terminar con Alberto Fuguet y la antología McOndo.
Por
Armando
de Armas
Lo vienen anunciando desde hace por lo menos veinte años. Lo anuncian todos, o casi todos. Desde el diario La Nación de Buenos Aires a El País de Madrid. Desde el periódico El Nuevo Herald y The Miami Herald en Miami al New York Times en Nueva York. Desde agentes de influencia del espionaje cubano a analistas políticos.
Por
SANTIAGO
GAMBOA
La historia que me dispongo a contar es algo triste y, la verdad, no sé por qué voy a contarla ahora y no, por decir algo, dentro de un mes o dentro de un año, o nunca.
Supongo que lo hago por nostalgia de mi amigo el poeta portugués Ivo Machado, que es uno de los dos protagonistas, o tal vez porque acabo de comprar una pequeña avioneta de metal que ahora tengo en mi escritorio.
Por
León
de la Hoz
La Revolución cubana cumple este año que empieza cincuenta años y da pena verla. Ha envejecido con sus líderes y aún más. Se la ve desaliñada, mal cuidada, incluso los afeites no bastan para ocultar las profundas ojeras del insomnio que le producen el desvelo o las pesadillas del día y del futuro. Los viejos duermen mal, es cierto.