

Lo vienen anunciando desde hace por lo menos veinte años. Lo anuncian todos, o casi todos.Desde el diario La Nación de Buenos Aires a El País de Madrid. Desde el periódico El Nuevo Herald y The Miami Herald en Miami al New York Times en Nueva York. Desde agentes de influencia del espionaje cubano a analistas políticos. De sacerdotes de la santería a sacerdotes católicos. De intelectuales y académicos a mercaderes de la industria procastrista de las agencias de viajes y envíos a la isla, esos que lucran con el dolor y el desespero de un pueblo. De escritores del vanity press a escritores consagrados. Lo dicen las encuestas y lo ratifican los enjundiosos estudios de importantes universidades sostenidas por el contribuyente estadounidense. Lo propagan las cancillerías europeas y lo repiten, como siempre, las latinoamericanas: ¡El exilio cubano de Miami ha cambiado o estaría a punto de cambiar!
Lo cierto es que todos parecen confundir sus deseos de una realidad determinada con la realidad misma, esa empecinada contrarrevolucionaria. Y es que lo importante acá no es el cambio, si no la naturaleza de ese cambio. No veremos a nadie apostando un céntimo por el cambio de la comunidad musulmana en Milano o por el de la comunidad mexica en Madrid, o mejor, en Los Ángeles, California. Es que se sobreentiende que esas comunidades cambien, que toda comunidad, que todo en este mundo cambie, que esa sea la naturaleza de las comunidades y las cosas.
Luego, lo que se espera de la comunidad cubana en Miami es que cambie políticamente, pero, ¿se espera, por ejemplo, que esa comunidad cambie hacia una mayor dedicación y esfuerzo y eficacia en su lucha por desmontar al régimen comunista que oprime la isla por medio siglo? Nada de eso: se espera que cambie en el sentido de la aquiescencia con ese régimen, que apoye el levantamiento del embargo y las pocas sanciones que le impiden a la dictadura ir a sus aires y regrese vacuna y vacunada a la isla a llevar dólares que siempre terminan aceitando la maquinaria represiva, que cambie en el sentido de hacer su vida en el sur floridano sin ocuparse de que sus hermanos noventa millas al sur son encarcelados por el sólo hecho de expresar ideas diferentes al gobierno, de que en el Gulag castrista se pudre desde hace años un médico negro nombrado Oscar Elías Biscet, o un escritor nombrado Normando Hernández, junto a otros, según cálculos conservadores y casi siempre interesados, cerca de 300 presos políticos.
¿Se imaginan ustedes a toda esa gente ilustre, o de lustre, deseando, pidiendo a la comunidad judía internacional que cambie, que sea menos antinazi? ¿Conocen ustedes a entidades o individuos que sean o se declaren moderadamente antinazis?
Y es que el comunismo por oscuras razones, a diferencia del nazismo, conserva aún una dosis de credibilidad y legitimidad en un rescoldo del inconsciente de alguna, demasiada gente quizá. Vaya que las víctimas del comunismo, encima de ser víctimas, han de andarse con mucho cuidado a la hora de expresar su condición de víctimas, no sea que se les acuse de descorteses, extremistas y retardatarias, y nunca faltará a mano una costosa parafernalia propagandística deseando, induciendo un cambio en la lucha y hasta en el tono de la queja de dichas víctimas.
Esa hipnopedia para el cambio, como en la novela Un mundo feliz de Aldous Huxley, tropieza siempre con el valladar del voto de los exiliados cubanos a la hora de las elecciones. Una y otra vez, como en el cuento de nunca acabar, los cubanos de Miami y otras partes en Estados Unidos apuestan por elegir como sus representantes a personas comprometidas con el tema de las libertades en Cuba, una y otra vez los agoreros del cambio vuelven con lo suyo. El problema acá es que tampoco hay consecuencias. Me explico. Sale un analista, cubanólogo u otra especie, y declara orondo y engolado a los medios del mundo: El exilio cubano, sobre todos los jóvenes y recién arribados a estas costas, darán muestras de un dramático cambio en las próximas elecciones. Pero pasan las elecciones y el exilio cubano no da muestras de ningún cambio, mucho menos dramático, y nadie rechifla al profeta, ni parece recordar su fracaso, y los medios continúan citándolo, entrevistándolo como una gran autoridad en la materia. Mismo profeta que hace dos años había dicho que Raúl Castro, relegado Fidel a la condición de medio vivo o medio muerto, era un pragmático reformador, un piadoso hombre de familia que, si no un demócrata, que tampoco hay que exagerar, sí seguro conduciría la isla a una jauja a mitad de camino entre el experimento chino y el vietnamita.
El esfuerzo por inducir al cambio pudo apreciarse quizá como nunca antes durante las recién concluidas elecciones estadounidenses. Puesto que Barack Hussein Obama era el candidato del cambio, luego de ocho años de administración republicana y una crisis financiera que ni pintada, bueno, pues ahora sí el exilio estaría a punto de caramelo, quiero decir, a punto de cambio, y ocurre entonces que se manifiesta lo que he dado en llamar la paradoja electoral del exilio cubano. Paradoja porque, habiendo Obama ganado el estado de Florida, eso no podía suceder, como efectivamente no sucedió, sin que un buen número de isleños diesen su voto al afrodescendiente. Pero hete aquí que los lugartenientes demócratas de la campaña floridana de Obama, Anette Taddeo, Joe García y Raúl Martínez, con agendas encaminadas a aliviar el embargo y levantar sanciones a la dictadura, fueron ominosamente derrotados en su empeño por destronar de la Cámara de Representantes a los republicanos Iliana Ros-Lehtinen, Mario Díaz-Balart y Lincoln Díaz-Balart.
Y es que estos tres congresistas cubanoamericanos, junto a los ahora senadores Mel Martínez, republicano de Orlando, y Bob Menéndez, demócrata de Nueva Jersey, y el congresista Albio Sires, también demócrata de Nueva Jersey, son los responsables directos de que Estados Unidos, no importa qué partido esté en el poder, no haya pactado ya una relación de conveniencia con la dictadura cubana. Esos hombres, y esa mujer, son los exponentes del mandato del pueblo cubano libre expresado con el voto. En ellos se da además otra paradoja, la de que, contrariamente a lo dicho por Castro y sus muchachos de la izquierda, los exiliados cubanos no serían unos servidores de los intereses del gobierno estadounidense, sino exactamente al revés, el gobierno estadounidense sería un servidor de los intereses de los exiliados cubanos en tanto ciudadanos de la Unión Americana, expresión, en definitiva, de la paradoja mayor de la democracia: los gobiernos se deben a sus gobernados y no a la inversa.
La tesis de que los cubanoamericanos más jóvenes y los recién llegados de la isla habrían transmutado el espectro político del exilio porque no estarían interesados en los problemas de la isla ha fallado. La verdad es que quizá sí se esté dando ahora mismo un cambio, pero un cambio insospechado para los sostenedores de la tesis. Esos jóvenes, interesados o no en la isla, estarían cambiando, filosófica e ideológicamente hablando, hacia posiciones más sólidas de lo que se entiende como la derecha. Los verdaderos conservadores y libertarios serían los hijos de los exiliados históricos, no los exiliados históricos demasiado permeados como estarían de las ideas revolucionarias y socialdemócratas prevalecientes durante la República anterior a Fidel Castro (por ello quizá es que éste pudo confundir a la mayoría de la sociedad isleña y hacerse con el poder e implantar el comunismo), y aún los cubanos llegados en las últimas oleadas, que tras curarse el sarampión marxista, comprar la primera casa, poner el primer negocio, traer a la familia que quedó atrás, o fundar una nueva (tiempo que probablemente se correspondería con el tiempo en que se harían ciudadanos), comenzarían entonces a votar por los candidatos que prometan meter menos las manos en sus bolsillos, subir sus impuestos, y cuyo discurso se aleje lo más posible, entre más mejor, de aquel otro discurso que, en nombre de un supuesto bien común, les machacaban sin piedad por los altavoces a todas las horas del día y de la noche de sus vidas en la isla de los infiernos.
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Cuando se cuenta cómo, durante la segunda mitad del siglo XX, la literatura latinoamericana exploró el paisaje urbano y el impacto de los medios visuales --el cine, la televisión-- en la cultura popular, se tiende a hablar de Cabrera Infante, de Puig, un poco de la Onda --Agustín, Sainz--, para terminar con Alberto Fuguet y la antología McOndo.
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La Revolución cubana cumple este año que empieza cincuenta años y da pena verla. Ha envejecido con sus líderes y aún más. Se la ve desaliñada, mal cuidada, incluso los afeites no bastan para ocultar las profundas ojeras del insomnio que le producen el desvelo o las pesadillas del día y del futuro. Los viejos duermen mal, es cierto.