

Recuerdo que mi esposa Berta lloraba. A los cuarenta años de edad sabía, al fin, qué cosa es eso que el resto del mundo, menos los cubanos de la isla, llaman Navidad.
Recuerdo que mi hijo de cinco años quiso saber por qué todos los árboles estaban llenos de cocuyos. “Son estrellas y luces de Navidad”, le dije, y vi cómo sus ojos se iluminaban de ilusión cuando lo subí a mis hombros y dejé que tocara, entre las hojas, una de aquellas diminutas lucecillas, casi punticos de luz en la noche berlinesa.
Un día de noviembre, acompañados de todos los padres de los compañeritos de aula de mi hijo, con linternas de papel coloreado, construidas por nuestros niños para ese día, le dimos la vuelta al barrio cantando una hermosa canción donde se pedía que la luz de aquella linterna nos alegrara la vida.
A inicios de diciembre, ya bajo el invierno crudo de Berlín, en una de las tantas plazas de la ciudad nos tomamos un delicioso “Glühwein”, ese vino caliente (casi ardiente) acompañado de un tradicional "Bretzel" (los cubanos le diríamos salchicha), absolutamente todo lo necesario para disfrutar un paseo de Navidad.
Un viernes de diciembre, junto a nuestros hijos, visitamos los Weihnachtsmarkt donde se venden los típicos “Stollen” o bollos de Navidad, las tradicionales galletas de canela y jengibre (“Pfefferkuchen”), las pirámides y ángeles de Navidad, los muñecos incensarios, nacimientos fabricados con diferentes materiales, coronas de adviento, galletas tradicionales, hombrecillos de madera con pipas para incienso, cascanueces, y regalos para todos los gustos, todos tan hermosos.
Y otro sábado mi hijo quiso disfrutar de los prestidigitadores, los músicos y los comediantes en otra de aquellas plazas, y luego nos quedamos escuchando a los coros de las escuelas, niños cantores de villancicos y canciones típicas, para al final sentarnos en una acera, como cientos y cientos de asistentes, a oír a un bardo contar viejas leyendas y cuentos tradicionales, cargados de esperanza, de amor, y de confianza en el ser humano.
A finales de noviembre había llevado a mi hijo a echar al correo una hermosa postal, fabricada con recortes de papel de colores y estrellas y árboles y personitas, también de papel, donde le pedía a Santa Claus que se acordara de que él había sido un buen estudiante, que se había portado bien y que creía merecer un regalo de Navidad.
-- ¿Cuándo hay que escribirle la carta a los Reyes Magos? – quiso saber, y le dije que no se apurara.
Hermoso todo, ¿verdad?
Yo conocí esas cosas. Mi esposa las conoció a sus cuarenta años, mi hijo mayor a los 18, mi hijo menor a los 5. Y ya sabemos que lo sucedido a mi esposa puede ser una historia repetida en cientos de miles de cubanos. Y, aún más triste, que millones de cubanos no conocen ni el más mínimo atisbo de paz y esperanza que se respira en esos días.
Pero yo recuerdo que era una fiesta innombrable la Navidad de mis años de niño. Innombrables porque eran maravillosas… y ocultas. Pero están ahí, en mi memoria, llenas de ilusión. Aunque mi abuela Caridad cerrara las puertas para que nadie viera que en nuestra familia celebrábamos ceremonias prohibidas. Y aunque, sin apenas tener conciencia de la palabra “mentira”, preferí mentir y no hablar ni con mis amiguitos de aquellas fiestas, de aquellas comidas familiares, de aquellos hermosísimos regalos que conseguía para todos los miembros de la familia mi abuelo Ceferino. Sé hoy que entonces mentí (o callé, no sé qué es más preciso) pues no quería estar como los demás, mis amigos y sus padres, tan tristes y aburridos en esa fecha, esperando sólo el primero de enero, el nuevo año, para celebrar la única fecha que se nos permitía celebrar: el triunfo de la Revolución Cubana, que había ocurrido un primero de enero años atrás, en 1959, cuando ni siquiera mis padres se conocían.
Viajando por el mundo conocí otras navidades. Y supe que era peligrosísimo, sí. Porque en la Navidad la gente sueña, y el socialismo que nos implantaron Fidel Castro y los suyos hablaba de un solo sueño: el de un mundo mejor, que todavía muchos cubanos siguen esperando.
En ese sueño de Fidel Castro, en ese mundo mejor, no tenían cabida costumbres tan peligrosas como la Navidad, como la llegada de los Reyes Magos (que coincide justamente con el día en que abrí los ojos a este mundo), o como muchas otras fiestas paganas o cristianas que se han convertido en costumbre. Para aquel nuevo Dios de los cubanos (ya hasta una paloma blanca se había posado en su hombro en uno de sus discursos ante los ojos maravillados de miles de cubanos), todo eso eran rezagos del pasado que debíamos aplastar con nuestras botas revolucionarias, males típicos del capitalismo que habíamos derrotado, restos podridos de una sociedad en decadencia.
Fue a partir de aquel discurso a inicios de la década del 70 que cambió de lugar el hermoso cuadro de Jesucristo (aquel Sagrado Corazón de Jesús) que mis abuelos católicos tenían en la sala. Si yo quería que el Hijo de Dios me bendijera con aquellos ojos que parecían seguir mis movimientos, tenía que sentarme en la cama de mi abuela y mirar hacia el rincón donde ella estaba segura de que ningún vecino podría verlo, aunque pasara por el pasillo lateral de nuestra casona antigua en Guantánamo, si necesitaba llegar hasta el fondo, donde estaba la cocina y el patio.
Algunos padres de amigos de mi hijo menor les han hecho saber a sus hijos que todo eso son historias, que Santa Claus ni los Reyes Magos existen, que Jesucristo no existe, pero ellos y sus hijos disfrutan de la costumbre, y son felices. Nada tiene que ver aquí el engaño. Pues me queda claro que la infancia es un tiempo de ilusión: la que nace de la propia inocencia del niño y la que nosotros le insuflamos (o le secuestramos). Y cada día pienso más que es un crimen obligar a que los niños crezcan antes de tiempo. No nos imaginamos cuántos sueños les estamos arrebatando. Y, aún peor, no podemos calcular cuántas miserias nuestras le estamos inyectando a su inocencia.
Eso hizo Fidel Castro cuando prohibió a los cubanos todas esas “costumbres peligrosas”. Pero no fue hasta hace unos años cuando pude descubrir que su interés era uno solo: robarnos los sueños y la esperanza porque estaba empeñado en hacernos creer que él y la Revolución Cubana eran nuestra única esperanza.
Como se puede ver cuando se leen los párrafos que escribí al inicio, nada hay de peligroso en esas costumbres, cargadas de tradición, cultura popular, fraternidad. Si acaso, porque hay que ser justos, lo único que se le puede reprochar al tiempo de Navidad es que no sea igual para todos, pues sabemos que millones de personas en este mundo tan desigual no pueden disfrutar de la Navidad; aunque conociendo a gente muy pobre de Brasil, Estados Unidos, Argentina, Colombia, Angola y otros países del mundo, sé que incluso en medio de la pobreza muchos de esos millones de personas celebran estas fechas con lo poco que tienen, y nadie les puede arrebatar la esperanza que viven esos días, aunque en la realidad esa esperanza jamás se concrete.
Pero puedo asegurar, y por eso lo escribo, que no ha existido nadie en este mundo, al menos en una nación fundada en basamentos cristianos, como lo fue Cuba, que haya prohibido por ley marcial y bajo la amenaza de la excomunión socialista, durante más de cuarenta años, costumbres tan hermosas y esperanzadoras como la Navidad. Hasta en eso Fidel Castro ha sido único.
Y aunque hoy mi hijo Lior sabe que Santa Claus no existe, y que los Reyes Magos, si existieron, fueron a ver al niño Jesús y no podrán venir a verlo a él, sigue mandándole cartas donde les dice que él ha cumplido con los mandamientos de aquel niño Jesús convertido en Cristo: ser obediente y amoroso con sus padres, amar a los demás, prepararse para ser un buen ser humano. ¿Vieron qué tres cosas cosas “tan peligrosas” condenó Fidel?
Y aún sabiendo que no existe, hace unos días, al cruzar el supermercado más cercano a nuestra casa, lleno de árboles de Navidad y luces y estrellas y colores, me dijo: “Papá, yo sé que Santa Claus no existe, pero cuando hable con mi primito Josué en Cuba le voy a decir que tiene que escribirle una carta para que le mande sus juguetes allá. Cuando él me diga que le escribió la carta a Santa Claus, tú le mandas unos juguetes, ¿vamos a hacerlo?”.
Y ha sido esa, lo confieso, la mentira más hermosa de las que he sido cómplice.
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