

Cuando se cuenta cómo, durante la segunda mitad del siglo XX, la literatura latinoamericana exploró el paisaje urbano y el impacto de los medios visuales --el cine, la televisión-- en la cultura popular, se tiende a hablar de Cabrera Infante, de Puig, un poco de la Onda --Agustín, Sainz--, para terminar con Alberto Fuguet y la antología McOndo. Falta, sin embargo, alguien muy importante en ese relato: el colombiano Andrés Caicedo. Nacido en 1951 en Cali, apareció en el escenario cultural de su ciudad como una tromba, produciendo obras de teatro, dirigiendo revistas de cine, filmando dos películas y reseñando todos los libros. Cuando uno ve todo lo escrito por él, cuesta creer que se haya suicidado en 1977, con apenas veinticinco años.
Caicedo encarna a la perfección el mito del adolescente eterno, alguien a quien vivir más de veinticinco años le parece una “insensatez”. Es un producto redondo de los años sesenta, que ensalzan la rebeldía juvenil, que idolizan1 la inmadurez adolescente. Hay en sus obras algo de sus contemporáneos de la Onda, pero a diferencia de ellos lo suyo no se acaba en el gesto contracultural del joven que usa el sexo, las drogas y el rock como forma de rebelión ante sus padres y la sociedad; junto a ese gesto está, también, la actitud de un crítico serio, que ha leído a Borges, a Pinter, a Ionesco, y que está buscando obsesivamente cierta plenitud que sólo puede darle los libros, las películas: “me hace falta un nuevo fervor por algún escritor, así como lo tuve por Poe, Vargas Llosa, Lowry, Henry james, Hawthorne, Styron”.
La escritura de Caicedo es incontinente, y eso es, a la vez, su gran virtud y su principal defecto: en sus mejores páginas, las ideas y las imágenes se encabalgan una tras otra como en un ejercicio virtuoso de escritura automática; en las peores, todo produce la sensación de un vómito verbal. Caicedo tenía más cosas en la cabeza que tiempo para escribirlas, y se notaba. Igual, en cualquiera de sus textos late una desasosegada energía: “no es que pregunte dónde estoy, quién soy, ni ninguna de esas tonterías, lo que pasa es que tengo que acomodarme a la tristeza, o aceptar que la desesperación es la única vía de acceso en este nuevo día”. Sus adolescentes desgarrados rechazan el orden social de sus padres, pero no saben con qué reemplazarlo; ésa es su tragedia.
Si bien Caicedo fue descubierto en los noventa por algunos narradores colombianos de la nueva generación --Efraím Medina entre los principales--, ha sido hasta ahora, sobre todo, un escritor de culto, más conocido en el mundo de los críticos de cine que en el de la literatura latinoamericana. Con su “autobiografía”, armada por Alberto Fuguet a partir de los textos inéditos del colombiano, eso está a punto de cambiar.
Nota del artículo:
1.- Idolizan: convertir en ídolo. Licencia poética del autor.
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Uriel
Quesada
Para quienes venimos del trópico, el invierno del norte tiene poco romanticismo. Para quienes padecemos de depresión, la cosa es aún peor, pues a la inestabilidad emocional y física de la enfermedad hay que agregar el efecto del clima, algo en lo que yo personalmente nunca pensé antes de llegar a Maryland.
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Recuerdo que mi hijo de cinco años quiso saber por qué todos los árboles estaban llenos de cocuyos. “Son estrellas y luces de Navidad” [...]
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“Quisiera ser como aquel que otro ha sido una vez”, decía Peter Handke que decía Kaspar Hauser en sus primeros balbuceos, aún incivilizado. Yo leí esas primeras palabras del niño salvaje en 1993. Tenía entonces 23 años, un título de periodista, algunas incipientes e irregulares páginas escritas de lo que más tarde serían bocetos de cuentos o comienzos de novelas, y una curiosidad total.
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Cuando se cuenta cómo, durante la segunda mitad del siglo XX, la literatura latinoamericana exploró el paisaje urbano y el impacto de los medios visuales --el cine, la televisión-- en la cultura popular, se tiende a hablar de Cabrera Infante, de Puig, un poco de la Onda --Agustín, Sainz--, para terminar con Alberto Fuguet y la antología McOndo.
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Lo vienen anunciando desde hace por lo menos veinte años. Lo anuncian todos, o casi todos. Desde el diario La Nación de Buenos Aires a El País de Madrid. Desde el periódico El Nuevo Herald y The Miami Herald en Miami al New York Times en Nueva York. Desde agentes de influencia del espionaje cubano a analistas políticos.
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Supongo que lo hago por nostalgia de mi amigo el poeta portugués Ivo Machado, que es uno de los dos protagonistas, o tal vez porque acabo de comprar una pequeña avioneta de metal que ahora tengo en mi escritorio.
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La Revolución cubana cumple este año que empieza cincuenta años y da pena verla. Ha envejecido con sus líderes y aún más. Se la ve desaliñada, mal cuidada, incluso los afeites no bastan para ocultar las profundas ojeras del insomnio que le producen el desvelo o las pesadillas del día y del futuro. Los viejos duermen mal, es cierto.