

La Revolución cubana cumple este año que empieza cincuenta años y da pena verla. Ha envejecido con sus líderes y aún más. Se la ve desaliñada, mal cuidada, incluso los afeites no bastan para ocultar las profundas ojeras del insomnio que le producen el desvelo o las pesadillas del día y del futuro. Los viejos duermen mal, es cierto. Las dolencias, algunas crónicas, no han cedido a los múltiples tratamientos y medicinas suministradas a lo largo de estos años que se celebran sin fiesta verdadera. Pobre de solemnidad e idealista por consolación puede verse en ella la imagen de la muerte. Su rostro es huraño y procura no dejarse ver ni por los espejos donde antes lucía su juventud. Sus ojos que antes fueron arrogantes ahora vagan cargados de odio por aquellos a quienes culpa de su frustración. Su lenguaje, incluso el escrito, ya carece de la claridad y la convicción con que seducía a sus oyentes prometiéndoles el paraíso a cambio de una cuota de sacrificio. Su paso que antes fue ágil, largo e incluso marcial, ahora es lento aunque ha cambiado las pesadas botas de faena por zapatillas deportivas.
Cansada de vestirse de verde a fuerza de querer ser como las palmas, ahora se mal viste como un joven deportista envejecido que publicita una marca que ya casi nadie quiere comprar: “Cuba”. Verla tan vieja metida en ese traje juvenil da más pena, ya que no hay peor viejo que aquel que no acepta su destino humano. Se la ve asomada a las ventanas de la Isla, incapaz de salir a las aventuras conque prodigaba sus dones de juventud. Ya sin fuerzas, sin el público que la veneraba, que la odiaba o le temía, piensa a solas que la han traicionado. Sus hijos huyen de ella aunque tengan que navegar en el Estigia, los viandantes habla sin respeto de ella en los mercados donde se comercia con el alma, sus herederos son mediocres y de ello se culpa rezando en todas las lenguas negras y blancas ya permitido el rezo en el partido, se trafica en su nombre y ella misma se siente una pervertida a la que no le ha quedado más remedio para sobrevivir.
Según de qué lado esté el público unos dirán que fue una virtuosa y otros una criminal, ella misma se ocupó de trazar la línea para los amigos y los enemigos que fueron los que no la amaron. Posiblemente los únicos que la tomen en serio sean aquellos que han vivido de ella y no tienen más remedio que amar sus carnes fláccidas de corista tropical retirada. Esos que vivieron por ella, de ella y para ella y la acompañaron fielmente en las diferentes etapas de su vida de guerrillera, internacionalista, socialista y en los últimos años de prostituta dialéctica. Unos podrían dar su vida por ella con convicción, los menos; otros no tienen más remedio. De poco ha valido tanto sacrificio personal y colectivo de millones de cubanos que han visto como la Revolución iba llegando a la decrepitud por envejecimiento y necedad.
Aunque la Revolución todavía esté ahí celebrando sus cincuenta años su espíritu está muerto, el espíritu colectivo de años atrás que fue una de las virtudes capitales de su sostén ya no existe, y la unidad como coartada se desvanece. El viejo y pesado cuerpo de la Revolución ya no se mueve, trasunta mierda por el costado y lo mejor sería que dejara de existir para darle una oportunidad a la Patria, ya que no es Patria o Muerte, sino Patria y vida lo que las generaciones futuras necesitan. Haber sobrevivido es su gran mérito y como todos los sobrevivientes tendrá que esperar la muerte. Amén.
Por
Uriel
Quesada
Para quienes venimos del trópico, el invierno del norte tiene poco romanticismo. Para quienes padecemos de depresión, la cosa es aún peor, pues a la inestabilidad emocional y física de la enfermedad hay que agregar el efecto del clima, algo en lo que yo personalmente nunca pensé antes de llegar a Maryland.
Por
Amir
Valle
Recuerdo que mi esposa Berta lloraba. A los cuarenta años de edad sabía, al fin, qué cosa es eso que el resto del mundo, menos los cubanos de la isla, llaman Navidad.
Recuerdo que mi hijo de cinco años quiso saber por qué todos los árboles estaban llenos de cocuyos. “Son estrellas y luces de Navidad” [...]
Por
Alejandra
Costamagna
“Quisiera ser como aquel que otro ha sido una vez”, decía Peter Handke que decía Kaspar Hauser en sus primeros balbuceos, aún incivilizado. Yo leí esas primeras palabras del niño salvaje en 1993. Tenía entonces 23 años, un título de periodista, algunas incipientes e irregulares páginas escritas de lo que más tarde serían bocetos de cuentos o comienzos de novelas, y una curiosidad total.
Por
Elidio la torre
lagares
Todo comenzó con aquello de una nueva visión indecible
Eran los ‘80. La década de los Reaganomics. El curso de los eventos a mi alrededor me era menos comprensible cada vez. La invasión de Israel en el Líbano, la guerra entre Irán e Iraq, el movimiento Solidaridad en Polonia, la invasión de los Estados Unidos a Granada, el recién descubierto virus del SIDA.
Por
Edmundo
Paz Soldán
Cuando se cuenta cómo, durante la segunda mitad del siglo XX, la literatura latinoamericana exploró el paisaje urbano y el impacto de los medios visuales --el cine, la televisión-- en la cultura popular, se tiende a hablar de Cabrera Infante, de Puig, un poco de la Onda --Agustín, Sainz--, para terminar con Alberto Fuguet y la antología McOndo.
Por
Armando
de Armas
Lo vienen anunciando desde hace por lo menos veinte años. Lo anuncian todos, o casi todos. Desde el diario La Nación de Buenos Aires a El País de Madrid. Desde el periódico El Nuevo Herald y The Miami Herald en Miami al New York Times en Nueva York. Desde agentes de influencia del espionaje cubano a analistas políticos.
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SANTIAGO
GAMBOA
La historia que me dispongo a contar es algo triste y, la verdad, no sé por qué voy a contarla ahora y no, por decir algo, dentro de un mes o dentro de un año, o nunca.
Supongo que lo hago por nostalgia de mi amigo el poeta portugués Ivo Machado, que es uno de los dos protagonistas, o tal vez porque acabo de comprar una pequeña avioneta de metal que ahora tengo en mi escritorio.
Por
León
de la Hoz
La Revolución cubana cumple este año que empieza cincuenta años y da pena verla. Ha envejecido con sus líderes y aún más. Se la ve desaliñada, mal cuidada, incluso los afeites no bastan para ocultar las profundas ojeras del insomnio que le producen el desvelo o las pesadillas del día y del futuro. Los viejos duermen mal, es cierto.