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Todavía recuerdo la experiencia de haber sentido como que algo se aflojaba dentro de mí. Porque justo en ese instante acudieron a mi mente precisamente unas palabras suyas, cuando en una de nuestras famosas tertulias tocábamos el escabroso punto del exilio, de la vida del emigrante, del desarraigo, en fin, de la separación. “Aquí, a pesar de todo, todavía seguimos siendo los originales”, más o menos me dijo. “Pero lo que es fuera de este espacio, sólo seríamos una copia o como una sombra”. “Es que yo tengo a la niña, Reinaldo, y no es tan fácil para mí”. “Bueno, está bien, te dejo, que estoy apurado”. “Mira, si quieres ¡llégate después por la casa para hablar...! “¡Está bien!”. Y creo que esta misma idea la llevó después a una de sus novelas, me parece que a Viaje a La Habana, según alguien me comentó, no sé si el mismo Ramón u otra gente, que vería la luz en una edición póstuma, en Miami, casi al año de su desaparición física.
Y cruzó el Paseo del Prado en dirección al boulevard de San Rafael, como alma que se lleva el diablo, a resolver no sé qué situación de última hora. Me le quedé mirando hasta que se me perdió de vista, confundido entre el gentío que a esa hora de la tarde deambulaba por esa céntrica arteria de la ciudad.
Esa fue la última vez que lo vi. Lo demás fueron los rumores con los que se armó todo un mito. El mito Reinaldo Arenas, que parece competir con el de su propio alucinado personaje Fray Fernando Teresa de Amier, dando lugar a toda suerte de habladurías, cuentos, especulaciones y provocaciones, rechazos y atracciones, según sean simpatizantes o detractores quienes lo enjuicien.
Más tarde sobrevendría, de un modo harto lacerante e inesperado, por lo que lógicamente aun se esperaba de él, el notición de la enfermedad, seguido del de su asombroso suicidio. El “bombazo”. Porque en realidad la noticia de su muerte fue como una explosión, cuyo ruido se sigue sintiendo todavía y parece no acabar nunca. Porque él se dio un tiro en la ciudad de Nueva York, pero el estampido del disparo se sintió aquí en La Habana y un poco como que todos los que le conocimos, e inclusive aquellos que no le conocieron, hemos muerto irremediablemente de ese terrible pistoletazo que privó a la literatura cubana de uno de sus más sorprendentes y originales creadores.
Y así, según lo supimos –porque es un hecho que las malas noticias vuelan, Reinaldo Arenas murió el viernes 7 de Diciembre de 1990 en la Ciudad de Nueva York, en los Estados Unidos de América, a donde había arribado 10 años antes, como uno más de entre aquellas oleadas de emigrantes que más tarde serían bautizados como los “marielitos”, por embarcar por esta zona de la provincia de La Habana, dejando tras de sí una montaña de volúmenes inéditos que verían la luz después de su muerte, tales como El color del verano, Viaje a La Habana, El asalto, Leprosorio, Antes que anochezca (para cuya versión fílmica viajaron expresamente a Cuba su realizador, Julián Schnabel, y el popular actor español Javier Bardem) y “Adiós a Mamá”.
Resulta verdaderamente estremecedor y a la vez espeluznante saber que, cuando el virus del SIDA lo minaba completamente, ya en sus últimas cartas (letras sin lugar a dudas de un moribundo, de alguien que tiene ya puesto, como se dice, un pie en el cementerio, recorridas por una corrosiva ironía y por el más letal humor negro), Reinaldo acostumbraba a despedirse de sus destinatarios con una frase lapidaria, y como escapada de ultratumba:
¡Abrazos agónicos…!”.
(La Habana, 1948) Poeta, periodista y promotor cultural. Conduce desde hace más de 15 años el espacio sabatino de reflexión, arte y literatura “Diálogo y Encuentro con la Cultura” en la Sociedad Árabe de Cuba. Fundó y dirigió durante más de 4 años el Proyecto Socio-Cultural “Pintando en El Prado”. Ha publicado los poemarios: Sueño de otra noche de verano (Madrid, España, 1998), Los ojos de la lluvia (Moscú, Rusia, 2003), Antología de poesía cósmica (Editorial del Frente de Afirmación Hispanista, A.C., México, 2004) y Bajo una luz más clara (Editorial UNION, 2006). En el 2004 y en el 2007 la United Cultural Convention de los Estados Unidos de América lo propuso como candidato a su Premio Internacional de la Paz por su meritorio trabajo al servicio de la cultura y de la comunidad. Su poemario El libro de los homenajes resultó finalista del Premio de Poesía Centenario del Natalicio de Rafael Alberti (2001) y su libro Estas alas tan cortas ha sido finalista igualmente en el Premio Hispanoamericano de Poesía Dulce María Loynaz (2003) y en el Premio Nacional de Poesía Nicolás Guillén, en sus ediciones del 2005 y del 2008.