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Las circunstancias históricas que ha vivido y vive el país caribeño con el triunfo de la revolución en el año 1959 provocaron el aislamiento del resto de los países y el hecho se denominará, a partir de los años setenta, como una nueva novela del género conocida como «policial revolucionaria», dotada de una evidente intención oficialista y ensalzadora del régimen, como lo habían sido años antes iniciativas como el «realismo socialista» en la URSS. Antes de esta tradición, no obstante, encontramos algunos destellos como punto de partida. Enigma para un domingo de Ignacio Cárdenas Acuña en el año 1971, No es tiempo de ceremonias de Rodolfo Pérez Valero en 1974 y El cuarto círculo de Luis Rogelio Nogueras en el año 1976 son algunos de los primeros testimonios. Estas primeras novelas siguen unos parámetros tradicionales del género con unas tramas donde el asesinato parece carecer de importancia. También anteriores al éxito de Padura, cosechado durante los años noventa, son las aportaciones de Daniel Chavarría -uruguayo de nacimiento, pero instalado desde hace décadas en Cuba y del recientemente fallecido Justo Vasco-. En obras como Joy (1977), de Chavarría, o Primero muerto (1986), de Vasco, ambos critican -de una forma más bien recatada, intentado sortear los problemas del férreo control censor del gobierno cubano -la situación del país, hablando en sus obras de temas hasta entonces silenciados como la prostitución, los negocios de dudosa legalidad, las influencias de los altos cargos y, en general, la gran crisis nacional.
La aparición del teniente investigador Mario Conde coincide cronológicamente con la debacle ideológica y la posterior caída del socialismo europeo a principios de la década de los noventa. Estos acontecimientos son aprovechados por Padura para crear un nuevo tipo de literatura policial. Para llevarla a cabo, el escritor cubano ejerce una función de cronista literario e investigador periodístico, complementada gracias a su labor investigadora en diversos medios como La Gaceta de Cuba y El Caimán Barbudo, que le permitió realizar un análisis exhaustivo de la situación política cubana, conociendo informaciones y realidades vedadas para muchos compatriotas. A través de su obra narrativa, especialmente aquella protagonizada por su popular personaje Mario Conde, Padura analiza, a través de su ojo crítico y escéptico, el desarrollo de los acontecimientos que han ido sucediendo en Cuba a lo largo de estas dos últimas décadas. Sin dejar de ser nunca un producto genérico de la narrativa negra, el autor aporta a la tetralogía protagonizada por el teniente investigador un peso ideológico y político fortísimo similar al que ha cultivado en sus libros de investigación periodística.
Podemos afirmar que las novelas de Padura se han convertido, pues, en una crónica de un tiempo concreto. De hecho, el autor ha mostrado siempre su deseo de actualizar la novela negra cubana, ponerla al día con respecto a lo que estaba ocurriendo, de la misma manera -como él mismo ha confesado en alguna ocasión- que había hecho Montalbán en España.
A través de su tetralogía «Las cuatro estaciones» -«Pasado perfecto (1991), Vientos de cuaresma (1994), Máscaras (1996) y Paisaje de otoño (1998)- se puede observar la singular forma que tiene Conde de reflejar el mundo cubano, su comportamiento social, además del cansancio que el protagonista va transmitiendo a lo largo de su saga novelesca, tal como lo han hecho ilustres personajes del género como Philip Marlowe o Pepe Carvalho. Este cansancio viene reflejado por el desencanto a medida que transcurren sus historias, un desencanto que en el caso del escritor cubano se convierte en dolor y padecimiento al hablar de su ciudad. Las leves tramas de sus novelas no son más que excusas para presentar frescos económicos, sociales y políticos de Cuba en estos últimos años. Ese desencanto se hará patente en las dos últimas apariciones hasta la fecha de Conde. Así, en La neblina del ayer (2003), el personaje aparece ya fuera del cuerpo policial, tremendamente desencantado con la que un día fue su profesión, y dedicado al comercio de libros antiguos. El Conde de la novela es un personaje falto del idealismo que se atisbaba en sus primeras entregas, completamente descreído -algo que en Cuba tiene más significado de lo que a priori podría parecer- y permanentemente anclado en los recuerdos. Incapaz de soportar el derrumbamiento -casi literal- de su ciudad y de sus amigos -algunos huidos, otros sumidos en la más absoluta decadencia-, el viaje al pasado que le supone la investigación en la que accidentalmente se verá involucrado no hace sino demostrar su negativa a afrontar un presente que ya no quiere y en el que ya no cree. El mismo escepticismo de La neblina del ayer presenta Adiós, Hemingway (2005), un breve libro de encargo concebido también como un ajuste de cuentas con el pasado -creado de nuevo con el recurso de la investigación retroactiva que intenta aclarar algún aspecto ocurrido en un tiempo muy alejado del presente-, un pasado representado esta vez por un autor al que un día Mario Conde admiró y que ahora se le revela como un farsante. A través de la permanente imagen del mito caído y de la falta de referentes en los que creer, Padura pone de manifiesto la intención crítica y social que siempre ha caracterizado al neopolicial latinoamericano.
La crítica visión de Conde se mueve por todos los ambientes de la sociedad. Sus espacios se conforman con la novela negra más clásica. El investigador se mueve por la ciudad, al mismo tiempo que el discurso se contrapone con el recorrido de la isla, desde hoteles a pensiones de mala muerte. De todas formas, el espacio gira siempre alrededor de los referentes comunes con los posibles lectores. Su descripción detallada de La Habana -con múltiples referencias a Miramar, El Vedado, Centro Habana y La Habana Vieja- nos remiten a un espacio del mundo real, existente más allá del universo de ficción, que se transforma en una especie de paralelismo con la realidad y plagado de claves cubanas. Las alusiones a los barrios más altos de sus novelas pretenden evidenciar la filiación social de sus ocupantes, lo cual quiere decir que a través de las formas de vida se ofrece un material informativo importante a la hora de caracterizar a los personajes, convirtiendo así a la novela en una especie de itinerario por todo el espectro social. De esta manera, Leonardo Padura irrumpe de forma definitiva en la literatura criminal, rompiendo con toda una etapa anterior donde la novela policiaca simplemente presumía de ser un mero juego intelectual y creando una escuela propiamente cubana de la que, en los últimos años, han surgido autores como Amir Valle o Lorenzo Lunar, fieles defensores, como Padura, de la idea de que la novela negra ha de ser una crónica social reveladora de aquellas realidades imposibles de mostrar por otras vías a la población. Prostitución, tráfico de drogas, proxenetismo, turismo sexual, violencia institucional y corrupción gubernamental, temas tabúes en la isla, se convierten así en tópicos recurrentes en las novelas de estos autores.
Cierra ya nuestro capítulo del neopolicial, quizás uno de los autores más prolíficos y reconocidos en todo su esplendor. Paco Ignacio Taibo II surge como un acontecimiento fundamental y excepcional para el género. Su espíritu revolucionario y su afán de difusor de la literatura policiaca -manifestada en la organización del ya clásico festival literario de la Semana Negra de Gijón o en la creación de legendarias colecciones, como “Etiqueta negra”, de la editorial Júcar, que permitió la publicación en España, en plena transición, de prácticamente todos los clásicos norteamericanos prohibidos durante el franquismo- hacen de él un punto de referencia inevitable dentro de la narrativa neopolicial.
El escritor mexicano se inicia en la novela policiaca con Días de combate en 1976, donde aparece por primera vez su detective Héctor Belascoarán Shayne, un personaje que comparte con un ingeniero experto en drenaje su oficina ubicada en Artículo 123 y que debe atrapar a un estrangulador de quien no tiene pistas. Tan solo un año después, Belascoarán reaparece con Cosa fácil (1977), donde conocemos a Carlos Vargas, un tapicero compañero del protagonista, con quien el detective habrá de resolver tres casos de manera simultánea. Estas dos novelas suponen el aprendizaje de Taibo II en el relato policial, ya que el tratamiento clásico de los problemas sociales y su posterior resolución responden de manera clara al organigrama clásico del esquema policiaco creado por los autores hard-boiled estadounidenses en los años 20. Quizás su momento de mayor éxito llega con la publicación de la novela No habrá final feliz en el año 1981. En esta ocasión, aparecen los personajes de las dos novelas anteriores y el final de la novela nos deja atónitos. En ella, Taibo nos relata la historia de un ex jefe de los halcones que quiere asesinar a Belascoarán por tráfico de informaciones. Una vez resuelto el caso, y lo que parecía una continuación de saga durante muchos años, Belascoarán muere inexplicablemente al final de la novela a causa de un disparo.
Extrañamente, y de forma parecida a la de Conan Doyle con Sherlock Holmes, Taibo II se las ideó para resucitar a su personaje. Como no le resultaba fácil, el escritor se las ingenió y afirmó, para estupefacción de los lectores, que el detective no había resucitado, sino que la aventura de Algunas nubes, publicada en 1985, sucedía después de Cosa fácil y antes de No habrá final feliz. Su aparición misteriosa no solamente reflejó poca credibilidad al personaje sino que también hizo de la novela una obra llena de confusiones y ambigüedades.
En cualquier caso, la gran aportación de Paco Ignacio Taibo II a la novela neopolicial mexicana es, al igual que en el resto de autores que hemos venido citando en este artículo, el tratamiento de la sociedad y del espacio por donde se mueven sus personajes. Sus frecuentes apariciones en las zonas más conflictivas de la ciudad no son nada más que un reflejo de la ciudad mexicana. La saga de Héctor Belascoarán se compone de un espacio social que es una verdadera jungla de asfalto, insegura y dominada a lo largo de sus novelas por la extrema violencia, transmitida a través de un lenguaje lleno de giros inesperados y diferentes registros. Esa constante violencia sirve a Taibo de excusa para hacer de su personaje un ser incapaz de resolver las investigaciones por las vías tradicionales. Ante un panorama caótico como el de la sociedad que presenta en sus novelas, de poco sirven las aptitudes clásicas de los detectives de ingenio o capacidad deductiva. Los investigadores se sitúan así en el límite del bien y del mal, en un lugar absolutamente ambiguo en el que el lector nunca sabe con certeza de qué lado están ni cuál exactamente es el fin propuesto. Resulta paradigmático que para ejemplificar la falta de dominio sobre el contexto el que ha de moverse -a diferencia de, por ejemplo, Sherlock Holmes, capaz de resolver todo con una simple mirada al lugar del crimen-, Taibo relata en una de sus obras cómo Belascoarán se queda tuerto. La anécdota sirve de perfecta metáfora para explicar la imposibilidad de los detectives modernos de imponer orden en la caótica sociedad en la que se mueven, como ha puesto de manifiesto el propio Taibo:
El neopolicial es la novela social del fin del milenio. [...] [Es un] formidable vehículo narrativo que nos ha permitido poner en crisis las apariencias de las sociedades en que vivimos. Es ameno, tiene gancho y por su intermedio entramos de lleno en la violencia interna de un Estado promotor de la ilegalidad y el crimen (Scantlebory: 2).
Fuera de la «saga Belascoarán», Taibo II ha hecho otras aportaciones al género neopolicial, como Sombra de la sombra en 1986 o La vida misma en 1987. La primera -de la misma manera que hizo Eduardo Mendoza en La verdad sobre el caso Savolta- busca recrear la atmósfera de México durante los años veinte y treinta, justo cuando se estaba asentando la Revolución con las consecuencias de la primera guerra mundial. La segunda novela tiene varias líneas narrativas: en primer lugar, una serie de notas de José Daniel Fierro, que es escritor de novelas policiacas, otra del mismo personaje que escribe a su mujer y, finalmente, una narración omnisciente que guía todo el argumento de la novela. En las dos obras, así como en el resto de títulos del autor, aparece la misma preocupación por la violencia cotidiana con la que deben convivir los mexicanos, la misma denuncia de los problemas sociales y el mismo tratamiento del lenguaje, callejero y lleno de giros y del argot.
Gracias a estos tres autores y, después del legado que nos están dejando a través de sus aportaciones literarias, parece indudable afirmar que la narrativa neopolicial latinoamericana es uno de los géneros en mejor forma del continente. En primer lugar, ya no sólo por los autores y las obras aquí recogidas sino, sobre todo, por la masiva afluencia -tanto de cantidad como de calidad- de narradores que se están incorporando, como Amir Valle, Raúl Argemí, Carlos Balmaceda, Dante Liano o Lorenzo Lunar. En segundo, porque con el paso de los años el neopolicial se está asentando como un género propio, específicamente latinoamericano, caracterizado por su carácter urbano -y especialmente callejero-, por su voluntad de convertirse en crónica social y por su intencionalidad crítica. Como hicieron los autores hard-boiled en los decadentes y mañosos Estados Unidos de después del «crack» de 1929 o los escritores españoles que se incorporaron al género a finales de los años setenta, los autores latinoamericanos han conseguido hacer de sus obras un discurso contracultural capaz de revelar, con exageradas dosis de realismo, los verdaderos problemas de! continente. De ahí que consideremos importante empezar a valorar y estudiar un género al que otorgamos una calidad artística excepcional y un futuro no menos prometedor.
Notas del artículo:
1.- El término procede de la deformación de la frase «Who has done it?», lo que explica que en español haya sido traducido como «novela de enigma» (Nogueral: 142).
2.- Aunque Yo mate a Kennedy, novela cargada de matices ideológicas y de original planteamiento, es la primera obra en la que aparece el personaje de Carvalho, en ningún caso puede adscribirse al espectro genérico policiaco. Así, Tatuaje es la primera novela negra que protagonizó el archiconocido detective de Montalbán.
Bibliografía
Noguerol, Francisca: 2006 «Neopolicial latinoamericano: el triunfo del asesino». Manuscrito criminal: reflexiones sobre novela y cine negro [Alex Martín Escriba y Javier Sánchez Zapatero (eds.)]. Salamanca, Cervantes, pp. 141-158.
Osorio, José y Ana muga: 2002 «Mempo Giardinelii: Hacer cultura es resistir». La Ventana (Portal informativo de Casa de las Américas), http://laventana.casa.cult.cu/modules. php?name=News&file~article&sid=126, mayo de 2002.
Padura, Leonardo: 2000 Modernidad, posmodernindad y novela policiaca. La Habana, Unión.
Scantlebory, Marcia: 2000 «Paco Ignacio Taibo II: La novela negra es la gran novela social de fin de milenio». Caras, www.caras.cl/ediciones/paco.htm, septiembre de 2005.
Taibo II, Paco Ignacio: 1987 La vida misma. México D. F., Planeta.
Licenciado en Filología Hispánica y Románica por la Universidad de Salamanca. Es autor del ensayo Catalana i criminal. La novel·la detectivesca del segle XX, en el que se repasa la historia de la novela policiaca en Cataluña, tema central de sus estudios de doctorado. Ha escrito diversos artículos sobre el género negro y ha ganado el premio de jóvenes escritores de la revista Serra d’ Or. Además, ha sido colaborador de los medios de comunicación Tribuna de Salamanca y Diari de Tarragona. Actualmente, y después de trabajar en la Universidad de La Habana, ejerce como lector de lengua catalana en la Universidad de Grenoble III.
Licenciado en Periodismo y en Filología Hispánica. Ha trabajado en diversos medios de comunicación, como el diario El Mundo, y ha sido colaborador del suplemento cultural de Tribuna de Salamanca. Autor de diversos artículos en revistas científicas, actualmente es crítico literario de la publicación especializada en género negro Europolar, del semanal Tribuna Universitaria y del diario La Gaceta de Salamanca. Profesor e investigador del departamento de Lengua Española y del servicio de Cursos Internacionales de la Universidad de Salamanca, sus líneas de trabajo actuales se centran en la literatura negra y en la narrativa del exilio republicano español.
son directores del Congreso de Novela y Cine Negro que desde 2005 se celebra en la Universidad de Salamanca y editores de las obras Manuscrito criminal. Reflexiones sobre novela y cine negro, Informe confidencial. La figura del detective en el género negro, Palabras que matan. Asesinos y violencia en la ficción criminal y La lista negra. Nuevos culpables del policial español.