Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, abril 2009, año 3, número 07
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Breve acercamiento al cine cubano de la Revolución (1959-2000)

 

Alfredo Antonio Fernández

Página 2

El cambio también se hizo notar en la dirección del ICAIC, en 1982, después de veintitrés años como presidente, fue reemplazado Alfredo Guevara por Julio García Espinosa, también fundador del ICAIC y vice presidente en funciones hasta ese momento.

El motivo de la sustitución parece haber sido el fracaso financiero del filme Cecilia (1982), basado en una adaptación libre de la novela clásica del siglo XIX cubano, Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde. Dirigida por Humberto Solás, fue la película cubana que gozó de mayor presupuesto fílmico -más de cinco millones- dentro del cine cubano.

A partir del fracaso financiero de Cecilia, viejos y nuevos directores, comenzaron a voltear su interés del pasado -filmes tercermundistas de los 70‘s- hacia el presente, tratando de ser críticos de la realidad contemporánea en filmes de bajo presupuesto. Tomás Gutiérrez Alea dio la pauta a seguir. En 1983, produjo Hasta cierto punto, filme dentro del filme, en el que un director de cine en crisis aborda problemas no superados por la sociedad cubana de la revolución: el machismo y la falta de combatividad de los sindicatos en la zona proletaria del puerto de La Habana.

En igual sentido de abordar temas de actualidad están las comedias Se permuta (1983), de Juan Carlos Tabío, focalizada en los cambios de vivienda en Cuba; Los pájaros tirándole a la escopeta (1984), de Rolando Díaz, sobre la incomprensión amorosa entre padres e hijos; Plaff! (1989), de Juan Carlos Tabío, sutil abordaje sobre el miedo y la persecución, y Techo de vidrio (1988), de Sergio Giral, retirada de exhibición por abordar críticamente la doble moral y el fraude entre funcionarios del gobierno. Mención aparte, por su calidad fílmica y de contenido, merecen los filmes Un hombre de éxito (1986), de Humberto Solás, recuperado tras el fracaso de Cecilia, y La bella del Alhambra (1989), de Enrique Pineda Barnet. En ambos, se revaloriza el pasado más reciente de la historia de Cuba, el período republicano, en muchos de sus componentes político-culturales.

A principios de la década de 1990, se produjo un hecho insólito en el orden internacional: la caída en picada, y de forma simultánea, de los países comunistas de la Europa Oriental. El comercio exterior cubano, dependía casi enteramente, tres décadas antes, de los vínculos económicos establecidos con la Unión Soviética. El ICAIC no era la excepción de la regla. Su producción estuvo orientada a recuperar el pasado nacional cubano y del tercer mundo. Pero en el aspecto técnico (cámaras, luminotecnia, laboratorios, película virgen, revelado a color, sonido) dependía de los suministros de equipos de la Unión Soviética y de Europa Oriental.

La respuesta del gobierno revolucionario de Fidel Castro a la desaparición de la Europa comunista, no se hizo esperar: en el verano de 1991, decretó el Período Especial, un plan de contingencia que incluía más reajustes a la economía depauperada de Cuba, con la posibilidad de que, llegada la situación al límite, se decretara la Opción Cero: vivir como en la prehistoria, sin luz, transporte, ni alimentos adecuados.

Pese a las restricciones económicas impuestas, los filmes críticos de la realidad cubana contemporánea se mantuvieron en el ICAIC, y de nuevo Tomás Gutierréz Alea va a la cabeza con Fresa y Chocolate (1993) y Guantanamera (1995).

En la superficie, Fresa y Chocolate, podría ser considerado un filme claustrofóbico: dos jóvenes, en un apartamento, debaten, desde posiciones de militancia o no comunista, el tema del homosexualismo, considerado tabú por los revolucionarios machistas-leninistas.

En Guantanamera, Gutiérrez Alea retomó el humor negro: tras morir en Guantánamo, una cantante desea ser enterrada en La Habana, y su cadáver es trasladado mil kilómetros en todo tipo de transporte en medio de la locura burocrática que desató la aplicación de la nueva constitución socialista (1976) que convirtió de 6 en 14 provincias el mapa de Cuba.

Por la misma ruta del absurdo y del surrealismo de la realidad cotidiana en Cuba, transitó el filme Alicia en el pueblo de Maravillas (1991), de Daniel Díaz Torres.

Alicia es una parodia basada en el relato del inglés Lewis Carroll: una joven instructora de teatro llega a trabajar a un poblado, en el cual, sus habitantes, entraron en conflicto con leyes y funcionarios de la revolución, y ahora se encuentra al servicio del extraño personaje que dirige un sanatorio y promete curar los males con remedios de su producción personal. En lenguaje corporal y de palabras, el director del sanatorio, recuerda a Fidel Castro. Y así lo vio el público, que llenó los cines en solo una semana de exhibición.

Alicia... creó la más grave crisis de la existencia del ICAIC, hasta el punto de provocar literalmente su desaparición.

Envuelto en la crisis económica (falta de técnica que venía de la Europa comunista) y política (críticas de la dirigencia política del país a filmes como Techo de vidrio, Guantanamera y Alicia), el ICAIC quedaría prácticamente eliminado como la más importante opción cultural creada por la revolución cubana. Sus estudios y programa de producción fueron repartidos a su más cercano rival: el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT). Su presidente de la década de 1990, Julio García Espinosa, destituido; su presidente vitalicio, Alfredo Guevara, a cargo solamente del Festival Internacional del Cine Latinoamericano; el Noticiero ICAIC, que desde 1959 dirigiera Santiago Alvarez, suprimido sin explicaciones, y una nueva ola de cineastas salió del país: Jesús Díaz, Orlando Rojas, Sergio Giral y Luis Felipe Bernaza.

Los años que siguieron hasta el fin del siglo XX fueron de lenta recuperación fílmica a través de coproducciones con España, Francia y México, que muchas veces imponían guiones o directores o actores quedando mal parado el abordaje de temas cubanos, por su simplificación. Son excepciones de la estrategia de supervivencia de las coproducciones y de algunas producciones nacionales, entre otros, los filmes Adorables mentiras (1991), de Gerardo Chijona, La vida es silbar (1997), de Fernando Pérez y Habana blues (2005), de Benito Zambrano.

Con la llegada del siglo XXI, el ICAIC, si bien no ha desaparecido, está a la espera de mejores días. Continúan celebrándose anualmente los Festivales Internacionales del Nuevo Cine Latinoamericano. Hay nuevos directores (Arturo Sotto, Enrique Álvarez, Juan Carlos Cremata) que luchan por obtener presupuestos para sus filmes, pero han muerto las figuras que dieron fama al ICAIC: Santiago Alvarez, director del noticiero ICAIC, y Tomás Gutiérrez Alea, el más importante de los directores de ficción.

Mejor que una valoración crítica de esta situación, que nadie sabe cuánto va a durar, es dejar que uno de los fundadores del ICAIC, Julio García Espinosa, esboce en sus palabras (La Habana, enero 23, 2002) la nostalgia del pasado, y la mezcla de esperanza e incertidumbre por la que atraviesa el cine cubano y parte del cine latinoamericano: “¿Qué ha pasado en los noventa? ¿Adónde fueron a parar tantos espacios ganados? ¿Por qué la solidaridad se convirtió en insolidaridad descarnada? ¿Por qué aceptamos la caída del muro de Berlín y todavía esperamos por la caída de otros muros no menos disonantes...?

¿Qué diferencia hay entre los sesenta y los noventa? Antes se hacían buenas y malas películas. Antes se logró una cierta producción, hoy también se logra. Antes tuvimos premios en los festivales, hoy igual ¿Entonces, dónde está la diferencia...?”.

 

Balance

Entre los logros más notables y objetivos de la cinematografía de la revolución cubana, se cuentan:

1) La existencia de un cine cubano de la revolución que por más de cuatro décadas ha mantenido, con mayor o menor número de filmes, un flujo continuo en la producción.

2) La creación, a lo largo de cuatro décadas, de tres líneas temáticas definidas: el noticiero ICAIC, con una proyección crítica del análisis nacional e internacional; los temas históricos, en un sentido tercermundista, como ocurre en los filmes La última cena, Lucía, El rancheador y Un hombre de éxito), y el tratamiento de los temas cotidianos y de crítica de costumbres, como ocurre en los filmes Se permuta y Los pájaros tirándole a la escopeta.

3) El aporte a la cinematografía cubana y al movimiento del llamado Nuevo Cine Latinoamericano de un núcleo relevante de figuras: Tomás Gutiérrez Alea y Humberto Solás, en la dirección artística; Santiago Álvarez, en el manejo político del cine, y Alfredo Guevara y Julio García Espinosa, en la organización de la producción fílmica.

4) La extensión de las fronteras y de la influencia artística, política e ideológica de la cinematografía cubana de la revolución con la creación de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, y de los festivales anuales del Nuevo Cine Latinoamericano.

 

Perspectivas

En lo que se refiere a las perspectivas de continuidad de la cinematografía cubana de la revolución, es de notar

1) La crisis por la que atraviesa el cine cubano después que en 1990 desapareció el bloque de países comunistas de Europa Oriental, suministrador del equipamiento técnico.

2) La falta de adecuado presupuesto fílmico que paralizó la creatividad de los directores de cine cubanos y provocaron el “engavetamiento” de más de un guión.

3) El reforzamiento de la censura y la crítica de la dirección política del país a filmes como Guantanamera, Techo de vidrio y Alicia en el país de las maravillas que, entre otros, abordaban críticamente la realidad cubana contemporánea.

4) Las coproducciones fílmicas como vía de obtener un presupuesto que, muchas veces, trae como daño colateral, adaptar el proyecto al requerimiento de los productores extranjeros que no siempre respetan las ideas de los directores nacionales al ser ellos los que aportan el capital.

5) La desaparición física de notables directores de cine cubano: Tomás Gutiérrez Alea y Santiago Álvarez, el eclipsamiento político parcial de Alfredo Guevara y Julio García Espinosa, y la emigración al extranjero de Jesús y Rolando Díaz, Orlando Rojas y Luis Felipe Bernaza.

DOS CONCLUSIONES Y VARIAS PREGUNTAS

1) A pesar de todo lo anterior, no creo que la industria de cine cubano desaparezca o caiga en el futuro en la dependencia de los circuitos de producción y distribución de los grandes monopolios de cine de Hollywood.

2) Se lo impide o podrían ser obstáculos para ello, la tradición tercermundista del cine cubano de la revolución creada en 1959, su alineamiento actual con el movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano, y también el hecho político de que, entre Cuba y los Estados Unidos, no han existido relaciones políticas por más cuarenta años de mutua hostilidad.

3) ¿Seguirán las nuevas generaciones de directores la tradición del cine cubano del siglo XX? ¿Seguirán siendo Tomás Gutiérrez Alea, en lo artístico, y Santiago Álvarez, en lo político, los modelos más atractivos para los nuevos cineastas cubanos? ¿Seguirán siendo la historia y la vida cotidiana los temas más sobresalientes de la producción de cine en Cuba? ¿Se impondrán en su lugar el esteticismo y el escapismo como salida a la crisis? ¿Podremos seguir hablando en el futuro de un cine cubano de la revolución?

El tiempo, seguramente, se encargará de suministrar los argumentos para responder a estas y otras preguntas.

 


Alfredo A. Fernández

(La Habana, Cuba)  Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana, Master en Estudios Latinoamericanos en la UNAM, México y Doctorado en Español de la University of Houston, Estados Unidos. Ha publicado: El Candidato (Premio de la Unión de Escritores de Cuba, 1978), Crónicas de medio mundo (relatos, 1982), La última frontera, 1898 (novela, 1985), Del otro lado del recuerdo (novela, 1988), Los profetas de Estelí (novela, 1990), Lances de amor, vida y muerte del Caballero Narciso (Premio Razón de Ser de Novela, 1989), Amor de mis amores ( novela, Planeta, México, 1996) y Adrift: The cuban raft people (Rockfeller Foundation Grant, 1996; Arte Publico Press, Estados Unidos, 2001). Reside en los Estados Unidos.

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