

Supe de Fernando Vicente cuando empezaron a aparecer sus historietas en la revista Madriz a mediados de los 80.
Desde entonces han pasado muchas cosas. Por ejemplo que dejó de existir esa publicación fundada por Felipe Hernández Cava, que tanto contribuyó a revolucionar la creación gráfica en nuestro país, y que hoy nos parece impensable el surgimiento de algo equivalente. O que la historieta ya no se llama historieta sino - ¡vaya por Dios! - novela gráfica. Y también que la ilustración se ha convertido en un enorme cajón en el que conviven en armonía narradores de pura cepa y gente con buena mano, pero muy poco que decir. En ese tiempo, Fernando ha hecho un largo viaje sin dejar de pertenecer al bando de los primeros.
Como joven historietista, pagó el natural peaje a las fascinaciones del momento. Sus protagonistas eran héroes melancólicos y perdedores, vestidos con americanas de anchas hombreras, o mujeres estilizadas, fatales o lánguidas, de larga melena ondulada. Hacían honor a la idea de que lo mejor es el recuerdo de tiempos no vividos. Pero Fernando aportaba un notable dominio del dibujo y mostraba un buen sentido de la narración, cuando tantos de sus colegas se limitaban a administrar un sucinto conocimiento del imaginario vintage y de las películas de serie B.
Después del cierre de Madriz le perdí la pista durante mucho tiempo hasta que inició su larga colaboración con Babelia, el suplemento de libros de El País. Era otro Fernando Vicente, que conservaba lo mejor del anterior. En ese nuevo personaje, la ingenuidad retro se había convertido en una inteligente utilización del archivo visual, y la mano, que seguía siendo segura y elegante, era ahora sabia y versátil.
Pero aún me interesó más que sus ilustraciones sabían ganar la espalda a los artículos, como los buenos delanteros hacen con los defensas contrarios. Todo ilustrador que haya colaborado con suplementos culturales sabe lo difícil que es enfrentarse una vez sí y otra también a textos romos y rutinarios, pero investidos de trascendencia erudita. La tentación de pasar de todo y decorar la página es enorme, pero los buenos como Fernando sacan ideas de donde no las hay, y toda su sabiduría gráfica y dominio técnico se combinan para llevarnos a las entretelas del tema, muchas veces a pesar del autor del texto.
Así era y así es con él. Y todavía hay otra característica que le hace singular: su generosidad. El trabajo de un ilustrador en prensa suele ser rápido, incluso cuando su destino es un suplemento semanal o mensual. Pero no es así, o no parece ser así, con Fernando.
De alguna manera, la forma de representación más sintética ha ganado terreno en la prensa, no sólo como un hecho estilístico sino como un imperativo laboral. Lleva mucho tiempo armar un sistema expresivo a base de formas o recursos simples pero ricos en significados. Pero cuando se logra es muy cómodo y adecuado para afrontar las urgencias de las publicaciones periódicas.
Sin embargo, el trabajo de Fernando, como el de los buenos clásicos ilustradores norteamericanos, se vale de lo pictórico, no para exhibir oficio, sino como el medio de acompañar la lentitud de una buena lectura. Tal vez por esto me sea difícil pensar en alguien con más capacidad de simbiosis con lo literario. “Literatura ilustrada” se llama un libro reciente que recopila sus ilustraciones. Es un título especialmente veraz.
(Barcelona 1955) Ha desarrollado la mayor parte de su trabajo en el campo editorial, como ilustrador de libros y como portadista. En 1993 obtuvo el Premio a las mejores Ilustraciones de Libros para Niños, de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas; en 1994 el Illustrators of the Year Award de la Fiera del Libro per Ragazzi di Bologna-UNICEF y en 1995 el Premi de la Crítica “Serra d’Or”, en los tres casos por su trabajo en la serie Los artísticos casos de Fricandó (Ediciones Destino), concebida junto a Montse Ginesta, autora de los textos, para acercar el arte contemporáneo al mundo infantil.
En 1996 formó parte de los 30 ilustradores mundiales seleccionados para la exposición The Secret Garden, conmemorativa del 30 aniversario de la Feria de Bolonia. En 2005, fue seleccionado para la muestra Ilustrísimos.Panorama de la ilustración infantil y juvenil en España, que se expuso en la Feria del Libro de Bolonia, con España como país invitado.
En 2008 ha obtenido, en su primera edición, el Premio Nacional de Ilustración, otorgado por el Ministerio de Cultura a una trayectoria profesional en la ilustración.
A partir de 1998 se dedicó preferentemente la ilustración de prensa, colaborando con distintas publicaciones periódicas españolas (El País, El Mundo, revistas Grupo Z,...) y de otros países (International Herald Tribune...), si bien nunca ha abandonado la edición para niños. Muestra de ello son la narración en imágenes No tinc Paraules (Mediavaca, 1998) -Selección White Raven 2001-, o los más recientes Chamario- libro de rimas infantiles del poeta venezolano Eugenio Montejo (Ediciones Ekaré, Caracas, 2004)-, y Bestiarara (con texto propio y editado por Orecchio Acerbo, Roma, 2003). También ha realizado proyectos de edición fuera de los circuitos tradicionales como el libro Vista Cansada (Ediciones Sins Entido, 2001), que recoge sus dibujos de margen, que también han sido objeto de una exposición que con el mismo nombre ha recorrido Barcelona, París, Sevilla, Madrid y Bogotá.
En 2002 entró en el mundo de la animación, y desde entonces ha realizado obra para la plataforma Digital +, la Fundación Caixa de Catalunya y el Festival de Cortos de Animación de Barcelona, Xinacittà. Su pieza “Amigo Hulot” (Digital +) fue selección oficial en el Festival de Annecy 2005 y obtuvo el premio Junceda de animación en la edición de 2004. En la de 2006 obtuvo una mención especial por su serie de cortinillas para el festival Xinacittà.2005 .
Es profesor en la Escola Massana d’Art i Disseny de Barcelona