

Conocí el trabajo de FV en la muy añorada revista Madriz donde, si no me equivoco, se vieron sus primeras publicaciones. Yo acudía por aquel entonces al instituto y había comprado el número uno de aquella publicación del Ayuntamiento de Madrid en un viaje a la capital organizado por el centro donde estudiaba para ver una gran exposición retrospectiva de Dalí. Ni entonces ni ahora me dicen nada los relojes babosos, pero aquella modesta revista (el número uno era en blanco y negro y contaba con poquísimas páginas) fue una revelación. Tanto que, a pesar de mi exiguo presupuesto, a aquella compra siguieron otras con enfermiza puntualidad mensual. Uno de aquellos números que comenzaba a coleccionar me trajo la sorpresa de unos músicos de jazz, estilizadísimos, referenciales, llenos de movimiento y nunca antes vistos. El nombre del ilustrador no me decía nada. Mi cultura visual era limitadísima (problemas de los años anteriores a internet) y no supe ver entonces los evidentes padres de aquello que tenía delante. ¡Cáspita! ¡Dibujos así no los había visto nunca! ¿Era aquello acuarela? ¿Aerógrafo? ¿Cómo demonios estaban hechos esos fondos? Más allá de la técnica, impecable, ahí había un dibujante. Justo lo que yo creía que quería ser.
El autor de aquellos primeros dibujos fue creciendo a ojos vista en los esperadísimos números de Madriz: desarrolló un estilo alegre y juguetón plagado de jazz, cromados y trajes con descomunales hombreras y a aquellas primeras series de músicos de jazz continuaron experimentos narrativos de más calado, influenciado sin duda por el clima de efervescencia visual que respiraba la revista. También yo fui creciendo, me mudé a Madrid para estudiar Bellas Artes y publiqué mis primeros dibujos en Madriz justo cuando se extinguía.
No sería la primera vez que llegaba tarde a algo.
En aquel triste momento, que me gusta asociar al principio del declive del Partido Socialista en Madrid, perdí la pista a mis dibujantes favoritos. Continué leyendo y aprendiendo con otras revistas (El Víbora, Cairo, Cimoc) pero todos aquellos ya familiares nombres de Madriz habían desaparecido rumbo a otros trabajos y a otros proyectos que desgraciadamente nunca tuvieron la continuidad que merecían. Alguno, supe después, metió cabeza y escondió talento en el diseño gráfico, otros migraron al universo mejor considerado de la pintura y hubo más de uno que escuchó los cantos de sirena de la publicidad.
Terminé, cansado, la Facultad y comencé a trabajar para la agencia de publicidad de la que, casualidades de la vida, acababa de salir Fernando Vicente camino de un reto profesional más exigente. Allí trabajé en el equipo creativo en el que él había sido director de arte. Teníamos amigos comunes, pero nunca coincidíamos. Hay caminos que parecen mal dibujados y no acababan de cruzarse...
Nos conocimos por fin en una extraña cena de profesionales de hace un par de años. Allí hablamos de conocidos y experiencias comunes y manías compartidas. Allí le dije que conservaba una carpeta de recortes de algunos de sus trabajos publicados que podía pasarle para que completase su archivo. Siempre he guardado las cosas que me gustan y después de muchos años de alimento regular, la carpeta "Fernando Vicente" llegó a tener un grosor considerable... No recuerdo ahora si la carpeta cambió de manos, pero desde entonces he visto con regularidad a Fernando (¿cómo es que unas veces no existe la casualidad y otras no deja de manifestarse?) y hemos comenzado a compartir una sección en El País, el periódico para el que trabaja desde hace años y donde ha conseguido llegar a ser "marca de la casa", algo verdaderamente difícil en el inestable mundo de la prensa diaria.
Allí tengo la suerte de disfrutar y aprender del trabajo de Fernando. En él hace tiempo que desaparecieron los cromados, pero perviven esas expresivas manos, imposibles de copiar, que no dejan de sorprenderme. ¡Maldición, y esos turquesas...!
(Badajoz, 1967) Estudió Bellas Artes en la Complutense de Madrid y diseño gráfico en St. Martins de Londres. Trabajó como Director de Arte en J Walter Thompson antes de dedicarse por completo a la ilustración. En la actualidad hace libros infantiles para Santillana, Anaya o SM e ilustraciones de prensa para el periódico El País. Algunos de sus títulos: Bebop, publicado por Ediciones de Ponent con texto de Felipe Hernández Cava; La niña y el oso, publicado por Editorial Diálogo con texto de Antonio Ventura; El Balonazo, publicado por Editorial SM con texto de Belén Gopegui; Una de piratas, publicado por Editorial SM con texto de Jose Luis Alonso de Santos y Se acabó la función, publicado por Editorial Anaya con texto de Fernando Lalana. Su web es www.4ojos.com