

Quizás el poeta cubano más importante de la actualidad. Un hombre cuyo norte permanente es la poesía, la belleza inefable que se esconde en las hojas en blanco que quedan por escribir. Un hombre que añora una patria arrebatada, una patria de imaginación: una utopía que vive y respira en su poesía. Un hombre cuyas letras, bien decía Paz, saben bailar y cantar, cada verso es un canto de pájaro que persigue una flecha habitada de sueños y agua, de vida y fiesta, que vuela y se cuela en una rendija que esconde el universo, ese es Orlando González Esteva.
¿Qué edad cumple la luz esta mañana?, es el título de una antología que lanza el Fondo de Cultura Económica, presentada por el poeta durante su visita a México con motivo del Festival de la Palabra 2008, una antología que reúne lo más sobresaliente de su obra poética y ensayística, desde Mañas de la poesía hasta Casa de todos —libro de haikus que sólo se ha publicado en España.
Me gustaría iniciar con algo que me decía usted en una ocasión anterior, que es un escritor al que le cuesta escribir, enfrentarse a la página en blanco y que nunca queda conforme con lo que escribió, ¿cómo es el proceso creativo de Orlando González Esteva?
En la pequeña nota que sirve de prólogo a ese libro que acaba de publicarse (¿Qué edad cumple la luz esta mañana? FCE, México, 2008) y que es una nota que escribí en 1978 comienzo diciendo: escribir es no dar con la palabra. Yo muy pocas veces quedo complacido con lo que escribí. Siento que algo se me da y que luego lo que yo tengo que aportar de mi parte nunca está a la altura de lo que se me da. De manera que la palabra insatisfacción rige mi relación con la poesía; hay una búsqueda constante de una suerte de plenitud que alcanzo de manera intermitente pero no absoluta y quizá por eso sigo escribiendo porque siempre uno acaricia la esperanza de algún día escribir como quisiera escribir.
Este título que acaba de aparecer en México, ¿Qué edad cumple la luz esta mañana?, lleva ese título porque ese es uno de los pocos versos míos que me complacen. Y pensé que si nada de lo que aparece dentro del libro tiene valor, por lo menos ese título, ese verso, iba a quedar en el lomo del libro y en alguna biblioteca, alguien, en algún momento, lo iba a leer.
La frase, “¿Qué edad cumple la luz esta mañana?”, se me ocurrió una mañana en la que estaba conduciendo mi automóvil por Miami, ese verso creo que quise utilizarlo no sólo por lo que acabo de decirte, si lo demás no sirve que por lo menos esa frase, que a mí me complace, me represente; sino también porque resume una poética, una forma de entender el fenómeno poético, la poesía como un instrumento de indagación de la realidad.
Cuando uno pregunta, qué edad cumple la luz esta mañana, y espera que alguien le conteste, esa persona que va a contestarle a uno tiene que remontarse al Génesis. Y en ese recorrido hacia atrás y luego quizás hacia delante: podrá verlo todo, repasarlo todo. Además, hay en ese título, ¿Qué edad cumple la luz esta mañana?, una invitación al asombro que también es algo que yo amo, yo creo que la poesía debe sorprender, no por ser ocurrente, no, sino por ser capaz de abrirnos una ventana a una dimensión de la realidad que hasta ese momento de iluminación no conocíamos; a mí la poesía no me puede aburrir, creo que la poesía debe intrigarme, debe incluso divertirme, debe llevarme a reflexionar, pero tiene que animarme a algo, no puede ser una plasta verbal lanzada sobre el papel para que yo me rompa la cabeza a ver si eso tiene algún significado. La poesía debe tener una gracia y una capacidad de seducción que le es muy propia. Así que esa frase, “¿Qué edad cumple la luz esta mañana?”, es una poética, es una actitud ante la poesía y refleja también una actitud ante la realidad.
Una cuestión de asombro que comulga con esa visión de que la poesía puede ser la luna reflejada en una gota de rocío.
Sí, en algún momento de mi vida yo empecé a prestarle una atención mayor a la insignificancia, a tratar de buscar en lo insignificante lo más significante; escribí un libro sobre el garabato sin proponérmelo (Elogio del garabato, 1994), luego escribí un libro protagonizado por las hormigas (Fosa común, 1996), hay uno sobre las frutas (Cuerpos en bandeja, 1998), hay otro sobre la redondilla, y creo que a medida que escribí esos libros me iba dando cuenta de que en mí había esa necesidad de encontrar lo enorme en lo pequeño y de que todo comulgara en algún momento como comulga en ese tanka donde vemos a un grupo de grillos llamarle la atención a un poeta sobre la presencia de la luna dentro de una gota de rocío, para mí eso es la poesía, eso que produce ese poema en el lector es lo que debería producir todo poema; y tú, como lector de poesía sabes que eso no ocurre con frecuencia. Los poemas abundan, la poesía es otra cosa.
Esta relación de lo ínfimo con lo descomunal la ha venido trabajando espléndidamente con el haiku, ¿de dónde nace esta pasión?
Viene de una invitación de un amigo mío, Aurelio Asiain, que en una ocasión me envío varias traducciones de un solo haiku para que yo le dijera cuál me gustaba más, yo me arriesgué a hacer varias versiones de ese poema, me puse a ver sobre ese poeta y, de repente, descubrí que en esas miniaturas podía encerrarse un mundo: ¡un mundo! Creo que era el mismo Bachelard el que decía que la miniatura puede ser el albergue de la grandeza. Yo descubrí que en el haiku se daba la poesía quintaesenciada, que el haiku es en cierta forma la poesía que quiere ser toda la poesía; si a algo aspira la poesía es a hacer todo lo que un buen haiku es.
Quiero decir algo del haiku que me parece importante y que por eso lo he cultivado con tanta intensidad: creo que a diferencia de las formas poéticas occidentales que todos amamos, o que yo amo, el haiku incide en la persona que lo cultiva. Yo puedo pasarme toda una vida escribiendo décimas, sonetos, romances, liras, redondillas, y sin embargo, no sentir que esas estrofas me transforman interiormente; cuando uno accede a dejarse enamorar por el haiku uno nota que dentro de uno algo comienza a cambiar, porque el haiku se convierte en una lupa para todos los sentidos y uno comienza a prestarle atención a lo que antes no le prestaba atención y esa atención suprema lo sensibiliza a uno a cosas a las que uno antes no les prestaba atención; yo ahora salgo al jardín de mi casa, me pasa una mariposa por un lado y a veces la saludo, esto puede ser una tontería pero siento que para mí es natural hacerlo porque esto está en el haiku, a veces pienso que es Kobayashi Issa el que me ha pasado al lado ¡convertido en mariposa!
El haiku lo lleva a uno a comulgar con la realidad de una manera entrañable y acaba tocando la vida de uno, además, la estrofa tradicional que escribimos en occidente exige, casi siempre, un desarrollo; uno puede escribir dos, tres, cuatro octosílabos o dos o tres o cuatro endecasílabos bajo una especie de trance —para escribir un romance o un soneto completo en un trance ya es un poco más difícil—, uno desarrolla una idea, uno sigue un camino, uno participa en la elaboración de ese poema, en el haiku no, el haiku se te da y a través de él se logra lo que yo siempre he querido lograr: no ser yo el que escriba el poema sino sentir que el poema se escribe a través de mí, a veces, a pesar de mí, y que soy el primero en sorprenderse de lo que el poema que yo he escrito dice porque yo no me proponía decir eso, eso lo ha dicho el ritmo, la rima y lo ha dicho, a veces, la brevedad del poema: el haiku.
¿Seguirá cultivando el haiku o hacia dónde se dirige la poesía de Orlando González Esteva?
No quisiera seguir cultivándolo, creo que ya he escrito muchos. En los últimos dos años he estado escribiendo, para un periódico del sur de la Florida, una serie de artículos donde una vez más vuelvo a jugar con esa idea del ensayo reflexivo que de repente se pone a delirar; todos los sábados durante dos años tuve que escribir un artículo, fue una disciplina que me impuse a mí mismo. Mi proyecto actual es recopilar algunos de esos artículos, repasarlos, ajustarlos y organizar un nuevo libro.
Yo he descubierto, muy tarde en mi vida desafortunadamente, que la poesía no tiene por qué recurrir siempre al verso, que la poesía puede darse en la prosa. He descubierto en la prosa otra manera de seguir buscando lo que yo he buscado siempre: ese elemento sorpresivo, inesperado que me abre, insisto, una ventana a una dimensión inédita a la realidad.
Un escritor me decía hace poco que se debe saber cuándo dejar de escribir, ¿realmente existe ese momento?
Yo me veo escribiendo hasta morir y quisiera que así fuera. Una cosa para mí es escribir en verso y otra cosa es escribir en prosa, aunque la prosa que yo escribo tiende a buscar una sustancia similar a la de la poesía. Yo me pongo a pensar y sin querer comienzo a fabular, comienzo a imaginar cosas, comienzo a delirar, de manera que eso que hubiera podido ser un ensayo se convierte de repente, si no en un poema en prosa, en una prosa más cercana a la poesía que al ensayo académico o al ensayo teórico o tradicional. Yo me veo escribiendo siempre, si no es verso, prosa. Pero, para el verso hay que esperar; el verso no puede forzarse porque uno es el primero en darse cuenta de que eso que ha escrito es hijo de una voluntad y de un esfuerzo y que lo que vale es aquello que se le da a uno, aquello a lo que uno le ha servido de instrumento. Pero esa insatisfacción, hasta hoy, no me ha llevado a darme por vencido, al contrario, siempre espero con ilusión una racha de facilidad creadora donde vuelvo a sentirme poseído por esa habilidad extraña que no es mía y que me alcanza por momentos para escribir un poema.
Fuente: Siempre / México / / www.siempre.com.mx
Jueves, 18 de diciembre de 2008