

Aun cuando se le acabe de conocer, puede pensarse que uno ha sido amigo de Orlando González Esteva desde hace mucho, pues se trata de un hombre de maneras educadas y afectuosas que propicia que la conversación ocurra naturalmente. González Esteva estuvo en la Ciudad de México invitado al Festival de la Palabra y su viaje coincidió con la publicación de ¿Qué edad cumple la luz esta mañana?, una antología de su poesía editada por el Fondo de Cultura Económica con prólogo de Alberto Ruy Sánchez y epílogo de Juan Malpartida, cuyo título, me confiesa el poeta cubano que vive en Miami desde los años 60, “es uno de mis pocos versos que me tienen satisfecho, así que tengo la esperanza que alguien lo lea y lo recuerde cuando lo vea en el canto del libro entre otros volúmenes”.
Luego de que ha firmado ejemplares de su antología en la librería Educal de la esquina de Belisario Domínguez y Argentina, Orlando González Esteva camina conmigo por las calles del centro de la Ciudad de México hasta la Casa de las Sirenas, en cuya terraza, desde la cual puede verse la catedral, toma un refresco de manzana mientras conversa conmigo, que bebo un tequila con una cerveza.
“La historia de este libro”, refiere luego de sonreír, “es la historia de un repaso. Uno va escribiendo, pasan los años y uno no puede impedir arrepentirse de haber escrito mucho de lo que escribió. Algunos de los libros que aparecen en esta antología se publicaron en Editorial Vuelta. Al morir Octavio Paz y luego desaparecer Vuelta, esos libros desaparecieron de circulación, y hay un par se esos libros por los que siento cierta preferencia, y siempre quise que volvieran a estar disponibles en México para yo poder regalarlos, para yo poder compartirlos con algunos amigos. Y al deseo de volver a ver esos libros editados se sumó también esa necesidad de editarme a mí mismo, de quitar cosas que hoy no me complacen, que casi me avergüenzan, y de ofrecer un libro que me retrate de mejor forma. Ese fue el origen de esta antología. Yo le manifesté este deseo hace algunos años a Alberto Ruy Sánchez y fue Alberto el que presentó el proyecto al Fondo de Cultura Económica”.
DF: motivo de fiesta
Desde que tenía doce años, Orlando González Esteva vive en Miami, donde se dedica a la radio. Hace poco realizó un programa acerca de las focas en el Caribe. “¿Tú sabías que hubo focas en el Caribe?”, me pregunta para luego contarme que, antes de irse a vivir a Miami, estuvo cuatro meses en la Ciudad de México, “me había enamorado de esta ciudad, porque yo vivía en un pequeño pueblo de la provincia más oriental de Cuba, y no tengo que decirte lo que era para un niño cubano llegar al Distrito Federal en el año 65. Esta ciudad sigue siendo muy bella. Para mí, sigue siendo motivo de fiesta venir a ella, pero, si no me equivoco, entonces era más bella que ahora. Era una ciudad llena de flores, más tranquila, con menos gente, y yo me dije en lo más íntimo: ‘si yo no puedo regresar a Cuba, yo quisiera venir a vivir a México’”.
Recuerda asimismo que las décimas que conforman su primer libro, Mañas de la poesía, se le aparecieron intempestivamente, llevándolo incluso a pedirle a la que entonces era su novia y ahora es su mujer que le prestara el lápiz de cejas, durante una función de The deerhunter en un cine de Miami, para escribir algunas de esas décimas en el vestíbulo. “Yo sabía que nadie podía interesarse en ellas porque nadie escribía décimas entre mis colegas, las formas tradicionales estaban muy mal vistas, muy desdeñadas. Y yo me sentía completamente fuera de grupo, pero envié esas décimas a un par de poetas que yo respetaba, entre ellos Eugenio Florit y otro miembro de Orígenes, que vivía en Nueva York, Víctor R. Santos, y esos poetas, que no me conocían personalmente, me escribieron unas cartas diciéndome que esas décimas merecían ser publicadas. Me pasé tres años ahorrando para publicar ese libro, lo publiqué en el 81, y envié esos libros a algunos poetas que yo admiraba, los regalé entre amigos, y yo había leído El arco y la lira, que me había marcado, y yo dije: ‘voy a enviarle un ejemplar a Octavio Paz, aunque yo sé que él no puede aceptar ese tipo de escritura criollota, rimada, llena de cubanismos, pero, bueno, para que sepa que hay un cubano en Miami que lo admira’. Y envié ese libro a Vuelta. Pasaron los meses, un día llegué a mi casa de soltero, y me encontré con un número de la revista Vuelta y una reseña de Paz”.
Colaborador de Vuelta
A la carta de agradecimiento de González Esteva, Paz le respondió con otra en la cual lo invitaba a colaborar en Vuelta, y la primera vez que lo visitó en su departamento de la calle Río Guadalquivir, en la Ciudad de México, Paz le preguntó si había seguido escribiendo y le propuso publicar esas décimas y un nuevo libro, que resultó ser El pájaro tras la flecha, en la editorial que estaba ideando.
Cree que ese hecho, entre otras cosas, le permitió “seguir haciendo lo que yo quería hacer, aunque no complaciera a todos mis compañeros de generación. Descubrí que uno tiene que escribir como puede escribir, no como quiere escribir; simple y llanamente tiene que serse fiel a sí mismo”.
Entre las maneras que acaso González Esteva ha encontrado de serse fiel se hallan las formas tradicionales poéticas, que no considera que lo restringen, “yo no sé si tenga que ver con esa necesidad mía de encerrarme en una forma y dentro de esa forma encontrar la libertad porque yo soy totalmente libre dentro de una décima o dentro de un haikú”.
Publicado en el diario mexicano Milenio el 22 de enero de 2009