

El corazón se me plisa
como el humo del cigarro
cuando te tomo del jarro
que mi madre trae de misa.
Luego todo haber precisa
en vano que te recuerde,
se vuelve gris lo más verde,
no tengo pies ni zapatos
y estoy solo con los gatos
mirando el sol que se pierde.
La misma descontrolada
actitud de tu plumero
me tiene loco el tintero
y sumida la mirada.
Estoy como si de nada
me peleara con la gente,
como espárrago imprudente
sobre mantel decoroso,
como si tuviera un pozo
aquí, detrás de la frente.
Pongo el sol a mis espaldas
y mi mirada en las sienes
de la noche donde vienes
convertida en esmeraldas.
Acurrucado en las faldas
de los montes me consiento
levantar el pensamiento
y verte reverberar
como si hasta el paladar
de Dios te llevara el viento.
Por los altos corredores
de tu carne han descendido
todas las pajas del nido,
todo el olor de las flores.
Puños de cielos mayores
caen encima de mi mesa,
me hacen trizas la cabeza
minúsculos pararrayos,
pero aunque canten los gallos
sólo el silencio regresa.