

Las miradas ocultas en la rosa
se dirigen al hombre que, abismado,
allá dentro, en el fondo, ha musitado:
sólo la oscuridad es luminosa.
Allá dentro donde la mariposa
es apenas un sueño, donde el prado
es un cáliz minúsculo y cerrado,
donde mana una fuente misteriosa.
Cómo pudo llegar al mismo centro
de la flor no lo sé, porque me encuentro
encerrado también. Alrededor
de mí crece la múltiple corola
de la luz, esa ciega también sola
encerrada en su propio resplandor.
¿Qué tarde desconocida
se posará en los postigos
de mi casa y llenará
de luz los cuartos vacíos?
Ya mi madre se desplaza
de la vejez al olvido
y recupera los ojos
que iluminaron los míos.
Ya mi hermano se despeña
en su vientre, ya he perdido
la memoria, ya no soy
y mi padre es casi un niño.
Ya las paredes se marchan
y el pueblo se ha convertido
en un bosque, ya la isla
es un sueño, ya los indios
la abandonan, vuela el mar
y el tiempo se ha reducido
a las sombras, ya ni Dios
imagina el paraíso.
¿Qué tarde desconocida
se posará en los postigos
de mi casa y llenará
de luz los cuartos vacíos?
Niño dormido,
el recuerdo es un árbol
desconocido.
Crece después,
pero tiene raíces en la niñez.
Mira la luna,
alza el brazo y deténla
sobre tu cuna,
que en ese espejo
sólo la transparencia
ve su reflejo.
Al otro lado
de la luna se encuentra,
niño, el pasado.
Allí tendrá
cielo el árbol que un día
nos cubrirá.
Duerme, pequeño,
a la sombra del árbol
que hay en tu sueño.
Sólo a los pies
de ese árbol el mundo
es como es.