

En el principio fue la Línea,
y la Línea dio a luz el Garabato,
y el Garabato se rompió en mil formas,
y esas formas aún pueblan la Tierra,
La palabra garabato enriquece el diccionario con numerosas acepciones. Se le identifica con un instrumento de hierro torcido, especie de garfio, que sirve para colgar o asir algunas cosas; instrumento tan útil para atrapar y atraer los gajos cargados de frutas como para pescar langostas. De un garabato pudo columpiarse, con la remota majestad de un ídolo, la ciega cabeza de vaca que Jorge Luis Borges admiró en una carnicería de Buenos Aires; otro, lascivo, estuvo a punto de arrancarle la falda a Miss Breen, la setentona dama de ojos azules, seis pies de estatura y aspecto de teniente retirado que arribó con Elizabeth Bishop al puerto de Santos.
Una versión silvestre de este instrumento es la rama desnuda, con punta en forma de horqueta invertida, que el campesino utiliza para agarrar y echar a un lado eí plantón de yerba que degüella el machete. Este garabato adquiere categoría de instrumento musical a manos del negro congo, que lo incorpora a rituales de magia para percutir acompasadamente el suelo y cautivar personas y espíritus. Fernando Ortiz ha recordado con entusiasmo las filigranas rítmicas desplegadas por una orquesta de siete músicos expertos en el manejo de estos garabatos.
Otra acepción sitúa al vocablo como sinónimo de garbo, de manera que una dama con garabato es una dama con aptitudes suficientes para atraer, para llevar tras sí los galanes, como escribiera Covarrubias. En el segundo acto de La Dorotea, Celia consuela a la protagonista quejosa de su aspecto de convaleciente destacando la garabatosa suavidad de su mirada. La sabiduría popular no ha dudado en contradecir esta acepción llamando "garabato" a la persona encorvada o contrahecha. Habrá que convenir con Víctor Hugo en que la columna vertebral tiene sus propios ensueños. Sabemos por varios autores, dice Plinio, que la espina dorsal del hombre engendra una serpiente. Excepto el espíritu, nada más susceptible de convertirse en garabato que el esqueleto humano.
El diccionario mismo da fe de otras contradicciones, llamando garabatos una suerte de frenillo para perros feroces, compuesto de alambres y correas, y a un instrumento dentudo, suerte de rastro de hierro, idóneo para amontonar el estiércol. Garabato: bozal para perros, dientes para la inmundicia.
Sin embargo, no son estas acepciones las que resultan más sugestivas, sino aquella que también aparece bajo el vocablo garrapato, e incluso escarabajo, y que se refiere, en sentido figurado, a cualquier rasgo caprichoso hecho con el lápiz o con la pluma. Esa línea torcida, ese dibujo incomprensible, perfilado un poco a tientas, está estrechamente vinculado al acto creador en lo que éste tiene de abandono, de experimento, de víspera.
El garabato gráfico está siempre a punto de decir algo que de pronto decide no decir. Es una contraseña, un guiño, un secreteo de alguien que pugna por manifestarse y todo lo deja entredicho. Ignoramos a qué viene el debate entre su indudable necesidad de comunicación y su reserva repentina, pero ese debate lo convierte en el precursor por excelencia del arte contemporáneo, cuya pasión, como la del garabato, ha sido despojarse de toda proposición demasiado categórica, cultivando el lenguaje de las insinuaciones y regresando al reino de la reticencia expresiva.
Como su homólogo de hierro o sus remedos musicales y agrícolas, el garabato gráfico parece empeñado en asir algo, sólo que en este caso no se trata de un gajo cargado de frutas, una langosta, un haz de hierba o un espíritu, sino de algo que está al fondo del silencio y que no atina a enunciarse cabalmente. Su aparición en la página recuerda la hendija por donde el creador, garrapateando, intentó arrancarle un fragmento a la otredad.