

Que este poema se extienda
como un enorme hormiguero
no es señal de mal agüero;
sí, de aventura tremenda.
Una letra es una hormiga
o, mejor dicho, la sombra
de una hormiga que en la alfombra
de la nada nos desmiga.
Escribir es hormiguear
sobre el cuerpo firme y terso
que va desnudando el verso
y comienza a respirar.
El compositor que extiende
las manos sobre el teclado
palpa el torso, casi alado,
de un ser que apenas entiende.
La barbilla del pincel
que empuña Goya se enreda
en el sexo, pura seda,
que la maja enrosca en él.
La mejilla del cincel
con el que Fidias escarba
la piedra, empuña su barba,
busca, en la piedra, otra piel.
Escondido en la entrepierna
de la página rebosa
un hormiguero la rosa
breve de la vida eterna.
Una página no es más
que un cielo cuya ranura
-abierta por la escritura-
deja ver lo que hay detrás.
Un cielo tan delicado
como el hilo del pañuelo
que cubre el rostro del hielo
y que nadie ha retirado.
Un cielo para doblar
y hacer una exhortación
(ave, insecto, embarcación:
origami) a trasmigrar.
Un cielo para tender
-a flor de significado—
el cuerpo inmóvil,
varado, del poema: Gulliver.
El poema se incorpora
y me extiende, manuscrito,
su cadáver exquisito.
Luego, para mí ya es hora.
Contra el cielo, ya celaje,
de las páginas que escribo,
veo devorarme vivo
las hormigas del lenguaje.