

A Ida Vítale y Enrique Fierro
Todo lo que brilla ve,
si no en torno, algo lejano.
Ve el relente. Ve el verano.
Ve la luna. Ve la fe.
Ve el relámpago que guiña
y el sol que se deshidrata.
Ve la cuchara de plata
y el corazón de la piña.
La ventana que el vecino
ilumina a medianoche
ve, y la pintura del coche
fúnebre que abre el camino.
Tras las pompas de jabón
velan las hadas madrinas,
y el faro, cíclope en ruinas,
ve en la sombra a Poseidón.
La pupila del quinqué
mece, por niña, una llama.
Ven la burbuja y la escama.
El ojo de vidrio ve.
Las plumas del colibrí
ven tanto que el ave,
presa de la incertidumbre, cesa
de volar lejos de sí.
Y La isla del tesoro
dispuesta en cualquier estante
no sólo ve: lee el semblante
del lector. Ve el diente de oro.
Ven la bola de billar
y el hielo. Ve la pantalla
del televisor que estalla
en mil colores. Ve el mar.
Y ven la Estrella del Alba
y la gota de rocío.
Ve el sudor, pétalo frío;
ve la perla, ve la calva.
Las monedas que extraviamos,
el espejo que rompimos,
los sueños que no dormimos
ven, saben por dónde vamos.
Que la taza de café
reverbere en mi velorio:
no es un párpado ilusorio.
Todo lo que brilla ve.