

La supremacía de la piña como símbolo de Cuba sería puesta en tela de juicio por Juan Cristóbal Nápoles Fajardo (El Cucalambé), poeta aficionado a la papaya. Pero resulta difícil desbrozar los verdaderos móviles de su predilección, ya que la identificación de la papaya con la entrepierna femenina ha sido parte del repertorio de imágenes eróticas del cubano desde épocas igualmente difíciles de precisar. El poeta Félix Cruz Álvarez me ha llamado la atención sobre los puntos suspensivos que aparecen en una de las estrofas del aparentemente ingenuo poema de Nápoles Fajardo, fechado en 1856: es evidente que el vate, enamorado y jocoso en tantas ocasiones, sabía lo que decía cuando desgranaba esos tres puntos traviesos como las semillas de la fruta que elogiaba e, irreverente, razonaba: “Si la papaya en Cuba es pan bendito, / bendigamos y amemos la papaya.” ¿Cómo explicar, por cierto, la curiosa similitud entre esos signos ortográficos y la semilla de esta fruta? ¿Revelará la tendencia de algunos escritores a prodigarse en ellos una identificación inconsciente, y acaso inconfesable, con la papaya? ¿Dónde, si no en la tierra fértil del silencio, caen los puntos suspensivos? ¿No será la literatura, toda, un inmenso papayal, y el desdén de algunos poetas por la puntuación un odio soterrado a la fruta, un temor a servir al lector de merienda? Los signos ortográficos, el semillero que cubre el centro de la papaya que acabamos de abrir y la filiación de la fruta abierta con el sexo de la mujer me devuelven a la Égloga V de Virgilio, donde un pastor dice a otro: “Mira cómo las vides silvestres cubren la cueva con ralos racimos”, y a la tendencia de más de un pueblo africano a ver en el hormiguero (semillero en andas, abecedario vivo) la vulva de la tierra.
“Lechosa”' se le llama en algunos países a la papaya, y ese solo nombre, cifra de la blancura, invita a pensar en la página en blanco y, sobre la página, como en un puñado de semillas, o en el más delicado monte de Venus, en el poema. Sí, hay que prescindir de este último y devorar la entrelínea (¿la entrepierna?) donde la mirada del lector reposa y ve, de pronto, abrirse paso el verdadero sentido de la obra, la lengua del silencio, la pulpa que el texto cubría y ahora se le escurre por hendijas y bordes.
Hay devotos de lo dulce que desconfían de la papaya y después de espolvorear sus raciones con breves puñados de azúcar añaden al confite, como una perversión, una pizca de sal. Son los sabores del silencio, el velo de la novia, la sábana que cubre la comisura del vientre, que encubre el declive barbiponiente del pubis. Como la papaya oculta en su gran labio entre amarillo y naranja el zumo que le ha ganado el nombre de lechosa, la página en blanco, o espolvoreada de signos, escamotea un sentido, y sólo hincándole la atención (como a la fruta o a la hembra el diente, el comensal hambriento o el macho en el retozo que precede al acoplamiento), suele, al cabo, entregar sus dones.
Aunque el cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo vio en las hojas del papayo “unos pezones largos de media braza o más”, y Clara Inés Olaya nos revela que uno de los vocablos indios utilizados para nombrar el fruto significa “flor de los pechos”, el cubano ha insistido en identificar a la papaya con la vulva, inculcando en algunos compatriotas suyos la “gazmoñería imprudente” (según Esteban Pichardo) de recurrir a un “eufemismo” (según Fernando Ortiz) y preferir, al rotundo nombre de “papaya”, el de “fruta bomba”. Entre los que abogaron por la inocencia de la fruta estuvo Nicolás Guillén:
La papaya.
Animal
vegetal.
No es cierto
que conozca el pecado original.
Cuanto se diga,
mírenla,
es pura coincidencia. Sucia
literatura
que han padecido por igual
la calabaza y la sandía.
Cosas, en fin, de la abstinencia
senil o juvenil)
sexual.
El interesado en obtener información más amplia sobre las connotaciones sexuales de esta fruta y la suerte de apoteosis que esas connotaciones disfrutan en la actualidad, debe acercarse a la obra del pintor cubano Ramón Alejandro (a quien Severo Sarduy dedicara la papaya de su Corona de las frutas), y buscar el libro ¡Vaya papaya!, con reproducciones de algunas obras del artista y texto de Guillermo Cabrera Infante. En medio de una vegetación lujuriosa, y entre presuntos artefactos de tortura, frutas de diversa y a veces misteriosa índole, perros, chivos, plumas de ave, troncos que al recostarse y trabarse improvisan inusitadas arquitecturas (como esqueletos de unas cubanas torres de Babel), máscaras, caracoles, cielos tormentosos y mujeres y hombres desnudos armados con machetes, la naturaleza cubana abre las piernas y muestra la papaya, igualmente abierta, gigante, golosa (“mantequilla de las frutas” la llamó Lezama), llena de semillas desde cuyo brillo alguien parece enfrentársenos con la insolencia de esas ancianas que, clavando la mirada en la de sus interlocutores, pretenden adivinarlo todo. Si, como asegurara Gaston Bachelard, “todo lo que brilla ve”, la entraña de la papaya es toda ojos.
Entre los momentos estelares del teatro cubano que he visto representado, se encuentra una producción de Electra Garrigó, obra de Virgilio Piñera que, al decir de los estudiosos, inicia el teatro moderno en Cuba, y donde uno de los personajes, Clitemnestra Pla, madre de Electra, devora una papaya envenenada. La escena resultaba inolvidable: la actriz, de ojos grandes y rostro francamente hermoso, joven todavía y opulenta, se llevaba una enorme tajada de la fruta a los labios y, aspirándole el aroma, trémula, llorosa, comenzaba a devorarla, lamiéndola primero e, inmediatamente después, llevándosela, toda, a la boca. El jugo se le escurría por las comisuras de los labios, y en su frenesí, aquella mezcla de pulpa y lágrimas acababa emborronándole el rostro. Recuerdo que algunos espectadores, inquietos, tosían o dejaban escapar una que otra risita. No estaban preparados para contemplar -en un lugar público y tan impecablemente vestidos- el acto sexual entre dos mujeres. En La isla del Cundeamor, novela publicada por René Vázquez Díaz en 1995, uno de los personajes deambula con su perro llamado Kafka por el reino de sus matas de papaya y celebra el nombre, sonoro y jugoso, de la fruta: “Papaya, papayita, papayona. ¿A quién no se le llena de saliva la boca pronunciando esas palabras? Papaya es carnosidad pulposa, es la más obscena de las delicadezas. ¿Verdad, queridas papayitas? Míralas qué relamidas, Kafka: parecen muchachas altas y demasiado flacas, exhibiendo sus tetonas verdes y sin ajustadores.” El personaje acabará reconociendo la paradoja de que, al primer machetazo, aquellos pechos se abrirán para dejar salir una multitud de semillitas negras, sudorosas y lubricadas: puro vello púbico. A veces me pregunto si un navajazo asestado a ciertas telas de Roberto Diago y Wifredo Lam, que ostentan papayos frutecidos, no produciría un efecto similar. La imagen de La jungla desgarrada, rezumando pulpa y arrojando un semillero oscuro y viscoso sobre los pisos inmaculados del Museo de Arte Moderno de Nueva York, es tentadora. La riqueza erótica del término “papaya” no alude, en Cuba, a las dimensiones extraordinarias del sexo de una mujer sino a su carácter dominante, autoritario. “Empapayarse”, por otra parte, no es prerrogativa de las damas sino de los hombres: identifica una monomanía de índole sexual provocada en el varón por una de ellas. Entre los amigos de mi infancia que no he vuelto a ver se encuentra uno a quien otro niño travieso rebautizó con el sobrenombre de Papayón. Dicho sobrenombre se inspiraba en la obesidad de nuestro compañero de juegos que, ya a aquella edad, portaba, además de un oneroso vientre, una onerosa papada. Sólo con el tiempo comprendí la crueldad y la agudeza de aquel apodo capaz de enfurecer a mi amigo como ninguna otra travesura hecha a costa suya. Desde entonces, cada vez que pienso en él no acierto cabalmente a distinguirlo: sólo veo una gigantesca vulva, con pantalones cortos y guante de jugar a la pelota que, silbando una cancioncilla, avanza distraídamente por una calle de mi pueblo.