

Hace meses recibí, acompañados de unas líneas, dos manuscritos, uno de sonetos y otro de décimas. El autor era un joven cubano desterrado; Orlando González-Esteva. Aquellos poemas me impresionaron inmediatamente por su inventiva, su frescura, su desparpajo y su rigor. Lo más fácil y lo más difícil, como jugar tenis con pelotas que se vuelven pájaros, conejos y aviones diminutos. Juguetes vivos: andantes, cantantes y volantes. Pensé en el Gerardo Diego de Fábula de Equis y Zeda o en los sonetos y décimas de Lezama Lima. Baile del lenguaje, vacaciones del sentido común, soberanía del disparate, rey vestido de suntuosos ropajes transparentes que dejan verlo en lo que es: otra transparencia. Los poemas de González-Esteva son más frescos y más insolentes que los de sus predecesores: están hechos con aire pero también con una materia explosiva que hace estallar en pleno vuelo a todas las metáforas. Su lenguaje es más popular y directo; por los vericuetos y encrucijadas de sus décimas transitan Sansón Melena. Rinquincalla, Macarina, Rufina, Quirino con su Tres, La Múcura (en el suelo naturalmente) y muchas palabras en forma de mamey, guardarraya, pasipé, jicotea, yagua y su inseparable bibijagua y otros papalotes. Porque, como dice el autor, "la Poesía, sin ser fruta, puede serlo". Y puede serlo porque es "vertiginosa revelación del tintero".
A pesar de mi entusiasmo, no pude contestar a tiempo a Orlando González-Esteva y cuando quise hacerlo me di cuenta de que había extraviado sus señas. Hace unos días me llegó un delgado libro suyo con cincuenta décimas: Mañas de la poesía. Me hubiera gustado un título que aludiese no tanto a las mañas o habilidades de este joven poeta — aunque las tiene— sino a su libre fantasía. Es una cualidad cada vez más rara en la poesía hispanoamericana contemporánea. En las décimas de González-Esteva los substantivos, los adjetivos, los verbos, los adverbios, las conjunciones (¡ah, las conjunciones!) y las otras partes de la oración se echan a volar, se unen con cierto descaro, se dividen, giran y al fin caen justo en la rima prevista. Lo imprevisible regido por las leyes del metro, la rima y la sintaxis. Cada décima es un poliedro verbal cuyas superficies perfectamente pulidas y espejeantes lanzan alternativamente las letras de dos palabras: sentido/sin sentido.Uno esla máscara del otro... Pero es más cuerdo, en lugar de perderse en una larga e inútil disquisición, reproducir cuatro de esas décimas, cuatro pruebas de que el idioma español todavía sabe bailar y volar:
II
Ah, la oscura enredadera
del oráculo imprevisto.
La pasión por donde avisto
el corazón de la fiera.
La plenitud agorera
donde reina un dios distante,
voz de pálido semblante
que de repente se avisa
y como un rayo de tiza
desaparece al instante.
VIII
La mulata santiaguera
se fue metiendo en la noche
montada en el carricoche
de la luna marinera.
Vio la insólita chistera
de la ciudad inocente
arder con su pretendiente
mientras ella, divertida,
retozaba sumergida
en un vaso de aguardiente.
XII
Mi madre tiene una tina
donde se baña una moza.
La moza tiene una rosa
y la rosa una cortina.
No se sabe, se adivina,
un cuerpo desorientado,
una ración de pecado,
un frío como de muerte,
un golpe de mala suerte
y luego el cielo estrellado.
XXXVII
Estaba el morí viví
contemplando la sabana
cuando pasó una ventana
que se abría por allí.
Por ella entró un colibrí
de vuelo desenfrenado,
un machete enamorado
de una gran bata de cola
y una mata de pangola:
la ventana era el pasado.
(Ciudad de México, 31 de marzo de 1914 - 19 de abril de 1998) Poeta, ensayista y diplomático mexicano. Premio Nobel de Literatura 1990.