Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, abril 2009, año 3, número 07
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Los puentes del poema

 

Juan Malpartida

Los cubanos, ciertos cubanos, parecen condenados a tener dos patrias: Cuba y la noche, Cuba y cualquier otro lugar, te­rrenal o celeste. Orlando González Esteva no es ajeno a esta dualidad patria. En su caso, una de ellas (¿quién podría dudar­lo?) es Cuba, de la que salió a los doce años para no salir nun­ca; la otra, la noche constelada de la poesía, una noche solar, un día nocturno. Esa separación, hija de la historia, esa herida histórica, tiene su doble en las palabras. Me atrevo a suponer que ese temprano exilio ha sido en él el comienzo de la poe­sía, es decir: el inicio del enlace, de la restauración simbólica de una falla que es a la vez social y biográfica. Leer a González Esteva es, entre otras cosas, asistir a la exaltación de la ana­logía, desde su amor por la rima (esa misteriosa retórica de la memoria) a lo que me parece más profundo: !a visión, acen­tuada a veces hasta el delirio o el humor, de las correspon­dencias.

Autor de poemarios como Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha (1988), fosa común (1996), Escrito para borrar(\997) y La noche (2003), lo es también de diversas prosas, de las que quiero destacar Elogio del garabato (1994) y Mi vida con los delfines (1998), libros que hubieran encantado a más de un surrealista y que ocupan ya, con un buen puñado de otros poe­mas, un lugar insoslayable en nuestra memoria poética. Ambas obras colindan con la tradición del poema en prosa y con el gusto por lo que llamaría las "digresiones concéntricas" pro­pias, en la tradición francesa, de un Henri Michaux. En cuanto a Fosa común, por su imaginario y por su retórica, enlaza con la escatología barroca y la agudeza metafórica de la poesía cu­bana que tuvo, por centro, el grupo de Orígenes. Además, su amor por la analogía, el humor y la metáfora lo hace heredero del mejor Gómez de la Serna. En realidad, estos dos libros, que en su edición en España se recogieron en un mismo volumen, suponen la exploración de un mundo propio, mundo hecho de obsesiones, intuiciones y, quizás lo más raro, fidelidad. Una fi­delidad que nos ofrece de inmediato un rostro: el de lo autén­tico. Pocos poetas de la lengua española actuales tienen una relación tan verdadera (y de tan alta calidad) con las palabras, una relación que oscila de la confianza a la sospecha, de la ado­ración a la ironía, aunque, es cierto, se trata siempre de una ironía no exenta de sonrisa. No es el bisturí de Michaux sino la mirada que al cortar cauteriza. Elogio es, en algún sentido, un libro de poética que no está basado en los grandes tópicos que han informado a la poesía sino en su lado opuesto, la anécdota insumisa de lo cotidiano. González Esteva parte de lo roto, del desvarío, del hilo suelto, de la mancha o de la grieta para re­construir no lo que fue sino lo que late en el fondo y apenas se insinúa. Ai interrogar lo fragmentario y huidizo, los cabos de una realidad que no termina de mostrarse, el poeta cubano nos revela su concepción del hombre como naturaleza caída, no por la culpa sino a causa de la conciencia de la separación y de la muerte. La misión de la poesía es la de juntar cabos y para lograrlo los inventa partiendo del garabato mismo de la vida. De nuevo hay que volver a Fosa común porque este poema con­figura un ceremonial suntuoso y humorístico, una suerte de palingenesia realizada, milímetro a milímetro, por un voraz y jazzístico hormiguero en el que no es difícil adivinar el ritmo profundo de lo poético. Por otro lado, esa vida hecha de fragmento y palimpsesto es también una nueva y convulsiva me­táfora del exilio.

Sus poemas en sentido estricto están realizados, todos o casi todos, en formas tradicionales, desde el silogístico soneto, cultivado sobre todo en su primera etapa, a la vaporosa redon­dilla, capaz, en ciertos momentos de la obra de González Esteva, de burlar nuestras rígidas concepciones, nuestro ánimo ceñu­do con un humor que gira en pleno aire para convertirse, de pronto, en flecha certera que hiela la iniciada sonrisa. Mañas, sin duda, de la poesía, pero mañas que juegan con el mismo poeta porque se trata de un juego serio: aquel en el que nos la jugamos. Este amor por las formas fijas y por el juego está le­jos de ser en González Esteva, como lo es en muchos, acentua­ción de procedimientos que parecieran bastarse a sí mismos. Ya he dicho que la sonrisa que a veces sugiere el poema es tam­bién algo más que una delicadeza: es una manera elegante de mostrar la dimensión irresoluble de la existencia.

No es casualidad sino feliz fatalidad que González Esteva haya traducido a varios poetas japoneses. Su traducción de Kobayashi Issa es modélica, a pesar de estar hecha a partir de diversas versiones del inglés. ¿Cómo llegó nuestro poeta tan cerca del mundo de Issa? Es un misterio. Pero quizás encontre­mos alguna pista si atendemos a la propia poética del poeta cubano y a algo que se descubre comparándolos: cierta afini­dad de la sensibilidad. Paralelamente a la traducción de haikus, González Esteva comenzó a escribir poemas en dicha estrofa, siguiendo en muchas ocasiones el espíritu sugerente, abierto y reticente de este tipo de poemas. Estos haikus le han aportado la posibilidad de atrapar -literalmente— fragmentos enteros de una realidad minuciosa e inmensa.

No es el momento de extenderme sobre la obra de este poe­ta que quiero y admiro (todo lector puede entrar por sí mismo donde de verdad importa, en la casa del poema); pero sí quiero cerrar estos apuntes señalando en Orlando González Esteva a un poeta que ha cubanizado el orbe; es decir, que ha tomado el mundo cubano como crisol de analogías. Por lo tanto, ha construido y construye una patria cuya identidad está regida por la conjunción de los contrarios. Una respuesta moral desde la profundidad del ritmo.

 

Nota del editor

Este trabajo sirve de epílogo a la Antología personal ¿Qué edad cumple la luz esta mañana?

 


Juan Malpartida

(Marbella, Málaga), 1956) Se ha desempeñado Redactor Jefe de la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Fue coordinador de la revista de arte Galería. Ha colaborado con ensayos y crítica literaria en las revistas y culturales de periódicos: El Urogallo, Antrhropos, Vuelta, Letras-Libres (México), Sintaxis, Diario 16, Revista de Libros, Barcarola, Crítica de la razón práctica, RevistAtlántica, etc. Conferencista sobre temas literarios en diversas universidades españolas y extranjeras. Premio Anthropos de poesía (1989), Premio Bartolomeu March, 2003, al mejor artículo de crítica literaria publicado en 2003, por “Ezra Pound en su laberinto” (concedido por un jurado formado por Fernando Savater, Cabrera Infante, Eduardo Mendoza, Félix de Azúa y otros). Ha sido traducido al inglés, francés, portugués e italiano. Ha publicado, entre otros, Reloj de viento y Los rostros del tiempo.

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