

"Un poeta que ha cubanizado el orbe; es decir, que ha tomado el mundo cubano como crisol de analogías. Por lo tanto, ha construido y construye una patria cuya identidad está regida por la conjunción de los contrarios. Una respuesta moral desde la profundidad del ritmo". He tomado ese texto del epílogo que el escritor y crítico español Juan Malpartida redactó para ¿Qué edad tiene la luz esta mañana? (Fondo de Cultura Económica, México, 2008), de Orlando González Esteva. El libro lleva además una extensa introducción del novelista mexicano Alberto Ruy Sánchez, para quien los poemas de González Esteva "son solares, sustanciosos, con frecuencia sonrientes y siempre exploradores de lo excepcional en el mundo".
Es significativo el hecho de que sean dos destacados autores no cubanos quienes presentan y valoran la poesía de González Esteva. Como también lo es el que una editorial tan exigente como el Fondo de Cultura Económica le publique, dentro de su colección Tierra Firme, un volumen antológico de su obra. Ambos vienen a confirmar la excelente recepción y el inobjetable prestigio que tiene la poesía de González Esteva, y que ya desde Mañas de la poesía (1981) mereció la bendición, entre otros, de Eugenio Florit, Jorge Guillén, Enrique Labrador Ruiz, Justo Rodríguez Santos y Octavio Paz, quien después le editó tres de sus poemarios posteriores.
Dado su carácter antológico, para quienes no conozcan la poesía de González Esteva ¿Qué edad tiene la luz esta mañana? constituye un punto de acceso óptimo a ella. En esas 292 páginas están resumidas sus tres décadas de dedicación y fidelidad a la poesía. La selección fue hecha por él mismo, y en ella aplicó un criterio en el que la exigencia se aproxima a la severidad. Él mismo ha comentado que, además de la alegría de ver que algunos de sus poemarios publicados por la desaparecida Editorial Vuelta regresan a las librerías, esta antología le dio también la oportunidad de haber podido despojarse de muchos textos que lo avergüenzan y que quería dejar atrás. Y agrega: "Me siento más ligero desde que la antología se publicó. No me he querido asomar a ella, porque sé que todo sería reproche. Pero el escritor que veo aquí está más cerca de quien quiero ser".
La lectura de ¿Qué edad tiene la luz esta mañana? revela, ante todo, que como todo buen poeta, González Esteva no se limita a repetir fórmulas y siempre sabe sorprender. Dicho con otras palabras, sabe conjugar con acierto unidad y variedad. Con Mañas de la poesía trajo a la poesía cubana una nueva música –y aquí el término no está usado por azar–, llena de emoción y pureza, y creada a partir de un admirable equilibrio entre modernidad y tradición, entre la adecuada dosis de claridad y misterio que debe poseer la verdadera poesía.
En esos textos su autor optó por situarse al margen de las corrientes de moda y se ciñe a la poesía con métrica y rima. En su caso, sin embargo, eso no suponía un regreso a una tradición caduca y ya agotada, sino que respondía al propósito de recuperar unos mecanismos literarios que, como el propio González Esteva argumenta, le permiten "actualizar viejos ritos de creación, abracadabras capaces de obtener el concurso de lo indecible, de fijar el guiño socarrón y cómplice que se me hace entrelíneas; la fisura por la que escapa un atisbo de la otredad, un pájaro del trasmundo donde empolla lo sagrado". Lejos, pues, de considerar esas formas poéticas como escollos o camisas de fuerza, las ve como trampolines, como mecanismos liberadores, como una cantera de posibilidades.
De ese convencimiento de que tradición es sinónimo no de caduco sino de perdurable, surgieron las cincuenta décimas de Mañas de la poesía (aparecen recopiladas en su totalidad en ¿Qué edad tiene la luz esta mañana?). En ellas González Esteva desgrana una poesía fresca, cordial, imaginativa, que destila humor e inteligencia. Como ocurre cuando están escritas por un buen poeta, sus décimas fluyen con una gran naturalidad, como si se dictaran a sí mismas: "En la calle y sin llavín/ se quedó la concurrencia/ cuando pasó la Inocencia/ del brazo de aquel jazmín./ La persiguió el retintín/ de un filósofo que aullaba,/ un rimador que buscaba/ sílabas de polo a polo,/ pero ella dijo que sólo/ con una flor le bastaba".
En la tradición cubana, la décima está íntimamente vinculada a la música, lo cual tiene mucho que ver con la brevedad de la estrofa y la distribución de las rimas (hay, no obstante, ejemplos de décimas sordas o incapaces de cantar, como las que escribió Lezama Lima). Las de González Esteva, lo mencioné antes, se distinguen por su singular y misteriosa musicalidad, algo que llevó a Octavio Paz a presentarlas como "pruebas de que el idioma español todavía sabe bailar y cantar". Es ésa precisamente una de las razones del impagable placer con que se leen esos poemas. A ello contribuyen también el tono jocoso y el desparpajo con que están escritos, así como la inclusión de canciones, refranes, dicharachos, frases hechas y personajes típicamente cubanos.
Entre Mañas de la poesía y el siguiente poemario, El pájaro tras la flecha (1988), se advierten unas marcadas diferencias, perceptibles sobre todo en el tono. González Esteva entendió que insistir en la décima podía llevarlo a un camino sin salida y asumió una voluntad de cambio. No se apartó, sin embargo, de las formas tradicionales y para expresarse adoptó ahora la lira, el romance y el soneto. Las diferencias entre los dos libros, insisto, radican esencialmente en el tono, pues ambos participan de similares preocupaciones. Una de ellas, acaso la más significativa, es la naturaleza del acto creador. Un tema que aparecía ya en textos como "Al fin y al cabo es un lío", "Pensando en las musarañas", "Poesía, vertiginosa", "Le zumba el mango" y "Al fin y al cabo es oscuro" de Mañas de la poesía.
Por otro lado, el ludismo y la predisposición al disparate no se han disipado del todo, y aparecen en algunos de los textos ("Yo nací al alborear el Siglo de Oro, / soy autor de La isla del tesoro/ y Madame Bovary tiene razón// cuando afirma que nunca me hizo caso. / La recuerdo, desnuda en el ocaso,/ saludando las naves de Colón", escribe González Esteva en uno de ellos). Pero el tono jocoso ha sido reemplazado por una actitud más meditativa. Eso lo lleva al autor a ampliar su repertorio temático, al cual incorpora asuntos como la infancia, el exilio, la muerte. Asimismo la poesía y la reflexión sobre los rudimentos que intervienen en el acto creador ocupan un espacio mucho más amplio, y puede afirmarse que es el tema dominante en El pájaro tras la flecha. Al mismo González Esteva le dedica numerosos poemas, pero también lo inserta insistentemente en otros ajenos a él.
En esos poemas, su escritura además muestra una mayor madurez, lo cual se pone de manifiesto en la depuración del lenguaje y en la capacidad para lograr que, sin perder profundidad y misterio, su poesía sea cercana y cálida. Es ése uno de los rasgos distintivos de su poética, y el propio autor lo define en estos términos: "Siempre he tendido al claroscuro. Creo que un poema ideal es, más que una claridad o una oscuridad, una fulguración, un chisporroteo donde ambas cosas, claridad y oscuridad, se disputan simultáneamente la primera plana". El pájaro tras la flecha supuso indudablemente un notable salto cualitativo respecto a Mañas de la poesía. Llama por eso la atención que esté representado de manera tan pobre en ¿Qué edad tiene la luz esta mañana?: de los setenta y tres poemas que tiene el libro, González Esteva apenas recoge veinte.
Ese lector al que antes me referí, y que accede por primera vez a la obra de González Esteva a través de esta antología, me imagino que se mostrará sorprendido al llegar a los bloques dedicados a Elogio del garabato (1994), Cuerpos en bandeja (1997), Mi vida con los delfines (1998) y Amigo enigma (2000). En esos libros, su autor abandona la poesía y adopta la prosa como vehículo expresivo. Pero como ocurre con tanta frecuencia en sus textos, esa mutación es engañosa ("todo es trampa, espejismo, plenitud postergada", dice él mismo al presentar El pájaro tras la flecha). En las búsquedas a las que lo llevan su preocupación por mantener un permanente y claro crecimiento, descubrió en la prosa un medio idóneo para continuar escribiendo poesía. González Esteva se muestra tan apto para adoptar la estructura del ensayo como para desenvolverse en la prosa poética. No importa la forma que utilice. En todas se advertirá la marca indeleble de su talento, y el resultado es una perfecta combinación de sensibilidad, belleza y vuelo imaginativo: "Le pregunté a un dibujo por la utilidad de los espacios en blanco. Son indispensables, me dijo. –Lo que para ustedes, Dios.// Y esbozando un gesto que me abarcaba, añadió: Si no, ¿con quién íbamos a conversar?".
En Elogio del garabato y Cuerpos en bandeja (y también en varios de los textos de Amigo enigma), González Esteva despliega su pasión por buscar la grandeza de lo insignificante (el garabato, las frutas). Acerca del primero de esos títulos, Juan Malpartida ha señalado que "es, en algún sentido, un libro de poética que no está basado en los grandes tópicos sino en su lado opuesto, la anécdota insumisa de lo cotidiano". También es una poética Mi vida con los delfines, que muy bien pudo haberse editado en un mismo volumen con Escrito para borrar (1997). Si en este último González Esteva recoge veintiocho redondillas, en el otro reflexiona sobre esa estrofa, a través de un conjunto de inteligentes y deliciosas fulguraciones y asociaciones.
Junto a esa exploración de caminos nuevos, en todos esos libros también se puede rastrear la continuidad respecto a los anteriores. Además de algunos temas que en González Esteva son recurrentes, reencontramos el juego y el humor que esconde un trasfondo serio, elementos que ahora vuelven a ser potenciados. Es, en mi opinión, algo sobre lo que vale pena insistir, dado que muchos se empecinan en creer que la gracia y la ligereza son incompatibles con la profundidad. Pocos son los poetas cubanos cuya lectura sea tan gozosa y ofrezca tantos momentos de deleite e iluminación. Leer a González Esteva es siempre una experiencia que enriquece tanto como se disfruta. Y es una de las razones que hacen de él un creador saludablemente singular.
Además de esos libros, González Esteva publicó en 1996 Fosa común, que recoge un único poema que, como él anota, "se extendió más allá de lo previsto" (está compuesto por ochenta y tres redondillas). En los primeros versos, una enorme caravana de hormigas viene por el sujeto poético que, ufano, les entreabre su cuerpo. Unas pocas líneas después, aparece la Muerte, y luego leemos: "Al verlas ir y venir/ conmigo en hombros no sé/ si me reconoceré/ cuando acabe de escribir". Al tema de la muerte se incorpora así el de la escritura: el cuerpo devorado vivo por "las hormigas del lenguaje" simboliza el acto poético.
Unos cuantos de los textos que forman parte de los poemarios antes mencionados se distinguen por su brevedad. Eso responde al principio estético, defendido por González Esteva, de poder expresar mucho en unos pocos versos. "He ahí el mejor poema: una totalidad en miniatura repleta de significados", afirmó en una entrevista. Era inevitable, por tanto, que llegara al haiku, esa forma quintaesenciada de la poesía. De hecho, ya El pájaro tras la flecha incluyó un poema que sencillamente tituló "Haikú": "Peces: cabriolas/ de la luz atrapada/ bajo las olas". Al mismo tiempo que trabajaba en Hoja de viaje (2003), su excelente traducción al español de los poemas de Kobayashi Issa, González Esteva comenzó a escribir sus propios haikus. Los recopiló en los últimos libros que ha publicado hasta la fecha, La noche (2003) y Casa de todos (2005). Él, no obstante, prefiere decir que el primero juega a ser un cuaderno de haikus y el segundo, es una colección de poemas breves.
No estamos, conviene aclararlo, ante poemas japoneses escritos en español, lo cual a su autor se le antoja un tanto peregrino. Son textos poéticos en los que él busca recrear los atributos característicos del haiku: el encanto, la delicadeza y esa intrínseca sencillez que constituye un desafío a la capacidad imaginativa del lector. Todo eso está espléndidamente logrado en ambos libros. De La noche reproduzco éste: "Noche entre rejas:/ las que pasan tus ojos/ cuando los cierras"; y este otro, de Casa de todos: "Aun en Cuba,/ si los pájaros cantan/ añoro Cuba". Adentrarse en esas dos obras, de las cuales se recogen unas pocas piezas en ¿Qué edad tiene la luz esta mañana?, significa verse recompensado por unas páginas que rebosan sensibilidad, rigor, talento, y que son un modélico ejemplo de cómo escribir excelente poesía sin levantar la voz y con una sencillez que, una vez más, es engañosa.
Los poetas abundan, pero ya se sabe que la poesía es otra cosa. Leopoldo de Luis la definió como "un ir y venir de alas extrañas", y de acuerdo a él, cuando se posa en una página nuestra podemos sentirnos privilegiados. Privilegiado, pues, debe sentirse Orlando González Esteva. En ¿Qué edad tiene la luz esta mañana?, la poesía se ha posado y ha hecho de esas páginas su morada.
(Cuba, 1950). Crítico e investigador. Licenciado en Teatrología en el Instituto Superior de Arte de La Habana. De 1986 a 1998 residió en España, cuya nacionalidad adoptó en 1990. Allí trabajó en Televisión Española y en el Centro de Documentación Teatral del Ministerio de Cultura, para el cual coordinó los cuatro volúmenes de Escenarios de Dos Mundos. Inventario Teatral de Iberoamérica. Colaboraciones suyas han aparecido en publicaciones de Cuba, Hispanoamérica y Estados Unidos. Ha compilado y prologado varias antologías y es autor de los libros Tres cineastas entrevistos, Cercanía de Lezama Lima, Lo que opina el otro, El Peregrino en Comarca Ajena e índice de la Revista Exilio (1965-1973) y Virgilio Piñera en persona.