

Buenas noches. Quiero agradecer, antes de comenzar mi breve presentación, la gentileza y la deferencia del CCE y la del poeta al invitarme a compartir mis lecturas y reflexiones con ustedes en esta velada dedicada a la obra de Orlando González Esteva y a celebrar la publicación por el Fondo de Cultura de México de su antología titulada ¿Qué edad cumple la luz esta mañana?
Si alguna autoridad me asiste a presentarme aquí esta noche, es la de haber asistido con renovada sorpresa y deleite a las diferentes etapas de la escritura orlandiana, no sólo en calidad de amigo y compañero de clase desde la adolescencia, sino de lector que ofrece hoy –sucintamente, como la ocasión y la cortesía imponen—el fruto de su personal acercamiento a prosas y poemas; un acercamiento que habrá de mostrar, acaso, simpatías y diferencias con otras lecturas, algunas de ellas muy autorizadas, como la de Octavio Paz (cuyo merecido reconocimiento le abriría a nuetro poeta las puertas de la consagración en las letras de Iberoamérica y de España); la del novelista mexicano Alberto Ruy Sánchez, y la del estudioso cubano Carlos Espinosa Domínguez.
“Forma clásica y sensibilidad moderna” escribe Carlos Espinosa sobre los versos de González Esteva. Matizando un poco estas palabras, es decir tratando de precisar e ilustrar un poco lo que ellas apenas sugieren, yo diría que como cierta zona de la poesía contemporánea de nuestra lengua, tiene por punto de partida el modelo barroco y el vanguardista; del primero hereda y continúa el cultivo acendrado de las formas “cerradas” de la lírica occidental tan ejemplarmente estudiadas por Karl Vossler y la fascinación por la imagen, que se prolonga hasta bien entrado el siglo XX, así como el gusto de la paradoja, que a veces –verbigracia Unamuno—puede apuntar a un hallazgo psicológico, o puede acunar una acutezza de aquellas caras a los poetas y prosadores europeos del siglo XVII. Del segundo, que acaso el poeta no reconozca o admita sin reparos –celoso siempre de su forma elegida—conserva el impulso sostenido hacia un horizonte siempre cambiante de posibilidades expresivas; de él tiene también el espíritu lúdico, el dinamismo que exige del lector una constante vigilancia para no dejar escapar, en un pestañeo irresponsable, el relámpago incesante de la sorpresa. Su interés por el haiku tiene también su origen en la búsqueda vanguardista por la concretización y primacía de la imagen, por la fijación del instante lírico en un trazo verbal relampagueante; no en vano la crítica ha visto en el modernista mexicano José Juan Tablada, introductor de esa estrofa japonesa en la poesía hispanoamericana, un pionero de nuestra vanguardia poética. El primer libro de haikus, de González Esteva, La noche— da testimonio de esta filiación.
No menos digno de mención es el rechazo de toda efusión íntima o teñida de emotividad. Tras el juego lúdico y las audacias formales de Mañas de la poesía (1981), el libro que inspirara un fervoroso comentario de Octavio Paz, en las siguientes entregas del poeta la emoción lírica –que garantiza la perdurabilidad de la poesía-- no está ausente de su escritura; lo que sucede es que el yo poético, la voz que anima con su aliento las palabras, aspira a comunicar una emoción universal, común a todos los seres sensibles, como sucede con la expresión lírica de un, por ejemplo, Jules Supervielle, el gran poeta uruguayo-francés que supo unir en un acento irrepetible la levedad y la hondura.
La presencia de Cuba en toda la escritura de González Esteva es, aun cuando no la menciona, ubicua. Cuba es la “Última Thule”, “Eldorado”, el paraíso perdido de la infancia, el objeto constante de su nostalgia y de su esperanza. Detrás de la sonrisa, del afán lúdico que anima esta obra siempre en marcha, la presencia de Cuba se filtra en cada página. Lo que en Mañas de la poesia fue un feliz remozamiento de tópicos de la cultura y aun de la subcultura cubanas, asumidos como sustancia del discurso poético y elevados a un plano poético por el fervor de la añoranza y la gracia de la forma, se convierte en la poesía y la prosa posteriores en el diseño, a través del pasado y el presente artísticos cubanos (de sus letras, de su pintura, de su música, incluso de una gastronomía erótica que se remonta a los orígenes de nuestra cultura), de un perfil inmutable de la isla, de un asedio de lo que el poeta entrevé como lo esencial cubano: eso que han visto sus muy agudos lectores de otras latitudes como una “cubanización del orbe”. ¿Recuerda acaso aquella proposición poética de José Lezama Lima en su búsqueda de una teleología insular (cito de memoria): “la isla distinta en el cosmos/o la isla indistinta en el cosmos”?
Desde El pájaro tras la flecha (1988) su poesía (no excluyo muchas páginas de su prosa acogedora y fluida), sin abandonar ese prurito formal que sirve de equilibrio y aun de desafío a las incesantes metamorfosis de su palabra y de su imaginación, muestra una creciente apertura: esa porosidad insular a todos los vientos de la cultura y al misterio de lo trascendente, tan característica de la poesía cubana más universal y de mayor resonancia allende nuestras playas, que recoge en un mismo latido vital, en ocasiones juguetón y otras veces íntimo y grave, las incitaciones furtivas del mundo natural y de su experiencia de lector que va a lo suyo, a lo que habrá de incidir en su creación, con mirada certera: como un recolector que escogiera y acumulara los granos henchidos que habrán de colmar el granero de su labor creadora. Y dentro de este “ajiaco” (expresión utilizada por el poeta, muy bien acogida por su gracia y cubanía entre sus lectores críticos), este cocido de noticias diversas que nutre su escritura, caben los mas diversos ingredientes: datos científicos, anécdotas de la vida literaria, alusiones a personajes reales o ficticios; el fenomenólogo francés Gaston Bachelard y el compositor cubano Ignacio Cervantes, la pintura del mexicano Juan Soriano y las formas del mundo sensible como garabatos que figuran un mosaico de la realidad: esa realidad que en las redondillas de su poemario Escrito para borrar es un palimpsesto que se revela como texto en constante fuga hacia el misterio del origen: teatro, que diría su maestro Octavio Paz, de apariciones y desapariciones.
En La noche (2003), como en su segundo libro de haikus titulado Casa de todos, del 2005, la sensibilidad de González Esteva se afina, de sutiliza y nos entrega la clave de lo que algunos lectores, siempre a la caza de confesiones, pudieran definir como reticencia para comunicar su intimidad personal. En el primer libro leemos: Noche entre rejas:/ la que pasan tus ojos/ cuando los cierras. Aventuro aquí una posible lectura de estos versos: el poeta habla consigo mismo. Frente a la noche vasta que lo rodea, a cuyo misterio se abren con atento fervor estos breves poemas como ventanas al cosmos, la noche interior de las vivencias y los recuerdos es una cárcel, un ámbito que lo limita y lo aleja de esa noche estrellada que es siempre una invitación a salir de nosotros mismos y entablar un diálogo con lo desconocido. En esta etapa reciente de los haikus, el poeta se afana en incorporar a los elementos de su creación poética el espíritu de los maestros japoneses del género, en particular de Kobayashi Issa, poeta del siglo XVIII.
Cuando lo creíamos perdido para el paisaje de lunas, luciérnagas y juncos del Japón, confiesa en uno de sus haikus: Aun en Cuba/ si los pájaros cantan/ añoro Cuba. La palabradeGonzález Esteva sirve a dos poderes: el demonio de la analogía y la imagen de Cuba, íntima y vasta, que ha ahondado en su laboriosa nostalgia.
El curioso lector de esta poesía, de sentirse un poco aturdido por la riqueza imaginativa y la sorpresa verbal que han de asaltarlo al paso de la lectura, hará bien en asomarse al enjundioso epílogo escrito por el poeta y crítico Juan Malpartida para la selección de la obra de Orlando González Esteva que hoy comentamos: un trabajo de análisis y presentación al público lector que ya quisieran para sí muchos poetas; un ensayo lleno de incisivas observaciones, hecho con absoluta seriedad, erudición impecable e íntima comprensión. También resultará fructífero leer lo que el mismo González Esteva ha escrito, con ánimo siempre comunicativo, sobre el sentido y el rumbo de su poesía.
Al autor de las páginas a que aluden estos apuntes vayan mi orgullo de amigo y mi gratitud de lector por una voz singularísima que se suma al coro de las voces trascendentes de la poesía en lengua española. Gracias en nombre de Cuba y de la noche, las dos patrias de Martí, que él ha sabido exaltar con fervor de enamorado y con palabra visionaria de poeta.
Muchas gracias.
(Camagüey, 1953) Ha publicado los poemarios De la luz sitiada (1980) y Las palabras y las sombras (1992). Es Doctor en Filosofía y Letras y reside en Miami.