Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, abril 2009, año 3, número 07
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La escritura: víspera y consumación

 

Emilio Ichikawa

Los artistas Rafael Fornés y  Néstor Díaz de Villegas, arquitecto el primero y poeta el otro, han conocido algunas impresiones de la visita de Leon Krier a La Habana, sintetizadas por el viajero en una hermosa  intención: Elogio de las ruinas.  El maestro Ramón Alejandro, que transita sin dificultad de la pintura a la filosofía, pero con muchísimo esfuerzo del arte al negocio de la edición, ha propiciado la publicación de otro elogio.  Se trata de un excurso marxista encontrado en la papelería de DAS KAPITAL, trajinada a gusto por Engels, Kautsky y otros albaceas de la socialdemocracia internacional. Constituye, en sentido general, un testimonio singular de cierta manía ilustrada por corregir los excesos: Elogio del crimen (Editions Deleatur, Francia, 1999).  Uno mismo no ha podido escaparse de estas sanas veleidades publicando algunas preferencias: “…in praise of nakedness”(Minessota University, 1993); Elogio de la desnudez (La Habana, 1996); “…em louvor a nudez” (Brasilia, s.f.); Elogio de la frivolidad (La Habana, 2000).

No logro percatarme si esto se trata de una moda, tradición o de un estado piadoso de nuestra  sensibilidad cultural, pero el reciente descubrimiento de otro “elogio”, me alerta sobre la presencia de unas tremendas ganas de “salvar” merodeando a la cubanidad.  Por varias razones este hallazgo, que llamo “reciente” por no decir “tardío”, me alcanza de manera definitiva.  Ensayaré algo muy simple: captar una porción de la significación cardinal que para mí tiene el libro Elogio del garabato, de Orlando González Esteva.

Elogio del garabato comienza con un ejercicio de modestia.  El autor, que busca una autoconciencia de su escritura, afirma como “locus” fundacional del libro “la monotonía de la vida provinciana”, “no sobre mi cabeza sino bajo mis pies”.  Sin embargo, ese aviso de modestia me recuerda al Descartes de “yo no voy a decir el camino por el que debe transitar la razón, sino aquél por el que ha transitado la mía”; o aquello de “estoy sentado frente a la estufa y les voy a contar lo que se me está ocurriendo”.  Los desvelos que ese tipo de profesión de inocencia provocaron en pensadores como Malebranche o Gassendi o, como diría Marx, en más de un siglo de pensamiento burgués, me ponen en guardia.  No voy a distraerme aun cuando González Esteva asegure que lo que en su libro canta-cuenta-narra implota en una arcada que limita en los “pisos de la casa donde transcurrió mi infancia”; yo creo que pretende, y logra, su cuota de universalidad.

Hay dos formas de leer estos Elogios; una continua, racional, que en fin de cuenta es coherente con el afán metafísico que lleva al autor a significar, como fundamento de la creación, el “Garabato”. Suerte de esencia eidética de un círculo que no cierra y que sirve de “modelo” a los “garabatos” singulares.  La otra es el divertimento; se acaricia el cuaderno, se le quiebra y aparece la página imprescindible, que es una página cualquiera.  Así, al azar, uno experimenta gozo en cualquier composición que encuentre.  Hay por lo menos otros dos libros de autores cubanos contemporáneos que puedo leer de esta manera: disfrutando. O trabajando, en efecto, pero de manera “gustosa”, como decía Juan Ramón. Refiero el Manual de las tentaciones, de Abilio Estévez y Las comidas profundas, de Antonio José Ponte.

Tal vez estas dos maneras de apropiarse de la escritura de González Esteva tengan su correspondencia en otras tantas maneras de ejercerla.  Pero esto sólo lo podría saber el autor.  No obstante, sí es posible constatar entre todos esos destellos del genio (que parecen más hallazgos que encuentros) unos descubrimientos avalados por arduas búsquedas.  Hay orfebrería, oficio, una continuidad que tiene que ver tanto con la poesía como con esa sostenibilidad que caracteriza a la narrativa que sencillamente trata de contar algo.  Se asemeja este Elogio a un epifenómeno de la “Iluminación”, senda que desde Agustín a Bergman equidista entre la voluntad y el talento.

Un maestro cubano, tan sabio como discreto, me contó que en los libros de Lezama Lima uno no aprendía nada. No era un profesor, en efecto, como gusta recordarnos Carlos M. Luis, pero cuando trata de hacer ensayo como en La expresión americana, uno supone que debe enterarse de algo; igual que cuando se para frente a un aula, uno espera que por lo menos ofrezca una fecha, una información mínima.  Falsa expectativa: Lezama Lima no deja de ser un poeta ni aun cuando se supone que no debe serlo.  Es un Demiurgo, y ya esto es como un “don” que va más allá de la literatura.  Como apuntaba un viejo sabio, traductor y amador de Lessing, entramos aquí en una zona que rebasa los libros y el mismo estudio. Según me aseguró en una suave colina del Mediterráneo valenciano, Dios llamó un día uno por uno a los pueblos y les pidió cuentas a fin de darles o negarles la absolución.  Llegado el turno a los alemanes, estos aseguraron: “Conocemos mucho. Nos hemos leído todos los libros y merecemos la salvación”.  Según afirma, Dios replicó: “Ustedes saben TODO SÓLO de libros. Den la vuelta, vivan y después regresen”.

He dicho todo esto para asegurar que en el Elogio del garabato González Esteva nos enseña la vida en porciones literarias.  Manipula y pacta con el “demonio de la analogía”, senda que sólo es exitosa si el talento es original y constante.  No puede faltar ni una cosa ni la otra: ni la alegría del niño, ni la profunda serenidad del sabio.

Con pertinencia cita a Roger Caillois, quien gustaba remontarse a los griegos y enfocar el conocimiento como “agon”, como competición.  El saber es juego, supone una moral austera para el ganador y otra gloriosa para el perdedor.  El primero se torna piadoso en las alturas, el segundo, se levanta en medio de la destrucción.  

Como dice Caillois, para este juego tan definitivo hacen falta reglas y también una instancia dotada con una capacidad que le permita el ejercicio de la “arbitrariedad”.  El juego intelectual nos permite experimentar respeto hacia el rival, obediencia a las reglas y aceptación humilde de la autoridad.  Así es el libro de González Esteva entendido como unidad compleja: proceso, inspiración y técnica de escritura.  Un resultado y un objeto: el garabato.

“Si toda mancha esconde una imagen, todo disparate alienta una lógica”, afirma en una analogía con fuerza de convencimiento y valor de método.  Quien lea las últimas proposiciones del Tractatus de Wittgenstein comprobará que también es válido el recíproco de la fórmula de González Esteva: “Si toda imagen esconde una mancha, toda lógica alienta un disparate”.  Resulta que uno de los más decididos reclamos por la exactitud filosófica está inspirado en una revelación divina; la necesidad de lógica, parece natural, la experimenta privilegiadamente quien carece de ella: la sin razón.  Como he trabajado tanto tiempo con amigos sociólogos que posan de “exactos” ante las divagaciones metafísicas, siempre me ha fascinado compartir el curioso dato de que esa pretensión de exactitud nace en la sociología clásica del Curso de filosofía positiva, de Augusto Comte, quien lo concibió en un manicomio para reescribirlo como Catecismo y entregarlo a la mujer que amaba, su “virgen positivista”, como alucinadamente le decía.

En el Elogio del garabato se producen incesantemente estos cruces; y se reproducen luego, cuando el lector descubre que hay otros tantos garabatos ausentes que sirven para confirmar la tesis de González Esteva.  Al citarlos uno está pretendiendo participar como coautor.  Los garabatos del autor alcanzan, en sus mismos límites, lo inagotable.  Lo que llama “reticencia expresiva” no es de ningún modo “reticencia significativa”; nunca acabaríamos si comenzamos a jugar a las “interpretaciones” con sus textos, o si los convertimos a ellos, que son resultado, en puntos de partida para nuevas analogías.

Garabatea González Esteva: “El hombre que amarra cuidadosamente los cordones de sus zapatos dicta el rumbo de sus pasos, se apropia de su destino”.  Lo tomo como un (otro) elogio indirecto al “quipu”, singular grafía inca con ansias aritméticas. Vivir es tejer. Morir, desatar.  Y todo esto una intuición helénica con representación mitológica familiar a la “cubanidad”.

En el Museo de Matanzas un historiador me explicaba la frase “tirar un cabo”, muy utilizada aún hoy en Cuba para reclamar ayuda: “Anda, chico, tírame un cabo”.  Un cabo, en argot marinero, es una soga, cuerda, “cordón”.  Rememora el erudito que los bomberos estaban equipados con un pequeño cañón que servía para disparar hacia los pisos superiores de las edificaciones incendiadas un cabo salvador.  La vida, una vez más, depende de un nudo hecho en los extremos de un rollo, o sea, de un garabato.

El garabato es una suerte de constante.  Antecede y sucede a la obra de arte. Vale la pena citar porque el autor lo dice de una manera que, además de inteligente, es bella: “Toda obra de arte, antes de serlo, fue garabato, es decir, atisbo, vacilación, esbozo.  Es más, toda obra de arte, por terminada que parezca, sigue siendo garabato”.  Aquí hay una especulación, un espejo o una cueva, según las etimologías latinas.  Cuando González Esteva afirma la posibilidad de entender “el universo como Altamira”, uno no acierta a precisar si insinúa “cueva”, “museo”, “vitrina”, espacios en venta.

En Elogio del garabato existe una técnica y una estética. El autor intenta una historización de esa “tecne”, al parecer decidido a determinar la experiencia de lo indeterminado.  El objeto del elogio, los garabatos, se alcanza machacando hilos, doblando papeles, a través de un diálogo irritante que culmina en feliz nacimiento.  Leyendo, claro está, y garabateando sobre una escritura ausente que tiene el valor de un palimpsesto sobreentendido.

La estética que en este libro presenta González Esteva se centra en la “velocidad”, que es la gran virtud que Mercurio muestra a los escritores.  Como repetía Ítalo Calvino en sus Seis propuestas para el próximo milenio, ésta se complementa con la “profundidad” de Plutón. Estos garabatos son, además de veloces, breves.

He discutido largamente sobre la no equivalencia entre la “velocidad” de un texto y su “brevedad” con el escritor Reinaldo Montero, quien acaba de concluir una de las novelas menos “breves” de la literatura cubana contemporánea que, sin embargo, apuesta afirmativamente por la “velocidad”.  Hay escritores de textos “breves” pero de diferente “velocidad”.  Augusto Monterroso, por ejemplo, es tan  “breve” como Julio Torri, pero más “veloz”; algo similar sucede con Ciorán, que es más “lento” que ambos.

Los textos “breves” suelen ser en nuestro contexto cultural un fruto de la impaciencia y la falta de disciplina.  Cuando el escritor trata de ser profundo y no sólo gracioso, recurre a formas fáciles como el epigrama, el aforismo, la epístola, incluso a la “poesía”, que algunos entienden como conjunto de oraciones cortas situadas unas debajo de las otras.

Voy a citar dos casos en que la “elección” de las formas breves está precedida de un ejercicio de meditación sostenido, “lento”: los Aforismos de Luz y Caballero y este Elogio del garabato de Orlando González Esteva.

El místico cristiano se da cuenta que en los fórceps de las “sumas docentes” las ideas más heterodoxas por su contenido se hacen conservadoras por la forma.  Escoge así una exposición fugaz y discontinua de su pensamiento, y atenta contra cualquier posibilidad de aprehensión teológica esquemática.  Como he dicho otras veces, en la tradición intelectual cubana los aforismos de Luz y Caballero equivalen, por su efecto emancipador formal, a los ensayos de Montaigne.  En el otro extremo de la cronografía está el poeta Orlando González Esteva quien, habiendo concluido que en el fundamento del mundo existe un garabato, decide expresarlo de esa misma manera, es decir, “garabáticamente”.  Alcanza así una complicidad del contenido y la forma en el ámbito de una verdad que, además de inteligencia, se nos hace cuerpo: “Excepto el espíritu, nada más susceptible de convertirse en garabato que el esqueleto humano”. Cuando uno llega al punto en que el garabato renace desde el centenar de páginas, esta sospecha se convierte en revelación.

 

González Esteva, Orlando. Elogio del garabato.  Editorial Vuelta. México, 1994.


Emilio Ichikawa

(Bauta, La Habana, 1962) Desde el año 2000 reside en los Estados Unidos. Graduado en Filosofía por la Universidad de La Habana (1980-1985). Entre 1985 y 1996 enseña Historia de la Filosofía en esa misma Universidad. Entre 1996 y 2000 Colabora con el Centro Cultural Español y tabaja en la Bilbioteca Nacional de Cuba. Hace estudios en España, México y los Estados Unidos, donde visita varias universidades: Iowa, Tulane Georgetown, SUNY, NYU, Brown, Rutgers, FIU, UM. Entre sus libros se encuentran los títulos "El pensamiento agónico", "La escritura y el límite", "La heroicidad revolucionaria" y "Contra el sacrificio". Actualmente prepara la edición de los títulos "Everglades" y "Diario del Arlequín". Es colaborador de "El Nuevo Herald" de Miami.

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