Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, abril 2009, año 3, número 07
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Un amigo enigmático

 

Antonio José Ponte

El exilio es el reino de la microscopía, de lo infinitesimal y lo tridestilado. Las minucias, el detalle, alcanzan en el exilio un valor inestimable por variadas razones. Una de ellas, la primera, es lo portátil. Otra, lo confiable, pues creemos que la concentración en lo minúsculo acarrea el menor número de traiciones. Pero de cuantas razones pudieran enumerarse, prefiero citar la siguiente: en el detalle se concentra la espera.

Recuérdense los dos ejemplos clásicos de Zenón de Elea, sus dos aporías. En una, Aquiles, ágil de piernas como debió haber sido, se tarda infinitamente en alcanzar a una tortuga, parece ser que nunca va a sobrepasarla. Y en la segunda de las aporías o ejemplos de Zenón, la flecha no acaba de clavarse en el blanco, vuela sin dar. Porque cuando creemos que una distancia va a ser recorrida del todo, Zenón de Elea nos recuerda filosóficamente que ese espacio entre la punta de los dedos de Aquiles y el carapacho de la tortuga está compuesto por espacios cada vez más pequeños que los dedos tendrían que recorrer. Es decir, en esa pesadilla de agrimensura se abre más espacio en el espacio y hay un hueco negro, un quasar, en cada partícula del recorrido.

Espacio (y tiempo, claro está) pueden imaginarse como una rosa que abre diez mil, cien mil, millones de millones de pétalos, y todavía tendría más capullo que desenrollar. Es la antirosa del barroco, es la flor que no caduca porque nunca termina de abrirse. Esa rosa pudiera ser emblema de cómo se vive el tiempo (y el espacio, claro está) en un exilio. Y serviría para explicar el arte de la escritura que Orlando González Esteva practica.

Uno no demora, al abrir su libro Amigo Enigma, en dar con la palabra destierro. No demora en hallar la palabra exilio. La introducción de este volumen que recoge dibujos del pintor mexicano Juan Soriano comienza con el recuerdo de la casa de González Esteva en Palma Soriano. Éste llega a entrever un mapa de Cuba en el cielo de un autorretrato del pintor. Y no hay que olvidar que en libro suyo anterior  González Esteva ha escogido apuntes de los cuadernos de José Martí bajo el título Tallar en nubes, porque Martí explicaba su destierro, su exilio, de ese modo: como el trabajo de tallar en nubes.

Libro tras libro, Orlando González Esteva se detiene en detalles, en minucias que la literatura cubana y las literaturas de lengua española le deben ya. Los libros suyos no tienen historia principal, resultan tan fragmentarios como el tramo dispuesto por Zenón de Elea entre Aquiles y una tortuga, o entre una flecha disparada y su diana. La atención del autor se encuentra tan absorta en matices y agudezas que no podría seguir historia principal, una tensión demasiado lejana y larga. Para conseguir esto último tendría que despedirse de los placeres de lo pequeño, despedirse de historiar como él ha hecho el  garabato o la redondilla como forma estrófica, o la vida de las hormigas en las letras. Concentrado, en cambio, en estas  porciones de realidad o irrealidad diminutas, parece despreocuparse de si la flecha termina su carrera o los dedos del héroe levantan a ese pequeño monstruo que es una tortuga. Se olvida de la Historia.

Los libros de Orlando González Esteva parecen haberse desentendido, por fin, de la Historia. Son paradisíacos. Se diría que es el único escritor cubano que cultiva un jardín, receta volteriana del Cándido. Cada uno de sus libros es obra de un tremendo ingenuo, se diría. Pero llegado a este punto, y después de haber citado a Cándido, me gustaría citar al Bobo de Abela, esa figura clásica de la caricatura política en Cuba. Quiero decir: Orlando González Esteva se hace el bobo, esa ingenuidad es de cultivo. Es tal vez su terapia, el remedio con que afronta el exilio cuando desde su estudio en la playa de Miami mira el cielo y talla en nubes.

 “La certidumbre de que lo ostensible es sólo una dimensión de lo real”, nos dice en este libro, “de que el misterio no es patrimonio de lo excéntrico sino de lo cotidiano, de que el niño tiene acceso a formas de vida que trascienden al adulto, y de que ese privilegio puede serle extendido, renovado por la poesía y el arte, me ha acompañado siempre.”

El misterio, según esta frase de manifiesto, no debe ser desterrado de lo cotidiano y no podemos conformarnos con vivir exiliados de algunas capacidades que tuvimos en la infancia. La cotidianidad, de ordinario avara en detalles ya que vivir es resumir, debe desplegar distinciones cada vez más afinadas, sensaciones perversamente microlocalizables, atención de niño sobre ella.

Como en sus otros libros, Orlando González Esteva adelanta en el fragmento citado otra pieza de un discurso del método para lo imaginario. Adelanta una poética, una función del arte. Arte para recuperar, para extender y renovar un privilegio (y extender y renovar son palabras de visado, verbos aduanales).
Octavio Paz celebró que en el primer libro publicado por González Esteva las formas fijas del verso en español volvieran a cantar alegremente. En entregas cada vez más extrañas, más raras, caprichosas, más (y que me perdone el autor) excéntricas, Orlando González Esteva continúa brindando alegría a sus lectores. Que los hallazgos de su imaginación vengan ahora de dibujos de Juan Soriano, es felicidad doble. Pues creo que Soriano comparte esa certidumbre de recuperación en la que cree González Esteva.

Quiero, por último, hacer una recomendación a quienes se hagan de este libro voluminoso. Comprobarán que encima de las piernas pesa más que un gato castrado (en el libro hay espléndidos gatos). Cuando me llegó a mi casa de La Habana lo puse, a falta de atril, en una mesa aparte. Le di toda una mesa. Como a los rompecabezas, como si de una simultánea de ajedrez se tratara. Allí lo tuve abierto por semanas, largamente. Era un Libro de Horas. Pues los dibujos de Juan Soriano, acompañados por palabras de Orlando González Esteva, deben ser disfrutados lenta, microscópica, tridestiladamente. Con la paciencia de quien aguarda, pese a todo, que la mano de Aquiles alce en triunfo el carapacho y se clave la flecha en el blanco.

 

Orlando González Esteva
   Amigo enigma/Los dibujos de Juan Soriano
   Ave del Paraíso Ediciones, Madrid, 2000

 

Nota del editor

Publicado en Paréntesis, México DF, marzo de 2001, año 1, número 8.

 


Antonio José Ponte

(Matanzas, Cuba, 1964) Poeta, narrador, ensayista y editor cubano. Entre sus libros destacan Cuentos de todas partes del imperio(Éditions Deleatur, 2000), Las comidas profundas(Éditions Deleatur, 1997) Un seguidor de Montaigne mira La Habana / Las comidas profundas (Verbum, 2001), El libro perdido de los origenistas(Aldus, México, 2002), Contrabando de sombras(Mondadori, Barcelona, 2002). Sus obras más recientes son Un arte de hacer ruinas y otros cuentos (Colección Aula Atlántica, Fondo de Cultura Económica, México D.F.) y La fiesta vigilada (Anagrama, 2007).

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