

Negro sobre blanco: he aquí la escena inicial. ¿Cómo puede decirse el blanco? Sólo mediante el negro. Pero esa voz negra del blanco será necesariamente imperfecta, disonante, inarmónica, pues el blanco es por definición lo que calla, lo que no se dice, lo que no se revela. El lenguaje, la escritura, aparecen así como destellos casi imperceptibles, como fragmentos deformes de un cuerpo tercamente silencioso. Destellos, fragmentos: garabatos.
Numerosas son las definiciones del garabato que ofrece en este libro Orlando González Esteva (Oriente, Cuba, 1952). Más que de definiciones, cabría tal vez hablar de iluminaciones, conexiones, vínculos, acercamientos, pues este Elogio del garabato está poseído, como el propio autor lo confiesa en las páginas iniciales del libro, por lo que Roger Caillois llamara el demonio de la analogía. En efecto, todo puede ser un garabato, todo puede concebirse como un trazo rápido y difuso que nos habla de una realidad que sólo de este modo precario puede manifestarse. Como se dice en uno de los pocos textos en verso (frente a una mayoría de textos en prosa, con frecuencia muy breves) que integran el libro, todo traza un garabato.
Cuatro son las secciones que integran este Elogio del garabato. La primera constituye verdaderamente una "razón del elogio", en la que el autor evoca algunas escenas infantiles o juveniles que justificarían más tarde su pasión por el garabato y, por tanto, la escritura de este libro: un niño acostado bocabajo imaginando formas y figuras en las losetas anubarradas del piso de su casa, un adolescente trazando signos enigmáticos con cordeles empapados en frascos de pintura o un joven travieso balbuceando incoherencias para hacer rabiar (y reír luego) a sus parientes. Todas estas rememoraciones nos hablan de una vocación por lo indeterminado, por aquello que es capaz de alentar el reino de lo infinito posible. Pues, como señala Orlando González Esteva en esta primera sección de su libro, "si toda mancha esconde una imagen, todo disparate alienta una lógica". La búsqueda de esa lógica, de ese trasmundo, de ese sentido que permanece latente en todo sinsentido, aparece constantemente en las páginas de este libro.
Pero las razones de este singular elogio no residen únicamente en las visiones y devociones de la infancia. La invitación a leer sus poemas en la inauguración del Taller del garabato, una librería del suroeste de Miami, alienta al autor a escribir una serie de textos que respondan cabalmente a la peculiar ubicación de la librería: situada en medio de un almacén de muebles, de una ortopedia, de un restaurante criollo, de un cementerio y de hoteluchos especializados en encuentros clandestinos, la librería parecía ser fiel a su propio nombre. Así, un abigarrado garabato urbano propiciaba la escritura de un Elogio del garabato compuesto, a su vez, de una larga serie de garabatos verbales de gran belleza.
Tras enumerar y comentar las diferentes y variopintas acepciones que la palabra garabato recibe en el diccionario, el libro desemboca en su sección central, en cuyo frontispicio se lee esta significativa cita de Giorgio de Chirico: "¿Y qué voy a amar si no es el enigma?". Contiene esta sección numerosos textos dominados por la lucidez de pensamiento, el esplendor de las analogías, el acierto a la hora de escoger los objetos de meditación, la suprema limpidez y la alta tensión del discurso (en la mejor tradición de autores como Lezama Lima o Severo Sarduy) y una prodigiosa capacidad imaginativa.
La cuarta y última sección del libro se titula "El taller". Un solo texto la conforma, un texto que es un lamento por la librería que hubo de cerrar sus puertas a los diez meses de inaugurada, pero también una celebración, un elogio, una vez más, del garabato, que "continúa revolviéndose, garrapateando con su punta invisible el polvo y el aire del camino que lleva al Árbol de la Vida".
En su ensayo "El signo y el garabato", incluido en el libro del mismo nombre, Octavio Paz ha definido el garabato como "un signo no sólo indescifrado sino indescifrable, y, por tanto, in-significante". Es precisamente esa insignificancia, esa mudez extrema del garabato lo que le permite emitir señales (oscuras, casi imperceptibles) de lo que habita en el silencio radical, de aquello que Valéry denominó lo real. Para Orlando González Esteva, "garabatear es rasguñar el cristal empañado por el aliento de lo inmediato indecible", y es esta acción ciega del borde de nuestras uñas la única capaz de conducirnos a la más alta videncia. Como la serpiente del origen enroscada en el árbol, el garabato nos ofrece acceder a los dominios secretos, prohibidos, de la realidad. La única condición es alzar la mano y desgajar el fruto, esto es, arrancarlo del lugar de su inaccesibilidad a través de la escritura, nombrarlo, siquiera oscuramente, decirlo con palabras ciegas que ya sólo saben palpar. Pero a veces, y es este el caso del libro de Orlando González Esteva, es esa misma serpiente la que se lanza sobre nuestro cuerpo y se enrosca en él para llenarlo de signos indescifrables. Entonces hemos sido poseídos por la serpiente que escribe y nuestro propio cuerpo se convierte en el cuerpo de su escritura.
Orlando González Esteva, Elogio del garabato, México, Editorial Vuelta / Ediciones Heliópolis, 1994.
(Santa Cruz de Tenerife, 1971). Es Licenciado en Filología Hispánica. Dirigió entre 1993 y 1994 la revista Paradiso. Ha publicado cinco libros de poesía hasta la fecha, El canto en el Umbral, Los párpados cautivos con el que obtuvo el premio Tomás Morales de poesía 2002, La azotea-Réquiem (en colaboración con el pintor mexicano Vicente Rojo), Moradas del insomne y la recopilación Antes del Eclipse, que comprende poemas cuya fecha de escritura se ciñe al período entre 2003 y 2005.