

La insularidad que ha sublimado cierta nostalgia y la recreación de un discurso lírico en estrofas tradicionales y libres, reverdecidas no en su estructura externa sino en su hondo y múltiple contenido, son dos constantes en casi toda la poesía que esculpe Orlando González Esteva.
Más allá de las circunstancias sociohistóricas y familiares que lleva a Orlando al exilio y signan su vida, se impone un orbe interior sensible del que emergen poemas que a ratos semejan canciones y traslucen sentimientos comunicantes regidos por la añoranza y la sinceridad.
Alguna vez González Esteva ha dado entender que el mundo cabe en un haikù como entra su isla en su verso y en su prosa, aunque, curiosamente, debajo del color y la ropa que supone esa identidad, ascienden ecos universales que traspasan fronteras y modos de sentir.
González Esteva no es un poeta desarraigado, aunque pertenece a la minoría hispana que la elite estadounidense suele ignorar. Se expresa en esa gran patria que, según el novelista Carlos Fuentes, es la lengua española y comparte con almas comunes su hermoso trofeo.
(Holguín, Cuba. 1964). Licenciado en Educación (con especialidad en literatura y español) en el Instituto Superior Pedagógico "Enrique José Varona", de La Habana, y un diplomado de literatura en la Sociedad General de Escritores de México. Desde febrero de 1992 reside en México, donde se ha dedicado al periodismo y la promoción cultural, y coordina el Premio Internacional de Poesía "Nicolás Guillén", destinado a los poetas caribeños de lengua española. Es autor, entre otros libros de los poemarios La soledad se hizo relámpago (1987), Viajero del asombro (1991), y La vasta lejanía (2000); así como de la antología de poesía amorosa cubana: Jugando a juegos prohibidos (1992.)