

Cuando me mudé a La Habana en 1980 aún queda alguna que otra fonda de toda la vida. Con frecuencia me invitaban Cintio y Fina a los fines de semanas. También nos reuníamos con la poeta Cleva Solís y el poeta, pintor, etnógrafo y folklorista Samuel Feijóo, que venía de sus incursiones y excursiones por los campos de Sancti Spíritus, Cienfuegos y Trinidad con bolsas llenas de frutas pero también de dibujos y poemas escritos por campesinos. Recuerdo que hablaban con frecuencia de un tal Seboruco, al que ellos admiraban y que Fina homenajeó en uno de sus poemas. Seboruco había improvisado –ya que no escribía sus versos- una cuarteta maravillosa: “El sol alumbra de noche./ La luna alumbra de día./ Cuatro ruedas tiene un coche / con mucha melancolía.” Esa gracia y ese desenfado lo volví a encontrar en Orlando González Esteva y el libro “Mañas de la poesía” que me envió a Cuba de regalo el poeta Eugenio Florit. No sabía entonces nada del autor, salvo que vivía en Miami y que había nacido en 1952 en Palma Soriano, un pueblo de la antigua provincia de Oriente. Más que de los poetas de la isla, me llegaba del exilio una voz con un tono y un ritmo inconfundiblemente cubano. El autor tenía en un el centro de su poesía la verdadera esencia del son, pródigo en la zona donde había nacido. Sin dudas González Esteva tiene la música originaria de la tierra donde abrió sus ojos. Y ha sabido extraerle a la redondilla y a la décima nuevas luces y acentos cuya cumbre hasta él era Nicolás Guillén. Como un prestidigitador echó en una coctelera versos de Plácido, Milanés, El Cucalambé, Florit, con música de Los Matamoros, Ñico Saquito y El Guayabero, y de pronto nos enfrentamos a un poeta fresco, lúdico y luminoso en “Mañas de la poesía”. “El pájaro tras la flecha” –esta vez un regalo de la escritora Julieta Campos- vino a hacer patente la ganancia de la cosecha verbal de este poeta. “Elogio del garabato” y “Fosa común”, publicados inicialmente en la Editorial Vuelta de México , ambos fueron publicados por la Editorial Pre-Textos de Valencia en 2004. Recuerdo una tarde particularmente grata, en casa de mis amigos santiagueros el compositor Harold Gramatges y su esposa Manila Hartman, en que la pianista cubano libanesa Ñola Sahig y yo le pusimos –no como lo había hecho Julián Orbón con José Martí- a la música de la famosa “Guantanamera” los versos de Orlando González Esteva que, como los cantantes que son de la lomas cercanas de Palma Soriano, como ellos canta pero felizmente en el llano de Miami para dicha de todos sus lectores.
(Holguín, Cuba, 1959). Poeta, escritor y periodista. Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana y la Autónoma de Madrid. Autor del poemario Con la misma furia de la primavera (1987) y de los libros para niños Los tesoros del duende (1987) y Acuarelas (1990), todos premiados en Cuba. Además de los poemarios Parábolas y otros poemas (Ed. Rondas,1977), El errante (Ed. Jábega, 1994), Cuaderno de Antinoo (Ed. Betania, 1994) y de varias plaquettes y libros de arte, aparece en numerosas antologías en Cuba: Como jamás tan vivo (1987), Andará Nicaragua (1987), Mi madre teje el humo de los días (1990). Y fuera de Cuba en: Un grupo avanza silencioso (UNAM, México, 1990), Poesía cubana: la isla entera (Betania, Madrid, 1995) y Poemas cubanos del siglo XX (Hiperión, Madrid, 2002). En el año 2004 fue galardonado en España con el VI Premio Odisea de Literatura por su novela En brazos de Caín. Vive exiliado en España desde 1993. Es articulista del diario La Razón.