

Como todos los grandes, Orlando vive su poesía.
Para él La Poesía es una actitud vital de la que su escritura deja traza sobre la hoja en blanco.
Pocas presencias son tan inspiradoras como la suya.
Sus palabras, que en cualquier ocasión banal brotan fluidamente con total naturalidad, tienen una rara nobleza que descuella entre la lamentablemente descuidada manera en que solemos expresarnos. Orlando pone en valor nuestra lengua cada vez que se expresa.
Dentro de la pobreza del panorama de las radios populares de Miami, sus programas son como ese dedo que señala hacia la luna del que hablan los haikus. Esa luz que surge simultáneamente de Cuba y la Noche, las dos novias del Poeta. Orlando inventa Islas de Cuba inéditas como las inventaba Martí en su época. Pero las de Orlando son Cubas locas, Cubas delirantes pletóricas de su propia alegría de existir. Destellos poco frecuentes de su compleja realidad vista con los ojos de un niño.
Leyéndolo tan cuidadosamente como se merece, me fui dando cuenta de que en muchos de sus poemas, llega un momento en que se produce una ruptura de escala entre los diversos elementos que juegan dentro de él. Es allí donde de golpe surge su dimensión metafísica y se manifiesta la relación de cada fragmento con el Todo del cual hacemos parte. Entonces el conjunto cobra una perspectiva vertiginosa que nos hace comprender de diferente manera cosas que creímos saber, y que descubrimos totalmente vígenes a un nuevo nivel de profundidad. Porque Orlando da testimonio de la estructura de lo Real de una manera siempre sorprendente, aunque nunca tirada por los cabellos. Sospecho que a ese fenómeno que tiene lugar en su serena mente era lo que los antiguos llamaban "estar habitado por las Musas".
Esa es la poesía con la que vive borracho de solitaria grandeza.
Cierta vez un envidioso me dijo que no lo soportaba porque "escribía siempre con una sonrisa". Me di cuenta de que en su resentimiento, ese infeliz había involuntariamente proferido el mayor elogio que se le pueda hacer a Orlando.
Para que resplandezca la luz tiene que estar rodeada de sombras.
(La Habana, 1943) Nació Ramón Alejandro al pie de la loma del Mazo en el barrio habanero de la Víbora en 1943. Su bisabuelo, abuelo y tíos maternos habían sido pintores, y aunque se trató por todos los medios de disuadirlo de seguir sus pasos, todo fue en vano. A los diecisiete años recorrió los Andes Australes, la Patagonia y Minas Gerais: a los veinte años llegó a Bahía y de allí se dirigió a Europa, Marruecos, Egipto, buscando las pinturas, esculturas y arquitecturas que ninguna reproducción le permitía, a su entender, disfrutar y comprender satisfactoriamente. Buscaba dominar el oficio del que sentía urgente necesidad para realizar su propia obra, grabó en metal durante tres años antes de intentar pintar. Surgieron simulacros de estructuras articuladas representando entidades celestes o infernales que fueron interpretadas como máquinas de tortura. Meticulosamente dibujadas, pasaban como tridimensionales, flotantes en el espacio. Estos aparatos engendraron a la larga un paisaje circundante en el cual con el tiempo empezó a proliferar una vegetación lujuriosa que terminó por parir frutos ideales, abiertos para hacer ver claramente la intimidad de sus pulpas y cargados de semillas variadas como ejemplos de nacimiento y muerte. Al poco tiempo, aparecieron los desnudos míticos. A partir de 1963 eligió París como su residencia fija; en 1995 se traslada a Miami donde reencuentra la vegetación, el mar y las nubes de su infancia. Actualmente se desplaza entre ambos sitios.