Me gusta que los libros compartan mi vida, me acompañen, callejeen, trabajen y duerman en mi compañía, se rocen con las venturas del día y los caprichos del tiempo, acepten citas conmigo a horas “imposibles”, ronroneen con la gata al pie de mi cama, o se arrastren con ella en la hierba, doblen un poco la punta de sus páginas en la hamaca de verano, se pierdan y se encuentren de nuevo.
Claude Roy. El amante de las librerías
Estoy en mi sillón orejero, la noche invade la ciudad y las sombras se extienden lentamente, como charco de petróleo, por paredes, libros y muebles. La radio está encendida. Suena Radio Clásica. Las notas del adagietto de la Quinta Sinfonía de Mahler envuelven el despacho y hasta Borges, el pez luchador que me regalaron por mi cumpleaños Mateo y Solutor ―los dos grandes amigos con los que formo el grupo de Los tres impostores, apodado así en la juventud en homenaje a Machen―, ha dejado de revolverse en la pecera, de buscar la presencia de un adversario con el que pelear, para quedarse quieto y disfrutar de la música. ¿Qué tiene la música que por un instante, un acorde, consigue que nos olvidemos de nosotros mismos, de nuestra condición de seres abocados al fracaso? En fin, dejemos a un lado disquisiciones metafísicas y vayamos al asunto que aquí nos concierne. Leer más…