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Compro baratijas para ti
en los aeropuertos
muñequitas de folclor
tazas de letras
cántaros pequeños y vacíos
que llenaré de luz
para echarla en tus manos
y que así me acaricies
luminosa
espléndida invención de tus dedos
mi cuerpo.
El tiempo de la risa
y el del llanto
los pasé junto a ti
colgando de un trapecio
sin cuerdas y sin nombre.
Cada mañana armaba en el abrazo
un croquis del deseo
una furia sin tiempo.
Sediento de tus labios
atizado al fragor de las antorchas
mi cuerpo soñó un cuerpo en el que abandonarse
donde beber la calma como un licor dulzón.
Y desperté sin más nociones que tu cuerpo
el norte
el sur
el este y el oeste de tu cuerpo
sin palabras que guardar
para después.
Ellas se toman de las manos
y callan
el silencio es su aliado.
No hay dolores más dulces que los que se propinan
el tirón en el cuello
la mordida en el muslo
esa orfandad que sólo se les cura si se besan.
Pero si no se tienen
que las aplaste ese techo de blancura grisácea
que las unte en la rojiza alfombra
sucia y maloliente
trozo de tela y podredumbre de la que no escapen.
Allí
donde la prisa anega
pongo tu mano
tu mano que es bálsamo y alivio
que es brizna de frescor
y al mismo tiempo
es chispa y es hoguera.
Allí
donde crepita el fuego
donde el agua fecunda
o la nieve inmoviliza
allí pongo tu mano
que es ungüento
para todos mis dolores
y es dolor
y es vacío cuando falta.
Allí en el medio de mi pecho
y en el vientre
sobre mis ojos
y en el peso de mi espalda
allí tengo tu mano.
No la quites.
Sigue cerrada al viento y a la lluvia
al humo de la ciudad.
La ciudad que se coló por la ventana
y tapizó su vientre de flores y enredaderas
guirnaldas de piel y aliento fresco
frutillas dulces
elíxires y espasmos.
La ciudad que sonreía
si sonreía yo sobre su cuerpo.
En el techo del mundo
dos mujeres inventaban una historia
y el viento la cantaba a los cuatro caminos.
Ahora en qué esquina me detengo
desde qué orilla lanzo el grito
a qué noche le invento las estrellas.
Cansada de mis pasos
el día se me antoja una emboscada
un torrente en el que floto
a la deriva.
Busco una brecha en el vientre de la noche
una puerta suspendida en la mano de Dios
y está cerrada al viento y a la lluvia
al humo de la ciudad.
"Como un odre vacío
nada puedo ofrecer."Damaris Calderón
Aquí
sobre la mesa
están las cartas
no las fortuitas del castillo derrumbado
ni las endebles que racionan la fortuna.
Sobre esa mesa están mis manos húmedas
las marcas del vapor en el cristal.
Nada puedo ofrecerte
sólo el calor de mis dedos delineando tu cuerpo
cuatro gotas debajo de la lengua
cuatro piedras cardinales
y un imán.
Yo no soy otra cosa que esta paradoja.
este páramo eterno e imposible.
Llena con tu silencio mi cabeza
ponme sobre los hombros este sorbo de tiempo
apágame las voces que me siembra la lluvia.
Cerraste la ventana
justo cuando mi mano se extendía
para tocar tu rostro
para palpar tus labios
para poner tu palma sobre este pecho
que se agita.
Cerraste la ventana
y sentí el frío del portazo
unos dedos de hielo
la negrura.
Allí
sobre el alféizar
se quedó una mujer
que hacía equilibrio
sobre su mano izquierda.
Poeta, narradora y ensayista. Su cuaderno Insomnios en la noche del espejo obtuvo el Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén” 1999. Ha publicado doce poemarios en Cuba, México, Estados Unidos y España. Odisea Editorial publicó su primer libro de relatos, Con la boca abierta(Madrid, 2006). Reside desde 1992 en México.
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