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A Lorenzo García Vega
Una noche, cuando trabajaba de sereno en Cuba, encontré a un hombre muerto. Estaba acostado bajo un flamboyán, con las piernas dobladas a la altura del pecho, la cabeza apoyada sobre una raíz y la espalda y los hombros embarrados de tierra. Fue en el tiempo de seca.
Yo cuidaba un almacén en las afueras de la ciudad, donde guardaban víveres y ron, aunque prácticamente se encontraba vacío. No tenía llave del establecimiento, una nave ruinosa en medio de un potrero, a un costado de un terraplén, y mi trabajo consistía en pasarme la noche dentro de una garita y dar vueltas cada media hora por los alrededores con un rifle sin balas, para ahuyentar a cualquier merodeador. Las luces de Camagüey brillaban a lo lejos.
Recostado a una cerca examinaba el cielo; al cabo de unos meses logré identificar varias estrellas. Un amigo traía a veces una botella de vino, que tomábamos ceremoniosamente, chocando con orgullo los vasos de hojalata mientras brindábamos por el futuro incierto, por el lejano esplendor de otras tierras; pero este hombre, víctima de la tirria de un cuñado chivato, fue a parar a la cárcel por vender ropa clandestinamente.
Cuando a él lo encarcelaron le eché de menos por unas semanas, mientras hacía la ronda acompañado por el canto de grillos y pájaros nocturnos. Una lechuza pasaba graznando, agitando las alas en la oscuridad. Los faros de camiones iluminaban el camino de tierra, los paredones de maleza y caña, y luego se alejaban rodeados por el polvo. A medianoche, detrás del almacén, un jinete regañaba a un caballo cuando cruzaban un puente de madera al que la bestia temía por alguna razón, tal vez por su armazón riesgosamente endeble. Los cascos del animal repicaban tozudos sobre un mismo sitio antes de tocar el primer tablón, mientras el campesino maldecía. Sentía su voz colérica y me asomaba para ver su silueta, erguida en la montura, hasta que conseguía superar el mal paso y se perdía tras un cañaveral. Nada ocurría a lo largo de la madrugada. Hasta que encontré al muerto.
Me había adentrado, por aburrimiento, por un trillo que conducía a una casa abandonada, donde pensaba hacer el amor alguna vez, si es que aparecía alguien que me gustara y se prestara a hacerlo. Los serenos siempre piensan lo mismo durante una gran parte de sus horas en vela. Arrastrando el fusil como una escoba, apartaba quebradizos matojos, me quitaba guisasos de la ropa, aplastaba con la punta de la culata plantones de mastuerzo. De repente vi un bulto junto al tronco del flamboyán. Al acercarme pensé que era un borracho que dormía acurrucado. Le toqué un brazo, luego lo sacudí. Era como agitar un trozo de cemento.
Trastabillando, empapado en sudor, llegué hasta la garita y llamé por teléfono a mi jefe.
—Venga ahora mismo. Aquí hay un muerto.
—¿Cómo un muerto? ¿Lo mataste tú?
—Claro que no. ¿Cómo voy a matarlo?
—¿Quién es?
—No sé quién es. Nunca lo había visto.
—¿Cómo no vas a saber quién es?
—¿Y cómo voy a saberlo? ¿No le estoy diciendo que está muerto? No puedo preguntarle. Venga ahora mismo, llame a la policía.
Vinieron dos carros patrulleros, el jeep del jefe lleno de miembros del partido, una ambulancia y una motocicleta. Era el suceso más sobresaliente en aquel ralo sitio en muchos años. Los militantes, que habían bebido un poco, se esforzaban por dar a sus semblantes una expresión grave, y caminaban de un lado para otro susurrando, moviendo la cabeza, con los brazos cruzados en la espalda. Un teniente de gestos majaderos me interrogó dos veces mientras garrapateaba con un lápiz mocho. Me repetía: "Lo que quiero saber es cómo se palmó". Luego llamó por teléfono a su mujer, o su novia, y le dijo en voz baja lo que sonaban, por el tono meloso, como frases de amor. Al muerto se lo llevaron cubierto por un saco de harina, que tenía impresos letreros en ruso. El ajetreo duró hasta el amanecer.
Mi jefe luego me contó los detalles de la investigación: no había sido ni un crimen ni un suicidio. Al parecer los médicos habían determinado que era un caso de muerte natural: se mencionó una posible embolia, o quizás un infarto. Nadie podía explicar qué hacía el hombre bajo el flamboyán. Vivía del otro lado de la ciudad con un hijo (su mujer se había casado otra vez y se había ido con el nuevo marido para un pueblo en Matanzas) y había salido de su casa una semana antes, de mañana, a hacer la cola del pan. Por la tarde el hijo preguntó por él en la bodega, pero nadie recordó haberlo visto. Tenía cuarenta años.
A la noche siguiente sentí miedo. No me atrevía siquiera a hacer la ronda por el almacén. Parado en la puerta de la garita, observaba de lejos la figura frondosa del flamboyán, que resaltaba en la vasta planicie. Los arbustos en los alrededores lucían chatos, canijos; más allá se desplegaba hirsuto el mar de caña. Los grillos y los pájaros guardaban silencio. Sólo un perro de una finca cercana ladraba insistente; más que un ladrido de ira, era como un lamento, como el que se queja de una decepción. Luego los ladridos se fueron espaciando y por último el perro enmudeció.
En ese instante escuché un chirrido que se acercaba por el terraplén. En una bicicleta de cadena oxidada, un ciclista pedaleaba trabajosamente. Al llegar a la cerca se bajó, la arrimó junto a un poste y vino caminando hasta mí. Era un joven de cabellos largos y bigote incipiente. Se pasaba la mano por el rostro, como si quisiera ocultar el vello rubio que no acababa de convertirse en barba. La camisa abierta dejaba ver su amplio pecho lampiño.
—Soy el hijo del muerto —dijo con arrogancia, como impidiendo una frase de pésame—. ¿Tú fuiste el que lo encontraste?
—Sí. ¿Tú vienes del velorio?
—Lo enterramos esta tarde. Dijeron que no se podía esperar más.
Yo miraba fijamente sus ojos penetrantes y secos, de color verde oscuro, como los de un gato. El sostenía mi mirada con aire insolente.
—Cuando lo vi pensé que estaba dormido —dije—. O borracho.
El joven torció la boca y gritó:
—¡Mi padre no tomaba! ¡Ni yo tampoco!
Asombrado, retrocedí un paso, sin entender el motivo de su indignación.
—Tomar no tiene nada de malo. A mí me gusta tomar.
—Yo le tengo asco a los borrachos —dijo más calmado.
Era un joven difícil, seguramente por su situación, pensé. Me puse a acariciar el rifle y luego le pregunté:
—¿Cómo es el nombre tuyo?
—Daniel Semper. Mi padre se llamaba Arturo Semper.
—Tienes un apellido muy curioso —dije, tratando de ser amable—. Semper quiere decir siempre en latín.
El muchacho se agachó para amarrarse los cordones de los zapatos. Al levantarse dijo sin mirarme:
—Qué gracia, estudiar tanto para ser sereno.
Decidí no contestar. Viré la espalda y me puse a caminar rumbo a la cerca que rodeaba la nave. Nubes bajas ocultaban la luna y las estrellas. Al rato el joven se acercó.
—¿Dónde fue que lo encontraste?
—Debajo de aquel árbol.
—¿Tú tienes una linterna? Mi bicicleta no tiene ni farol.
Fui delante, iluminando el trillo. Daniel Semper me seguía tan de cerca que sentía en mi nuca su respiración, levemente jadeante. Al llegar al flamboyán fijé la luz amarillenta en la base del tronco y le indiqué:
—Allí estaba.
Se acostó sobre la hierba y pegó su cabeza a una raíz.
—¿Así? —me preguntó.
—No. Tenía la cabeza recostada a esa otra raíz, la más grande, y el cuerpo estaba de este lado, como si —iba a decir "como si fuera un feto", pero pensé que eso podía ofenderlo—. Estaba todo encogido, hecho un ovillo.
—¿Así? —preguntó, volviendo a acomodarse. La débil luz de la linterna hacía palidecer su rostro.
—Más o menos.
—¿Más, o menos? —y poniéndose de pie me dijo— Acuéstate tú y enséñame cómo estaba.
Su tono era tajante. Estuve a punto de decirle que no, pero sin darme cuenta de lo que estaba haciendo le tendí la linterna, me acosté, coloqué la cabeza sobre la raíz y me enrosqué, doblando las piernas a la altura del pecho. Cerré los ojos y permanecí inmóvil. Cuando los abrí él había acercado la linterna a mi cara, como si no distinguiera mis facciones.
—¿Estás seguro que era así?
—Seguro.
Me levanté y me sacudí la ropa. El me devolvió la linterna sin darme las gracias, y caminamos hacia la garita en silencio. Yo iba delante de nuevo, alumbrando el camino, pero esta vez él se quedaba rezagado; se detenía un momento cuando daba unos pasos y luego echaba a andar con lentitud. Lo acompañé hasta el poste donde había dejado su bicicleta.
—¿No dejó ni una nota? —le pregunté.
—¿Por qué iba a dejarla? El no se suicidó. A él le gustaba caminar, siempre estaba caminando para aquí y para allá, no se podía estar quieto. Yo salí igual.
—Hay gente así —dije en voz muy baja.
—No es que haya gente así. Es que yo soy su hijo.
Montó en la bicicleta y al alejarse se volvió y gritó:
—¡Tú eres igual que yo, tú no sirves para sereno!
Dos noches después volvió a pasar la lechuza, graznando. La vi cruzar sobre la garita y más tarde remontarse a lo alto. Miré con atención, como si quisiera ver el rastro que su vuelo dejaba en el cielo. Tal vez era eso lo que yo deseaba. Daniel tenía razón.
Por la madrugada sentí un ruido bajo el flamboyán. Al principio no me atreví a moverme, pero luego pensé que si no iba hasta el árbol el miedo no me dejaría en paz. Con la linterna en una mano y el rifle en la otra caminé por el trillo, moviendo los brazos exageradamente, para darme valor. La linterna no era necesaria: una luna llena iluminaba el campo. Nada podía escapar a esa luz. Daniel, acurrucado al lado del tronco, me dijo con los ojos cerrados:
—No tengo ganas de hablar.
—¿Qué tú haces allí?
—¿Qué voy a hacer? Dormir.
Me quedé mirándolo por unos minutos. Tenía el rostro crispado; un rasguño cruzaba su mejilla, dibujando en la piel una línea de sangre coagulada. Me pareció que olía un poco a sudor.
—Si necesitas algo me avisas —le dije.
No contestó. Apagué la linterna y estuve un rato debajo de las ramas, rascándome los brazos, mirando el pasto alumbrado de azul. Luego regresé a la garita, arrastrando el fusil por la hierba cuarteada, como un militar que ha perdido el prestigio y sabe que ya nunca tendrá autoridad.
Casi al amanecer me acerqué a él de nuevo. Al verme se levantó, se restregó la cara con las manos, le dio la vuelta al árbol lentamente y parándose frente a mí dijo:
—Dicen que se murió por la mañana. Yo me imagino que se pasó la noche caminando y llegó aquí cuando ya estaba saliendo el sol. Creo que fue por acá, que vino por acá, por el camino del aserradero, bordeando el arroyo. Por allí vine anoche.
—¿Dónde está tu bicicleta?
—Vine a pie. Estoy casi seguro que llegó hasta aquí y puso la mano así, en el tronco. A lo mejor le dolían las piernas. Entonces se agachó, ¿así, ves? Luego se sentó así, encima de las hojas. Y se acostó, primero así, estirándose, ¿ves? Y después recostó la cabeza aquí, ¿aquí, no fue aquí en esta raíz donde tú me dijiste? Y se acurrucó así, como tú me enseñaste, ¿no fue así? Y entonces se durmió.
Me pareció que iba a decir: "se murió", pero dijo con énfasis: "se durmió". Luego cerró los ojos. Unos gallos cantaban en la lejanía. Se contestaban de una punta a la otra, en un lenguaje simple, de pocos sonidos. En un extremo del inmenso potrero el cielo se empezaba a aclarar, con un tinte verdoso.
—Dentro de un rato me voy —dije—. A las seis. ¿Te vas a quedar aquí? La gente del almacén llega a las siete, a lo mejor alguien te ve.
—No te preocupes por mí —dijo echado en las hojas, engarrotado, con voz soñolienta—. Nadie me va a ver. Después regreso por donde mismo vine. A mí me gusta caminar.
Durante una semana lo vi todas las noches acostado junto al tronco del árbol. Llegaba sobre las diez o las once; yo estaba atento a cualquier ruido y siempre lo sentía. A veces le llevaba unas galletas, un jarro de café. Le advertía que en mis noches de descanso debía tener cuidado, porque el otro sereno era un hijo de puta. Luego dejó de venir.
Al cabo de un mes se apareció una noche en la bicicleta, con una muchacha sentada en la parrilla. Trigueña, alerta, de senos desbordantes, disimulaba mal su excitación al bajarse con él y caminar hacia mí colgada de su brazo. Debía tener, al igual que Daniel, cuando más veinte años. La falda corta dejaba ver sus muslos, carnosos pero firmes. Llevaba en la mano una bolsa abultada, como si anduviera de viaje. Parecía a punto de ponerse a saltar, o a correr, y a cada instante se pasaba la lengua por los labios gruesos. Daniel en cambio caminaba con desmañado aplomo, y su rostro conservaba su expresión desafiante, como el que se prepara para decir insultos.
—Esta es mi novia —dijo con sequedad—. Se llama Raquel.
Incliné la cabeza; la muchacha soltó una risita.
—Le voy a enseñar a Raquel el lugar. Vamos a estar un rato. Ve por allá después, te esperamos.
—Si mi jefe viene por casualidad y la ve a ella me va a llamar la atención —dije, aunque de inmediato me encogí de hombros—. Pero a mí no me importa.
—Claro que no te importa —dijo Daniel—. Ven después. Te esperamos.
Los vi alejarse rumbo al flamboyán y luego adentrarse en el trillo. Miré el reloj. Me sentía intranquilo. Fui hasta la cerca y traté de calmarme mirando el firmamento. A los quince minutos no me pude aguantar y fui con rapidez adonde estaban ellos, sin linterna ni fusil. No había luna, sólo los destellos del enjambre de estrellas. Estaban acostados junto al árbol, desnudos, retozando, sobre una especie de frazada blanca. Sus cuerpos abrazados relucían sobre la tela felpuda como si estuvieran embarrados de aceite. Al verme, ella dio un pequeño grito y se tapó los senos, puntiagudos y enormes. Pero a la vez abrió levemente las piernas, mostrando el brote de oscura pelusa.
—Quítate la ropa y acuéstate aquí —me dijo Daniel. Y al verme inmóvil me gritó—. ¡No seas pendejo!
Yo me estaba muriendo de las ganas, pero el recuerdo del hombre acurrucado me paralizaba. Daniel pareció adivinar mis pensamientos, y volviéndose boca arriba se frotó el pene erecto y me dijo:
—Mi padre está muerto, pero yo estoy vivo. Ven, acuéstate aquí.
—No puedo, gracias —sólo alcancé a decir, tragando un agrio buche de saliva, y me alejé temblando. Nunca he vuelto a temblar de esa forma: los dientes me chocaban, las sacudidas me batuqueaban de pies a cabeza y casi me impedían caminar. Llegué junto a la cerca, me recosté a un piñón y me masturbé con los ojos abiertos, mirando hacia el potrero, hasta eyacular dos veces. Luego me acosté en el piso de tablas de la garita y me adormecí. Al cabo de una hora sentí que se marchaban, pero me hice el dormido. Luego el perro comenzó a ladrar en la distancia, con conmiseración. Esa noche resultó la más larga en los dos años en que fui sereno.
Una semana más tarde Daniel regresó solo, pedaleando despacio en la destartalada bicicleta, bajo una llovizna. Se detuvo frente a la garita, meneando la cabeza para secarse el pelo, que el agua dividía en finos trazos. En ese instante arreció el chaparrón. Era la primera vez que llovía en mucho tiempo, y un olor penetrante brotaba de la tierra. Lo invité a pasar y le brindé el taburete recostado a una esquina, mientras yo me sentaba en el suelo.
—Me voy para Matanzas —me dijo al sentarse—. Me voy a vivir con mi mamá.
Cuando dijo «mamá», se me ocurrió pensar que era muy joven. Sin embargo, su frente estaba cruzada por arrugas que yo no había notado hasta ese instante. Como un niño viejo.
—Creo que es lo mejor —dije.
Comenzó a dibujar con su dedo mojado unos círculos en el polvo del piso.
—¿Por qué tú eres sereno? —preguntó de pronto.
Me eché a reír.
—Porque tengo que trabajar en algo, de lo contrario voy preso por la ley contra la vagancia. Ser sereno es más suave que trabajar en el campo, que es lo otro que podría hacer. Desde que me botaron de la escuela me han cerrado la puerta en todas partes. Y ser sereno no es tan malo, si se viene a ver.
—Yo quisiera ser algo, pero todavía no sé lo que es. Mi padre era carpintero.
La lluvia repiqueteaba sobre el techo de zinc. Los truenos retumbaban a lo lejos y los relámpagos, que hendían las nubes con súbito fulgor, alumbraban retazos de potrero, poniendo al descubierto la llanura ensopada. Daniel se puso de pie y dándome la espalda se recostó en el marco de la puerta.
—Un hombre así, que se va de esa forma, un hombre así no quiere a nadie, ¿no es verdad?
Guardé silencio. Al poco rato dijo, sin volverse hacia mí:
—Siempre trabajó duro, hacía mil cosas, era un buscavidas. Pero algo le pasaba, hacía planes y todo salía mal. En parte porque a veces no terminaba lo que empezaba, no se podía estar quieto, yendo de aquí para allá, dejando a la gente con la palabra en la boca, apurado, diciendo que vendría después, que a lo mejor mañana, o la semana que viene. Caminando de un lado para otro. Ni siquiera tenía tiempo para hablar con mi madre, ni mucho menos conmigo, me preguntaba cualquier cosa y después ni oía lo que yo le decía, martillando un pedazo de tabla, o buscando un clavo, o yendo a casa de fulano o mengano, o diciendo que ahora sí, que en el taller de carpintería le iban a subir el sueldo, o que le habían prometido un lechón, o que iba a vender arroz en bolsa negra, o que iba a hacer un barco, o un bate para mí, o los muebles para el cuarto y la sala, y a veces era verdad, pero casi siempre todo era mentira. La verdad, la única verdad, era que él no se podía estar tranquilo, porque no había manera que se apegara a nada, porque en el fondo no le importaba nada, ni siquiera yo. Cuando mi madre se fue se estuvo quieto un par de días, se sentaba en un balance en el portal y me pedía que le trajera agua. Eso fue hace dos años. Pero después volvió a la misma cosa, a caminar, a andar de aquí para allá. Un hombre así es mejor que esté muerto, ¿no es verdad?
Se sentó en el taburete y mirándome fijamente a los ojos me preguntó:
—¿Tú no crees que es mejor que esté muerto?
Yo bajé la mirada.
—No sé. ¿Cuándo te vas?
—Mañana. Me voy en tren. A mí me gusta el tren —y levantándose con brusquedad, me extendió la mano y me dijo—. Ya escampó. Tengo que irme.
La lluvia había formado charcos gigantescos en torno a la garita. Las ranas croaban en la oscuridad. Su bicicleta se alejó chirriando, chapoteando en el agua. Nunca más volví a verlo.
Meses después me arrestaron y me acusaron de estar contra el gobierno. En las celdas los presos vivían como animales. Me acuerdo que en uno de los calabozos había un muchacho con unas facciones muy parecidas a las de Daniel, pero su voz era gangosa, turbia, y sus cejas demasiado tupidas. Se dejaba crecer las uñas de los manos. No me gustaba conversar con él.
Luego vinieron el exilio y los años veloces en Estados Unidos. Cuando cruzaba el campo de noche en automóvil recordaba mis tiempos de sereno. La inmensidad era la misma.
Hace dos años fui de visita a Cuba, a ver a mi familia y mis amigos. En un carro alquilado anduve por todo Camagüey, perplejo. Por las noches, en el cuarto del hotel, no me podía dormir. Tenía un peso brutal sobre el pecho.
Una mañana decidí llegar hasta aquel almacén en las afueras donde yo había pasado muchas noches en vela. Junto al camino la gente se apilaba, esperando un transporte; en cada tramo se arremolinaban decenas de personas, con niños a cuesta, jabas, sacos y cajas de cartón. El terraplén era un gran fanguizal; lomas de barro se desmoronaban debajo de las ruedas.
De la garita sólo quedaba un poste y un par de tablas roídas y negruzcas; el almacén ya no tenía ventanas, ni puertas, sólo huecos; la hierba crecía adentro, en las grietas del piso. Me bajé del carro y di una vuelta por los alrededores.
El flamboyán estaba florecido. Rojas, anaranjadas, o moteadas de blanco, las flores en racimos relucían en la copa como un techo brillante. Vainas de cuero, colgantes, como estuches, o frutas disecadas, oscurecían en parte el esplendor. Las hojas diminutas, de un verdor intenso, se aglomeraban alrededor de tallos para formar otras hojas más grandes, alargadas, suntuosas. Algunas amarillas parecían madurar. Las ramas se doblaban, se erguían y se expandían, armando un entramado, esparciendo el follaje. El tronco principal tenía hendiduras de donde brotaban, como una miel rojiza, chorretadas de savia endurecida. Y abajo, a ras del suelo, en el fresco y la sombra, se alzaba abrupta la enorme raíz, en la que una mañana un caminante apoyó la cabeza para descansar.
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