Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Diciembre 2007. Antilde;o uno. Número tres

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Narrativa cubana. ¿Hacia dónde vamos?

Osvaldo Antonio Ramírez

Página 2

Imposible soslayar que existen obras importantes en Antón Arrufat, Pablo Armando Fernández, Reynaldo González, Abilio Estévez, Antonio José Ponte, Daína Chaviano, Pedro Juan Gutiérrez, Ana Lidia Vega, Luis Manuel García Méndez, Ena Lucía Portela, Raúl Antonio Capote, Jorge Ángel Pérez, Alberto Garrandéz, Gumersindo Pacheco...

Después de 1959 aparece una importante producción novelística en el país. Podemos aceptar o no preceptos canónicos, argüir que el fantasma de la política se mueve bajo las apreciaciones y sumar otros autores.

Por la significación que reviste, resulta poético el año del nacimiento de la Revolución Cubana como recurso identificativo, pero fue un estremecimiento demasiado visible. Otros acontecimientos ocurrieron para quedar como la forma de la espada en la historia de la literatura y cultura cubanas. Cualquier suceso puede desencadenar una avalancha inimaginable: El disparo en Sarajevo; la aparición de un documental de poco pietaje y título nostálgico: P.M, desencadena una serie de acontecimientos que desembocan en la famosa reunión en la Biblioteca Nacional (en la que Virgilio Piñera dijo: tengo miedo), que finalizara con las Palabras a los intelectuales como decreto de unificación estética y política; o un seudónimo: Leopoldo Ávila, que en 1968 arremete como una sombra asustadiza contra Fuera de juego y Los siete contra Tebas, todo esto facilita el surgimiento del llamado Quinquenio gris... y un Trinquenio con las consecuencias funestas de exilio (no sólo de actitud civil sino literario) que influyó con hondura interrumpiendo el natural fluir de la Narrativa, a partir de entonces sujeta por correas de transmisión a lo que anteriormente Kundera llamó “las fuerzas de la Historia”. Se levanta, como en Berlín, un muro construido con una frase: “Dentro de la Revolución todo, fuera de la Revolución, ningún derecho”. El contexto narrativo cubano se saturó de apología y de un discurso narrativo donde no pasa nada. Textos antirrealistas, peor aún, seudorealistas, condicionados con toda clase de pretextualidades que los convierte en vértigo barroco, necrofílico o celebrativo en el que sólo se habla de la Revolución no mencionándola.

En la década del sesenta llega a nosotros el concepto mítico de “novela de la revolución rusa” y de inmediato los novelistas del patio se enfrascaron en conseguir la novela que nos pusiera en condiciones equivalentes al paradigma ruso. Aparecen varios intentos: Árbol de la vida, de Lisandro Otero; La última mujer y el próximo combate, de Manuel Cofiño; Alejo Carpentier: La consagración de la primavera. Julio Travieso, con El polvo y el oro, enfrenta la evolución de la sociedad cubana desde los tiempos de la sacarocracia hasta la Revolución. Por su parte, Jesús Díaz hace un inventario de conciencia en Las iniciales de la tierra con su personaje principal supeditado a la colectividad para mostrar a una sociedad en manos de “sus compañeros”. Leonardo Padura devela la ética del descontento y hace un excepcional ejercicio crítico en su tetralogía: Las cuatro estaciones.

“Desde Balzac la Novela se encuentra constreñida por lo que llamamos Historia. Camisa de fuerza impuesta por sus instituciones sociales: la policía, la justicia, el mundo de las finanzas y del crimen, el ejército, el Estado. El Hombre no ha vuelto a conocer la feliz ociosidad de Cervantes o Diderot”.4 Ha sido la Historia quien puso a la Novela en una suerte de insoportable convivencia con los tiempos modernos. Se ha hablado de su fin con un sarcasmo frívolo y ha tenido que capear (lo sigue haciendo) temporales de prohibiciones, censura y presiones ideológicas. Todo esto ha servido para demostrar que la novela no es perecedera siempre que no se deje absorber por el mundo de la Única Verdad, que excluye la relatividad, la duda, la interrogación y nunca puede conciliarse con el espíritu de la novela. Se necesitan un montón de verdades relativas que se contradigan entre sí.

Se han escrito en Cuba cientos de novelas (muchas de ellas sin publicar), con enormes tiradas y algunas con éxito. Pocas ponen al descubierto una nueva parcela de la existencia y al no descubrir nada, no participan en la sucesión de descubrimiento que refiere Hermann Broch.

Las causas pueden estar en lo antes referido, pueden estar en otra parte, pero están y no deja de ser cierto que sigue sin vislumbrarse en la novela cubana actual eso que llamamos Novela —con mayúscula— y sí textos carentes de “sustancia”, que trashuman a un autor en extremo preocupado por sostener una construcción deslumbrante, guiños humorísticos, artificio de técnicas narrativas que transmutan una y otra vez lo anecdótico, con grandes gestos, despreocupadas por la complicidad del lector como si narraran en alta voz o para atraer la atención de los jurados que evaluarán la obra y con ello garantizarán inserción en el corpus literario: Necesario por lo que tiene de validación para cualquiera de nosotros. Sin restar importancia a los concursos, que de hecho legitiman, el “concursismo” daña. Aquí entra en juego una segunda camisa de fuerza: El mercado (entiéndase el concepto como interno y externo). Vapuleado por muchos, deseado por todos. Pero el mercado está sujeto a modas e intereses económicos y políticos, sin soslayar grupos de poder que imponen sus propósitos y son quienes determinan las reglas del Mercado, el único que validará la condición proletaria del escritor, que necesita ganar dinero y “la posesión del dinero nos concede un tiempo que podemos gastar sin necesidad de invertirlo, precisamente, en ganar dinero”.5 Para el escritor, tiempo es directamente proporcional a escritura y estudio. “No deja de resultar irónico, por ejemplo, que a muchos de los narradores latinoamericanos de hoy se les reproche plegarse al mercado al eludir las realidades de sus propios países, mientras que a los cubanos se les acuse de lo mismo exactamente por la razón inversa”.6

Si evaluamos la producción novelística actual veremos que desde Maisí a San Antonio, todos escribimos igual. Pesa en demasía la influencia de libros premiados y la necesidad de validar la obra dentro del país para contentar a los círculos de poder, quienes han determinado muy bien que todo lo que pueda provocar rash cutáneo a sus intereses será considerado un crimen de lesa literatura o, lo más terrible, condenado a arrastrar epítetos peyorativos, con las consabidas consecuencias de Letra escarlata para su vida y obra.

Si ocurre que un autor se inserta en el exterior, aunque alce un premio, y no son pocos: Informe contra mí mismo, de Eliseo Alberto, con el Alfaguara; Daína Chaviano, el Azorín con El hombre, la hembra y el hambre; más recientemente el Vargas Llosa de Amir Valle con Las palabras y los muertos (novela que sitúa al autor entre lo más relevante de la narrativa cubana contemporánea al asumir un tema nunca antes abordado por los narradores cubanos), entre otros tantos, de inmediato los hunos movilizan su círculo de poder para defenestrar autores y libros y comienza de inmediato la sutil “orientación” de que se trata de mala literatura, autores sospechosos en manos de un mercado que se regodea en intereses de quienes la realidad cubana sirve como trasfondo para llenar la bolsa con haberes aportados por los “enemigos acérrimos” que disponen del Mercado. Me pregunto: ¿Si estos libros fueran publicados en Cuba dormirían el sueño eterno en los anaqueles de nuestras librerías? No lo creo. Prueba de ello es que Habana-Babilonia ha circulado en formato digital y ha sido leída con avidez por los que tienen acceso a la computación. Vuelvo a preguntar: ¿Si Cervantes se hubiera amilanado ante la opinión de los defensores de la novela de caballería tuviéramos el Quijote?

Los autores que han soltado lastre (algunos en esta, otros en la otra orilla) son los que han conseguido libros decorosos, porque no han soslayado lo más importante, lo único capaz de sostener un texto narrativo: el tema, porque no han olvidado qué es una interrogación existencial.

No he intentado trazar un mapa sino proponer reflexión y, ¿por qué no?, cierta dosis de inflexión para que enfrentemos el acto narrativo y meditemos en los resultados de una política de inclusión-exclusión —siempre condicionada por criterios estéticos y generacionales e incluso posicionales— sólo conduce a no atender (aunque no pertenezca a nuestro credo estético, político, incluso amistoso) a quien respira desde el lado opuesto del muro, y lo que es peor: arrastramos un doloroso componente de violencia que nos impulsa a reaccionar como talibanes contra todo lo opuesto a nuestra perceptiva. Nada resulta menos beneficioso que sostener una actitud canudiana con respecto del otro. El muro un día caerá, sin dudas; con el estrépito de la caída la gente va a despertar y el bostezo puede ser terrible.

A todos nosotros: Hombres frente a la Historia, nos corresponde la búsqueda, el ejercicio, el encuentro con la razón. Parece que no tomamos en cuenta el entendimiento y hacemos a un lado el conocimiento como única moral de la novela y del arte todo y también de la vida.Tenemos que ver la narrativa desde la lógica interna de lo literario que, tarde o temprano, se separará de lo histórico. Sin comulgar con la historia para que esta influya en la literatura y viceversa.

Cada escritor saca del interior su mundo, la cosmovisión que la vida ha formado: Dublineses, Ulises es el mundo de Joyce; Paradiso el de Lezama Lima; El siglo de las luces el de Carpentier; Tres tristes tigres, el de Cabrera Infante; El guardián en el centeno, el de Salinger... ¡Ahí están esos libros!, en el mercado y el arte de la escritura. Mientras los “teoristas”, la Historia y el Mercado impongan sus reglas constriñendo el phatos existencial del escriba no aflorará una novela capaz de estremecernos. ¡Basta, señores!, escribamos al menos con suficiente honradez, asumamos este oficio sin volver la mirada por encima del hombro, porque hay una narrativa ahí, delante, esperando por nosotros.

El vulgo, esos para quienes la vida es una especie de diestra especulación, fruto de un cálculo cuidadoso de posibilidades, siempre saben adónde van, y derechamente van hacia su objeto. Se proponen como fin ideal, llegar a ser mayordomos de cofradía, (...) y éste es su gran castigo. Quien ansía una careta, no tiene más remedio que usarla. Escribió Oscar Wilde en La tragedia de mi vida.


  • 1. Milán Kundera. "La desprestigiada herencia de Cervantes", conferencia leída en los Estados Unidos en 1983, incluida en El arte de la novela.
  • 2. Amir Valle. Brevísimas demencias. Editorial Extramuros.
  • 3. Milán Kundera. "La desprestigiada herencia de Cervantes".
  • 4. Ibidem.
  • 5. Jorge Fornet. Los nuevos paradigmas. Editorial Letras Cubanas.
  • 6. Ibidem.
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Narrativa cubana. ¿Hacia dónde vamos?

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