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La historia, su inteligibilidad como fundamento del pensamiento filosófico, tiende a revelar problemas básicos de la condición humana y es la principal forma en que se manifiesta la actividad social, pautada por el desarrollo de las formaciones económicas, las instituciones y concepciones que emergen de su suelo. Hegel concebía la historia como un lento proceso de humanización (hominización) fundado en el trabajo conjunto, el diálogo y las instituciones comunes de cada hombre con el resto de los hombres.
Es en la historia que todo adquiere su máxima realización. Y es además en la historia que todo cobra un carácter transitivo, relativo, donde todo puede ser ampliado, modificado. Se trata, por tanto, de comprender en la historia el valor positivo de la negatividad, como agente de cambio, de transformación, de liberación del potencial humano, que, al negar, laboriosa y dialécticamente, al mundo, lo afirma a un nivel más alto. De la misma manera que el mundo, en su material negatividad, enajena la actividad humana, derriba sus instituciones, pone en crisis su pensamiento, limita su libertad o la hace imposible, para obligar al hombre a buscar una solución en el terreno de las ideas, la especulación teórica, en la paciente espera subjetiva que el ciclo de la negatividad culmine en una afirmación que lo vuelva a implicar en la trasformación, no sólo política y económica del mundo, sino también moral.
Parafraseando las palabras de Mefistófeles del Fausto de Goethe: “La historia es ese espíritu que siempre niega”. Entre tanto, el propio Fausto deviene en la afirmación que se produce cuando la negación histórica ha sido, a su vez, negada por la consciente actividad teórica–práctica.
El viejo espíritu judío, expresado bíblicamente en las ideas de El Antiguo y el Nuevo Testamento, implicó, desde sus orígenes, tanto para el poeta Goethe como para los pensadores Hegel y Marx, el sempiterno tema de la salvación como salvación en la historia; como salvación individual y colectiva en el contexto de un proyecto histórico, frente a aquello que el propio Hegel llamara el “Calvario de la historia”. Es decir, concebida como una composición dramática, la cual se renueva, de generación en generación, y donde se escenifican las pasiones y razones de los hombres, y donde nosotros mismos somos, en este momento, sus personajes.
La idea de un mundo mejor es una de las principales formas de que se reviste la racionalidad histórica. Racionalidad que descansa sobre las ruinas mitológicas del paraíso perdido; la arcadia bucólica; el utopos filosófico. Razón que nos remite a la reminiscencia de una estructura social altamente gratificante, que quizás nunca se produjo como tal en el tiempo de la historia, pero que habita entre nuestros despojos psicológicos, como fundamento originario del pensamiento humano, de su arcano ideal político.
Hegel pidió, frente a la dispersión histórica que padecía la nación alemana, y como razones de peso de su propio espíritu, que el pueblo fuese hijo de la constitución y del Estado. Para ello se remitió al bello ideal griego: la cosa y la razón públicas y privadas, mas aportando la idea del compromiso con el bienestar general, teniendo en cuenta, para eso, las necesidades individuales y colectivas. Es decir, aceptando el valor socialmente “negativo” de la interioridad psicológica de cada persona y sus específicas opciones (libertades) materiales.
El planteamiento filosófico de Ludwin Feuerbach de devolver al hombre aquellas nociones transcendentales que le fueron conferidas erróneamente a Dios, trae aparejada la tarea de pensar al hombre esencialmente como individuo, como personaje insustituible del drama histórico. Y es que la tarea principal de la Filosofía, para expresarlo en unas pocas palabras, debería estar dirigida al ideal del mejoramiento progresivo y delicado del ser humano.
En resumen, la empresa pedagógica de la Filosofía, como la concebían Hegel y sus clásicos griegos, debe quizás partir de presupuestos como estos. Ya que la verdad del ser individual es intransferible, aun reconociendo su constante precariedad; su dolorosa finitud; su frágil relatividad… Tal vez por eso mismo.
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