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Que Baquero publicara en 1971 un “Panorama de la poesía cubana” con el seudónimo de Manfredo Astacci (republicado en La fuente inagotable, de 1995), me hace pensar, quizá erradamente, en cierto carácter conflictivo con lo autobiográfico, en un sentido general. No he leído en ningún sitio los motivos de este encubrimiento. El propio Baquero alude en una nota al pie a las “mil razones o sinrazones” por las que firmó así el texto. Dentro de este panorama, se detiene en Orígenes, por supuesto, y no duda en calificarla de generación. “La historia de la poesía cubana no había conocido jamás un momento de esplendor semejante al encarnado en la obra de esta generación”. Hay un pudor en estos actos de camuflaje en los que no se resuelve un conflicto latente con un país, unos amigos, una vida pasada. Al contrario, la máscara esconde quizá la huida hacia lo que no se quiere recordar, o el dolor por lo que ya no es. (Lorenzo García Vega recordó que nunca pudo hablar con Baquero sobre Orígenes, cuando se vieron en Madrid. Muchas veces se ha rememorado el encuentro de Gastón con Eliseo Diego, contado por la hija de éste. Un episodio de resolución conflictiva, si se permite lo paradójico; lleno de tensión dolorosa, de huida y de presencia al mismo tiempo…).
“El más que hay en las cosas (…) el exceso gracioso y tremendo, la desconocida sobreabundancia”, escribe Cintio Vitier en un texto de su Poética. Quiero construir a partir de aquí un breve entramado de confluencias en torno a un poema de Baquero, “Qué pasa, qué está pasando”. Es lo que me interesa hacer cuando leo los textos de Gastón, su enhebrado y coherente relato sobre la poesía como modo de conocimiento. La crisis de este relato ya ha sido construida también por otros discursos de la propia modernidad, y no se puede obviar. Pero persigo de todas formas esa reunión de visiones sobre un mismo deslumbramiento, un mismo asombro ante el conocimiento por la poesía. Soy un tramoyista minúsculo, disfruto la asepsia de ciertas operaciones arqueológicas.
El que se pregunta “qué pasa…” en el poema de Baquero, sigue los dictados de Rilke: hay que buscar “la hondura de las cosas”; no dejarse “engañar por las superficies, en lo hondo todo se hace ley”; hay que reconocer “en lo invisible un rango más alto de la realidad”. Un “determinado grupo de cosas existentes (…) se nos presenta como imagen significativa de otra realidad en otro plano”; es la “facultad de que las cosas existentes se nos aparezcan configuradas como imágenes alusivas a un sentido que las traspasa”, esto escribe también Vitier. Las rosas, el oscuro espejo, la tierra oscura, el cuerpo secreto: hay que distinguir “entre lo que es y lo que hay” (María Zambrano); lo hace el que pregunta “Qué pasa, qué está pasando siempre debajo de la sombra / que las rosas perecen y renacen”.
La misma extrañada y maravillada actitud ante las cosas de lo cotidiano, un sentido mágico de lo cercano, y además una ironía que se filtra sutil en el poema –haciendo el tono menos grave, menos eclesiástico que otros origenistas-, unen en una hermandad alimentada desde la literatura y por algunos encuentros casi póstumos a Gastón Baquero y Eliseo Diego. Aun cuando el primero pensara que Diego se distanciaba de él por tener “una visión de lo circundante más amorosa, más doméstica”, ciertamente a ambos los anima esencialmente muy similar postura ante lo poético. De todas formas, Baquero fantasea más, activa los códigos de un culturalismo más expansivo a nivel referencial, y se atreve mucho más a la hora de armar sus poemas. Dijo Gastón, con cierto desdén contemplativo: “A mí lo cotidiano me aburre mucho, lo doy por sabido” (…) [la poesía de Diego] es un culto al mundo doméstico, sencillo en apariencia (…) casi inagotable en el fondo. Él todo lo ve maravilladamente, ese mundo lo entreveo, pero paso de largo”.
Pero hay un poema de 1942 que bien pudiera haber escrito Eliseo. Lo hizo Gastón, pero se lo dedicó a Diego, quizá intuyendo esta afinidad subterránea, en los inicios de una vida intelectual, cuando seguramente pensaban que todo lo que vendría después sería milagroso, diáfano. El poema se llama “Del pan y de la muerte”: un augurio de expiración con un dejo juguetón, al mismo tiempo sobrecogido; el alimento se rebela para burlarse de la finitud del hombre; conciencia del morir en vida, del vivir muriendo.
(Hay un reverso luminoso de este poema. Se llama “La luz del pan en Segovia”, es de 1960. Un tono de canción popular, un aire festivo, de cántico alegre. El alimento transformado en irradiación –metáfora jubilosa-, y no en conciencia del acabamiento).
Hasta donde conozco, hay un ensayo de Baquero que no ha sido publicado nunca en libro, “Antonio Machado y lo barroco”. De sus primeros textos ensayísticos, es esencial para completar la postura de Gastón ante la poesía: un programa de pensamiento que se visibiliza a través de la oposición a Machado y su concepto de lo poético. Una pugna entre dos modelos del conocimiento por la poesía; el roce chispeante entre una fe y otra fe. En 1939 hablaba ya Baquero en términos que habrían de repetirse en sucesivas indagaciones: “No basta encontrar las estrellas reflejadas en el agua espontáneamente. Para el poeta, lo poético, lo esencial, es re-encontrar, inventar, generar, lucificar con su iluminada conciencia, con su presta vigilia, el agua, la estrella, y la visión del agua y de la estrella”.
Sin embargo, otro hombre propuso antes Machado (en su texto “Reflexiones sobre la lírica”), un sujeto convencido de la realidad de lo real, que no cree en trasmundos ni transvisiones: “el hombre actual ha encontrado sus ojos (…) empieza a creer en la realidad de cuanto ve y toca. El mundo como ilusión –piensa- no es más explicable que el mundo como realidad. (…) No soy ya el soñador, el frenético mimo de mi propio sueño. Tampoco el mundo se viste de máscara para que yo lo contemple. Las cosas están allí donde las veo, los ojos allí donde ven. (…) este hombre nuevo (…) pretende haberse despertado. Su mundo se ilumina, quiere poblarse, no de fantasmas, sino de figuras reales. Este hombre no puede ya definirse por el sueño, sino por el despertar”.
Está en juego el orgullo del poeta-vidente, del que tiene capacidades para traspasar la coraza de lo real: una mitología completa corre el riesgo de derrumbarse. Y todo con un sustrato clasista: arrumbar el pedestal del aristócrata metaforizante, y encimar al hombre común. Una batalla larga, que se produciría con algunas variaciones de superficie antes y después, en casi todas las “tradiciones” literarias, en casi todas las geografías.
De todas formas, el ensayo de Baquero constituye un abundante repertorio de argumentos a favor de la metáfora –lo que tiempo después sería explicado por él como la limpieza a fondo que hace la poesía, o como la multiplicación de los gestos y las acciones de Dios: “Una metáfora representa (…) un intento de aumentar las nociones o elementos con que el hombre cuenta para ordenar el universo. Gracias a ella, son los hechos (…) punzados, fecundados de sí mismos, enriquecidos hasta la exhaustez. Sólo cuando un centenar de metáforas ha ido a hundirse en la pesada duración de una experiencia (…) comienza ésta a irradiar por toda su periferia una luminosa lluvia de sentido, una expresión profunda y poderosa”.
Debajo del título de un poema de Baquero, “Silente compañero”, se lee: “(Pie para una foto de Rilke niño)”. Voy a anudar algunos textos a este pie de foto. Tiraré del cordón; ya sé hacia dónde me conducirá, pero quiero reconstruir el trayecto, el sustrato del gesto de Gastón. Dice un crítico sobre Rilke: el poeta “contempla la vida con ojos de primer hombre, y busca impresiones, contactos directos con el mundo (…). Es como un recién nacido que, lleno de curiosidad, abre los ojos y ve por primera vez y se lanza a descubrir la vida y el Universo”.
Escribe Rilke cuando caracteriza al poeta: debe intentar “como el primer hombre, decir lo que ve y experimenta y ama y pierde”; es un “ser enorme e infantil que (…) se recoge quizás en el niño que levanta su gran mirada”.
Baquero escribió sobre Rainer Maria: irradió “una viva enseñanza: la de que el poeta trae una misión de reconocimiento (…) de individuo encargado de demostrar a los seres que el mundo no está vacío (…) que no está gastada la capacidad de asombrarse”.
El poeta como inocente maravillado emerge de estos tres momentos –que podrían prolongarse con Albert Beguin, Octavio Paz…Un arquetipo se construye desde tres voces, que se superponen y hacen denso un relato. Detrás, como un discurso en donde todo alcanza su sitio perdurable, el poema de Baquero: “Parece que estoy solo, y este niño del látigo fláccido está junto / a mí, / derramando como compañía su mirada sagaz, temerosa porque / ha reconocido / el vacío futuro que le espera; / parece que estoy solo, y golpéandome el hombro está este niño, / este aislado de la multitud, lleno de piedad por ella, / que se inclina sobre el centro del misterio, / y golpea y maldice, / y hace estremecerse al barro y al arcángel, / porque es el Testimonio, el niño prodigio que trae la corona de / espinas, / la verdad asfixiante del sordo y ciego cielo”.
Recuerdo aquí unos versos de “Magnolias para Betina”, de Baquero: “Cuando una niña llamada Betina, niña sin brazos, tristísima Betina, / Eleva hacia el Magnolio sus ojos pavoridos, sale de entre lo negro, / Como una estrella espesa, como una mascarilla de alguna extinta rosa / La magnolia lunar (…)”. Meses después de haber leído el poema, me encontré con este fragmento de María Zambrano, de Claros del bosque: “la belleza al par que manifiesta la unidad (…) se abre como una flor que deja ver su cáliz, su centro iluminado que luego resulta ser el centro que comunica con el abismo. (…) Y quien se asoma al cáliz de esa flor (…) arriesga ser raptado. Riesgo que se cumple en (…) [la] muchacha, la inocente que mira en el cáliz de la flor que se alza apenas, al par del abismo y que es su reclamo, su apertura”.
Dejaré a los dos fragmentos estar cerca, espejéandose.
La bella, multiforme y sublimada “evasión” del mundo poético de Baquero –que no tiene raseros en la poesía cubana contemporánea. La huida de lo cotidiano, de las vivencias “comunes”, comunitarias, los “percances” triviales, la construcción de las alucinadas travesías que son sus poemas. La realidad golpeando duramente sus años de exiliado. Aquélla era quizá la única respuesta posible.
Se han citado los siguientes textos en cada apartado (todos las citas de poemas de Gastón Baquero provienen de Poesía Completa, Editorial Verbum, Madrid, 1998):
Filólogo. Ensayista y crítico. Ha publicado ensayos en revistas como Temas, La Gaceta de Cuba, Unión, Encuentro de la cultura cubana, Revista Iberoamericana. Publicó el libro El testigo y su lámpara: para un relato de la poesía como conocimiento en Gastón Baquero (Ediciones Unión, La Habana, 2001, Premio UNEAC de Ensayo 2000).
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