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Te diré muy sinceramente, yo no he tenido jamás esa experiencia. Sobre Loyola Brandão, es cierto que nos veíamos circulando, y también la forma de vestir nos diferenciaba, pues en aquella época la gente en Cuba se vestía muy pobremente, con cosas muy inadecuadas. Un extranjero se notaba. Yo no sabía quién era él, pero sabía que en el jurado estaba él, que una colega de mi universidad lo había estado estudiando. Por lo tanto, a través de Casa de las Américas le pedí una entrevista. Pero yo no he tenido la experiencia de que como extranjera hubiera problemas. Te voy a explicar. Cuando llegaba alguien de Europa —amigos o amigos de amigos— me traían cartas, porque la correspondencia era muy difícil en aquella época. Un día llegó de España Alfonso Carlos Comín, un catalán, católico marxista, fundador de una revista muy importante que se llamaba Laya, que vino a un encuentro de católicos en La Habana, católicos de izquierda, y estaban Ernesto Cardenal, monseñor Méndez Arceo. Cuando iba a ver a este español me encuentro en la calle con el escritor Reynaldo González, que era muy amigo mío, y lo invité a que conociera a este señor, cuyo nombre no consigo recordar. Esa tarde estuvimos en la habitación de monseñor Méndez Arceo, en el hotel Habana Libre. Él era de Cuernavaca, era el famoso obispo que había tocado a muerte las campanas de Cuernavaca cuando se mató Salvador Allende. Estábamos en el cuarto él, Cardenal, yo, el español (¿cómo se me olvida su nombre? Su cara maravillosa la tengo presente) y Reynaldo González conversando de todo, de la cuestión católica, del marxismo, de poesía.
Probablemente yo no me enteraba y procedía tranquila, sin pensar si se podía o no. También me acuerdo de Juan Gelman dando un recital, al que fui con Pablo Armando y Padilla, en el patio del Museo de la Ciudad. No había policía que prohibiera el contacto con los extranjeros.
Este libro es de no confiar. Allí el problema no era el señor Jorge Edwards, que llega al aeropuerto con un paquete de vinos y nadie se lo toma para que él no se moleste, el problema era una revolución que estaba sucediendo, que había costado vidas, energía. El problema no era este señor que no tenía su whisky habitual y no se sentía a gusto, y entonces esa arrogancia. Ese libro a mí me molestó mucho. Puedo entender que Padilla escriba esto, además paranóico, con manía de persecución. No puedo entender que un señor chileno, mandado por Salvador Allende, intelectual, asuma esa actitud. Si tú supieras que años después yo me lo encontré en Barcelona, en la presentación del libro de Padilla, En mi jardín pastan los héroes. ¡Qué mala impresión! En aquella época Padilla contó y Jorge Edwards respaldó que en Barcelona, en el hotel donde él estaba le habían robado el manuscrito de sus memorias, en el piso no-sé-cuánto, que la Seguridad del Estado cubana no tenía otra cosa que hacer. Además, es tan malo que el título de La mala memoria se lo robó a Miguel Barnet. Era un hombre malo, Padilla. Inteligente y buen poeta, menor novelista.
Es este libro sobre El Vedado... Siendo ya ciudadanos independientes, todavía la manía de persecución lo acompañaba. Me invitaron a comer, me acuerdo, a un restaurante argentino, con mucha carne y bebida.
Sobre esto tienes que leerte las memorias de Lisandro Otero. Allí hay un capítulo donde hay una discusión sobre esto. Quiero que tú pienses un poco más allá de la discusión en cómo era la situación. Por ejemplo, en los años sesenta se publica El Siglo de las Luces, no puedes decir que es un libro de “contenido”, es un libro lleno de dudas.
Entonces, Memorias del subdesarrollo. Este libro abre muchas expectativas, ¿pero este libro es la exaltación de la Revolución, o son las dudas de un burgués cuya conciencia le dice que está sucediendo algo lindo, pero cuyas costumbres, cuyas manías le dicen que no va a soportar todo aquello? Memorias es terrible. Cuando toda aquella historia con la criada y la familia de ella, toda aquella miseria, y él de repente pierde el poder que le daba su status social; entonces la otra que es hija de puta y su familia es miserable... y no son los buenos proletarios. Son los precios. Esto te está diciendo aquel libro.
Lisando Otero escribe una trilogía que es muy importante, donde hay esto, hay un pasado que es la razón porque se ha llegado al punto de que era necesario una revolución. Y hay seres que en esta revolución están debatiéndose, y el protagonista de Lisandro, Dascal, es un burguesito miserable, envidioso, que en realidad quiere, pero quiere dentro de la Revolución llegar a ser reconocido; tiene envidia de su mujer, que participa con más generosidad, se da con más generosidad y recibe, y él que siempre está que-si-si-que-si-no.
Para mí, entre las más notables novelas —que es lo que más me interesa— está El pan dormido, de José Soler Puig. Hay realismo allí, también una imaginación increíble, una historia maravillosa. Luego entonces son los prepotentes caimanbarbudescos, los ex Lunes de Revolución; son los Jesús Díaz, por ejemplo, que quieren hacer la novela de la Revolución. Entonces viene Las iniciales de la tierra, también los cuentos del propio Jesús Díaz, y los de Norberto Fuentes, que surgen al calor de unos acontecimientos emotivamente muy fuertes, donde no había que dudar, si se mataba a una niña no había que dudar, había que matar al soldado, o había que indignarse. Norberto Fuentes escribe unos cuentos maravillosos, Cabrera Infante escribe Así en la paz como en la guerra, cual de todos más conmovedor.
Sí, pero eso no exime de que nadie le impone que escriba, Así en la paz como en la guerra. Entonces empieza a venir una gente más joven, Reinaldo Arenas, Celestino antes del alba. Le publican ese libro loco, maravilloso, le publican esa locura en plena confusión revolucionaria a un joven guajiro que apenas acaba de empezar a leer y escribir. Y yo no le veo nada malo, yo le veo cosas sensacionales. ¿Y quiénes son los que se dan cuenta de que existe ese joven? Cintio Vitier y Fina García Marruz, fíjate, los más púdicos, recatados.
Viene un joven brillante que se muere joven, que es Luis Rogelio Nogueras, con todo el filón de la novela policial. ¿Tú no estás viendo que actualmente las lecturas que más se dan en el mundo son novelas policíacas, novela negra o escritura femenina? Eso es lo que se vende, pero en aquella época, con el premio FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) y con otros, todo el mundo se dedica a escribir. Wichy Nogueras que es un buen poeta, un gran intelectual, escribe un buenísimo libro policial, Y si muero mañana. El protagonista es un agente de la Seguridad del Estado que ofrece su vida en una operación para salvar la Revolución, los compañeros y el país. ¿Pero qué importa? La novela está muy bien armada y cabe, digamos, en un género. Hay un señor que escribe Un tema para el griego; es un ingeniero que no ha vuelto a escribir mucho. Esta es para mí la mejor novela que se ha escrito sobre los años setenta. Trata sobre un comisario político que lo mandan a Holguín porque allí se ha estrellado un remolcador contra el muelle, y parece que la culpa es del piloto, y él va a averiguar qué pasó. Hay algo turbio a nivel de organización de la empresa, de su funcionalidad. Y el tipo va a hacer la investigación, pero por eso deja a la mujer, pues ya estaban en crisis, y teme que ella lo traicione. En fin, se mezclan todas estas historias, y al final de todos estos fantasmas —que si el tipo estrelló el remolcador, que por qué, que si se había vendido al enemigo— se descubre que nada, que estaba borracho, una banalidad que le había costado mucho dinero al Estado. Muestra una organización dura, cada uno vigilando al otro; asfixiante. Excelente novela que ganó un premio UNEAC. Pero como el autor de esta novela no era parte de la farándula, del mundo literario, nadie le hizo mayor caso.
El problema es que yo también fui a Cuba en busca de la novela de la Revolución, y ahora digo, ¡qué tontería! ¿Qué iba yo a buscar? ¿El Unicornio? Pero en ese período Lezama estaba escribiendo Paradiso, en ese período Carpentier y Piñera siguen escribiendo. Bueno, cada uno hace algo, y ese algo está, porque de una forma u otra se publicaba, en un lugar o en otro.
No sólo en Cuba, donde quiera existen las camarillas intelectuales que se aúpan una con otra, y hay otros escritores interesantes, grandes, que no tienen canales, y esto no es necesariamente una voluntad estatal. En Cuba ha habido confusión, ha habido camarillas, enfrentamientos, pero no ha habido un gobierno que dictara las tablas de la ley de los intelectuales, porque no era de su interés; nadie podía ni sabía hacerlo. Tú dices que en los primeros años la revista estaba al cuidado de Antón Arrufat, pero acuérdate que también de Pablo Armando y de otros. Casa de las Américas iba a tientos. Cuando designan a Roberto Fernández Retamar como su director están designando a un tipo que se formó mucho en el exterior, que había estado en Francia, en Yale; era un filólogo, venía de escuelas muy serias, y al mismo tiempo era un poeta. Le dan la revista a él yo creo que como uno más sensato, más prudente. Seguramente Roberto ha sido un hombre prudente, pero amplio. Y él siempre ha garantizado un pluralismo. Pero Casa de las Américas no es clave para estudiar la literatura cubana; para ello hay que acudir a las publicaciones de la UNEAC —La Gaceta de Cuba, Unión—; también al Caimán Barbudo. Casa de las Américas estaba asomada a América Latina, era una ventana. En este sentido es la más amplia, la más abierta. Sin embargo, si tú lees La Gaceta verás que es interesantísima últimamente para los jóvenes que van saliendo. Pero Casa, tienes que tener siempre en cuenta que es una revista latinoamericana, y no cubana.
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León
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Sin la independencia de la boca sobre el cerebro es difícil imaginar que un ser humano pueda articular tanta estupidez, a no ser que sea un extraño caso clínico de los Expedientes X. Sólo cabe preguntarnos si también cuando duerme esa boca no deja de cometer palabras.